En estas semanas de apretones de manos, fotografías bucólicas, diálogos inminentes y cordiales, aunque Camacho haya quedado a deber millones a Armani por los atuendos, perfumes y complementarios que lo aderezaban, para sosegar el asombro, para desengrasar las articulaciones y aliviar las meninges me he puesto a leer a Arrabal que siempre anda por las paradojas y jaculatorias de la historia entre el cielo y la mierda. ¿Y qué obra? Pues El rey de Sodoma, que también pudo titularse, según el autor, Casablanca mon amour o Romeo encadenado. Lo cierto, y estoy en ello, es que los nombres poco o nada importan; lo fundamental son las estructuras y cuanto disponga la mesa de ordenación, normalización y gastronomía lingüística. ¡Jo! ¡Pues cómo andan y menean Babel y Babilonia, los babelitas, semánticos y etimólogos! Einstein Precisamente Arrabal leyó, y aún sigue emocionado y cacofónico, la confesión de Einstein cuando afirmaba que si hubiera sabido el terrorismo que iba a inventar el personal con su teoría de la relatividad se hubiera hecho fontanero. Pero de lo que se trata ahora es de la armonía de los contrarios, los abrazos de Vergara y de que cuando Bruto o Perico se acerque a César para dialogar no lleve media docena de bombas de dinamita en la canana y el disparador a punto de caramelo. Porque hay muchas fórmulas de terrorismo, rápido o lento, dispuestas a disparar metralla, confusionismos y nacionalismos, asaltando facultades o disparando desde la cátedra a alumnos ingenuos. Arrabal se desahoga llamando a Romeo «puto, ramera, ginecólogo y rabizo». Pero los nombres, repito, no son los que interesan sino las estructuras, es decir, la fimosis y las taras del hipotálamo.