La RAG, los lusistas y la voluntad popular

Jusn José R. Calaza, Catedrático de Teoría Económica en la Universidad de París IX Dauphine


Al parecer, la Academia Galega está sufriendo en su seno una guerra civil incruenta, de momento, por mor de la aprobación o rechazo de la normativa de concordia de la lengua, vayan ustedes a saber lo que esto significa. No obstante, lo que está claro, visto lo que vota la inmensa mayoría y al no tratarse exclusivamente de una cuestión técnica, es que en Galicia no queremos que los partidos nacionalistas y grupúsculos afines de descarada afirmación cultural lusista y antiespañola puedan conseguir en las instituciones lo que se les niega en las urnas.
Sin pretender dar lecciones, quizás no sea baladí recordarle a la RAG que la perfección lingüística se adquiere abandonando previamente el lastre medieval. Como otrora apuntó J. Oliver Asín (Historia de la lengua española), el castellano se desembarazó sin complejos de antiguas escorias, en parte con la solvente y nunca tardía compañía del portugués, pasando, por ejemplo, de fiuza a confianza, de cuita a fatiga, de mentar a nombrar, de pescudar a preguntar, de asaz a harto, etc. Iniciada por la RAE, en 1726, la tarea de una renovación ortográfica racional perfiló un sistema gráfico más sencillo y asequible que los existentes en Europa y la primera edición de su Ortographía, en 1741, dio paso en la segunda, 1751, a Ortografía, proclamando desde la misma portada la opción fonética con preferencia a la etimológica. En efecto, la modernización ortográfica del español, dejando de lado los hitos más importantes de la misma, asienta su superioridad actual distanciándose del espíritu conservador a ultranza de otras lenguas modernas, verbigracia, el francés y el inglés. Asimismo, se sistematizaron las aportaciones exteriores, valga el Diccionario de Galicismos Prosódicos y Morfológicos, de V. García Yebra. Sobra decir que la principal influencia vertida al gallego procede del español, al tiempo que resulta inviable cualquier pretensión ortográfica de generalización fonética, por simple ojeada a la Geografía del seseo gallego o la Frontera de la geada, ambas obras de A. Zamora Vicente
Sopesando los elementos en mano, la Academia Galega no puede aceptar ningún Diktat que so capa de concordia lingüística nos aboque a un sometimiento cultural lusista, salvo a desvincularse deslealmente del sentir expresado por la inmensa mayoría de los gallegos en las pasadas elecciones. Este es el definitivo mensaje que los galaicoespañoles debemos enviar, por RAG interpuesta, en el que, dejando de lado los paños calientes, no se hurte la molesta sensación que producen las cada vez más sectarias posiciones de quienes ahorman a la juventud en el totum revolutum de la violencia cainita, tendente a desterrar y amenguar el acervo compartido con el resto de España, magnificando desmesuradamente, por el contrario, lo que nos es común con Portugal. Bajo este enfoque, de producirse dejación de responsabilidad, nada ventajoso traería una sintomática resolución que, cobijando la normalización lingüística arcaizante, por mínima que fuere, artillase en ese sentido la docta casa. Nada ventajoso, insisto, salvo a aferrarse como las moscas cojoneras de AMI y AGIR -nacidas del larvado odio del nacionalismo democrático hacia todo lo español- a las costumbres y creencias milagreras que buscan reintegrar Galicia en el anacronismo de una nação y una ortografía caducas, vívidamente encarnadas en la habitual rúbrica mural visible por doquier: 'Puta Espanha'.
Y puesto que es así, dentro de la nueva y arriesgada singladura que el país vecino, cuya buena fe no se pone en entredicho, inicia en la nao europea, codo a codo con España, es de urgencia que no se engalle ni entre al lance que le propone el nacionalismo gallego, acariciando su orgullo de eventual mentor político y cultural de estas cuatro provincias, porque podría malinterpretarse, generando a la postre grave crispación y rechazo hacia todo lo luso. Si la muy partidista aunque no menos efectista pluma de Manuel Rivas escribe en El Pais Semanal (n° 1.307) que 'El gallego es español tranquilamente, pero si se pone tremendo puede exclamar: ¡Menos mal que nos queda Portugal!' es como si yo afirmo que Os Lusíadas son a la literatura universal lo que las majorettes de Cangas a la danza clásica, es decir, simple y extravagante opinión personal. Pero, si un diputado del BNG se expresa en Estrasburgo en portugués -lo que, por cierto, facilita la intelección de las razones que lo llevaron a abandonar el hemiciclo cuando Fernando Savater fue a recoger el premio que le concedieron a ¡Basta Ya! por su ardorosa lucha frente a los destripadores de ETA y portamaletas adjuntos- no deben los portugueses ver en ello los síntomas de una próxima secesión lingüística sino la continuación de la grotesca payasada de los herederos intelectuales gallegos del camisa azui Rolão Preto que ya en 1934, estimulado por la debilidad de la España republicana, adoptó la resolución de expandir el Imperio hacia el norte. Hasta Asturias, quiero decir.

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