ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
26 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.¡Pobres partidos! Destino patético y cruel el de esas organizaciones llamadas a rendir un servicio inmenso a los sistemas democráticos -que no podrían, sin ellos, subsistir- y destinadas, a la vez, a experimentar, sin posibilidad de remisión, el desbaratador mal del sectarismo. Sí, pobres partidos, y pobres militantes de partido, condenados a vivir dentro de la burbuja de iniquidades y torpezas que se parapetan tras el patriotismo de unas siglas: el culto a la personalidad; el ciego halago; el maniqueísmo que todo lo pasa por el filtro de los buenos (los míos) y los malos (los demás); la muerte de la discrepancia y la contraposición de pareceres; la unanimidad, en fin, basada sólo en la habilidad de los que mandan para utilizar, según convenga, palo y caramelo. Es la del sectarismo una auténtica superstición que, como todas, se da de puñadas con el sentido común y la razón, y que, como todas, necesita también de su aquelarre: eso, y no otra cosa, son los congresos de partido triunfadores. Y eso, ¿cómo no?, está siendo también el del PP: un aquelarre. Por eso resulta inútil, y hasta ingenuo, denunciar que en él todo está decidido de antemano, y todo se va en una ceremonia de adoración al presidente, y de santificación de sus doctrinas. ¡Pues claro! Siempre es así cuando se gana. Ya sé que el espectáculo de ver a Alejandro Agag, futuro yerno de la cosa, jaleado como si fuera, ¡criaturita!, una rutilante estrella del cinema, es bochornoso; y que lo es oír a Arenas pronunciar un discurso que babea adulación. Ya sé que pretender hacer de Aznar la transfiguración de España y de la Constitución que la ha asentado democrática, es una ofensa a la inteligencia de quienes sabemos lo peligroso que resulta personificar a un país o a un régimen político. Pero (tranquilícense los molestos, los inquietos, los asustados por el que parece hoy el padre de todos los congresos) el sectarismo, en su disparate, tiene también su funcionalidad para el sistema. Pues es él, convertido ya en alucinación de los sentidos, el que conduce inexorablemente a la debacle. De hecho, los partidos de gobierno controlan en democracia tal cantidad de recursos de la naturaleza más diversa (económicos, políticos, mediáticos) que, sin ese sectarismo que les nubla un día la sensación de realidad, posiblemente nunca serían derrotados. También el Rey Sol, a quien el obispo Godeau consideraba un vicediós, llegó a convencerse de que él era la personificación misma de su reino: L''État c''est moi, afirmó un día Luis XIV. Y nunca, como entonces, estuvo su dinastía tan cerca de su zenit. Ni nunca tan cerca de un ocaso que ese mismo pensamiento presagiaba inexorable.