El final desgarrador de la buena de Inés

El covid aceleró el empeoramiento de esta pontevedresa enferma de cáncer, que llevaba la palabra ayudar escrita en la frente


pontevedra / la voz

Inés Farto Janeiro, de 60 años y vecina de Ponte Sampaio (Pontevedra), era una de esas personas que sufría horrores si alguien le hacía daño a un pajarito, a un gato y, por supuesto, a una persona. Todo corazón, llevaba la palabra ayudar escrita en la frente. Inés era también una mujer valiente, que se ganó la vida trabajando en una camisería y que logró sobreponerse a un cáncer. Ahora volvía a tener la enfermedad. Y el pronóstico era muchísimo peor. «Tiña un cáncer agresivo e galopante. Quero deixar claro que ela ía morrer diso. Pero non tiña que ser así», dice entre lágrimas Juan Carlos, que es su marido pero que se refiere a ella siempre como «o amor da miña vida», ya que se conocieron de jovencísimos bailando en una sala de fiestas y nunca más se separaron. Habla así porque Inés, mientras sufría las consecuencias del cáncer, se contagió de covid-19 en la planta de oncología del Hospital Provincial de Pontevedra en la que estaba ingresada. Y eso, desafortunadamente, lo cambió todo e hizo que su final fuese desgarrador para ella y para su familia.

Inés, efectivamente, estaba hospitalizada en oncología y con su enfermedad ya muy avanzada. Aún así, todavía se levantaba de cama y tenía apetito. Un día, empezó a decirle a los familiares que la cuidaban en el hospital que la comida no le sabía a nada. Pidieron sal. Pero no fue solución. No tenía gusto. Paralelamente, comenzó a empeorar. Ya no tenía fuerzas para incorporarse, le dolían los músculos. Y a veces le faltaba el aire. Se pensó que su dolencia se había agravado y le dijeron a la familia que la llevarían a paliativos. «Eu estiven de acordo porque o que non quería é vela sufrir», señala su marido.

Allí, seguía empeorando. Sobre todo, le faltaba el aire. Parecía raro porque su dolencia no era respiratoria. Fue entonces cuando se detectó que en la zona de oncología donde ella había estado ingresada había un brote de covid-19. Le hicieron la PCR e Inés dio positivo. «Dóeme que pasaran varios días sen que ninguén se dera conta de que tiña o coronavirus», señala su marido, que también pasó el virus.

El día que dio positivo, y que ya estaba muy grave, Inés permanecía ingresada en solitario en una habitación de paliativos. Así que su familia pensó que allí pasaría sus últimas horas. Su marido recuerda que el 20 de octubre le dio un beso en los labios porque en su interior algo le decía que tenían que despedirse.

Lo que él no esperaba es que Inés no pudiese quedarse allí. La trasladaron a Montecelo, el hospital de referencia para el covid, donde murió al día siguiente sin que nadie de la familia pudiese ir hasta allí. «Non entendo ese traslado. Ela estaba en paliativos soa, non había ningún problema. ¿E logo non podería morrer aí, tranquiliña, e que nós puideramos acompañala?», se pregunta él una y mil veces.

Inés falleció el día 21 de octubre. Y desde entonces a José Carlos se le cae la casa encima. Se pregunta una y otra vez por qué el covid-19 se coló en sus vidas para acelerarlo todo. Por qué nadie se dio cuenta antes de que ella lo tenía. Y por qué tuvo que fallecer así. Repasa todas las últimas horas con Inés. Se le viene a la cabeza el día que la propia Inés misma le preguntó a su médica si le quedaba aún tiempo de vida o moriría muy pronto. La doctora le dijo que no lo sabía. Y ella se agarró a la esperanza de poder conocer a su segundo nieto, que estaba a punto de nacer. Tenía la ilusión de ver a ese segundo retoño, hermano de su otra nieta. Pero ni eso pudo ser. Falleció días de que su única hija diese a luz y naciese el bebé que ya no tendrá a la abuela Inés.

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