Mukhtar en árabe significa «la elegida». Nunca un nombre fue tan apropiado como en el caso de la joven pakistaní de dieciocho años que fue violada cuatro veces en cumplimiento de una «supuesta sentencia» de unos jueces tribales. A Mukhtar la eligieron para desahogar la frustración que produjo en unos bárbaros ver cómo un crío de doce años se saltaba las normas de separación entre castas, para castigar y desalentar la ruptura de las estructuras de poder medievales que todavía rigen una atrasadísima parte del globo. Pero no hace falta ser pakistaní para sufrir una barbaridad de este calibre. De hecho, Mukhtar Mai es una más de las decenas de millones de mujeres en este planeta que sufren violaciones durante los conflictos bélicos; como consecuencia de los matrimonios forzados; debido al lucrativo negocio de la trata de blancas; o por enfermos sádicos que dan rienda suelta a sus frustraciones hiriendo a inocentes. Mukhtar es una más de esas mujeres que no han tenido ni tienen «libertad de elección». Mukhtar Mai es, además, parte de cada una de nosotras, «las mujeres afortunadas» que todos los días tenemos que luchar para mantener los derechos que nuestras madres y abuelas han logrado con sangre, sudor y lágrimas. Cada una de las mujeres que deben compatibilizar un puesto de trabajo y el mantenimiento del hogar, teniendo que aguantar acusaciones sobre su culpabilidad en la ruptura de la estructura familiar. Cada una de las profesionales que perciben un salario inferior que sus compañeros varones aún desempeñando el mismo puesto de trabajo. Cada una de las esposas, amantes y compañeras que temen por su vida debido a la amenaza real y constante de aquellos que, supuestamente, eran los hombres que las amaban. Su caso es tan desgraciado, patético e inverosímil que ni siquiera la vieja Ley de Talión que reclamaba «Ojo por ojo, diente por diente» resulta tan cruel. ¿Cómo se puede ordenar la comisión de un delito para castigar otro? ¿Cómo se puede ser tan indigno como para hacer pagar a una mujer indefensa el «supuesto crimen» de su hermano menor de edad? ¿Cómo se puede carecer de moral hasta el punto de congregarse en el lugar donde se iba a cometer semejante vejación para jalear a los supuestos justicieros? ¿Cómo se puede amedrentar tanto a una familia como para que renuncien a defender a su hija? A Mukhtar la han violado y no es más que una venganza animal porque, supuestamente, su hermano de doce años mantenía relaciones con una mujer perteneciente a una casta superior. Y ninguna tradición, costumbre, ley o precepto moral pueden justificarlo. No voy a entrar a comentar los preceptos jurídicos que han sido pisoteados en este caso, ni siquiera voy a criticar un sistema social basado en la desigualdad por castas, sólo quiero manifestar mi condena sin paliativos a aquellos seres, que ni siquiera merecen la consideración de humanos, que abusan de su poder, que no respetan a la mujer, ni siquiera como depositario de su tan alardeado «honor familiar», que humillan a una joven inocente de dieciocho años y que la privan de toda posible defensa.