Sean Connery, la lucha de un titán entre el Doctor No y Al Capone

Adiós al actor escocés, que interpretó a James Bond cuando la Guerra Fría no era ninguna broma.

En un año en el que la Metro Goldwyn-Mayer ha venido aplazando de modo sangrante su reciente 007 Sin tiempo para morir hasta casi criogenizarlo, Sean Connery - quizás por contradecir o protestar- enterró este sábado al primigenio y más proteico James Bond. Hay pocas dudas en ese reinado -por entre Roger Moore, Pierce Brosnan o Daniel Craig- por razones de peso como que él patentó el personaje y la fórmula. Y porque durante el tiempo histórico en el cual Connery fue Bond la Guerra Fría no era ninguna broma y daba para clímax como aquella descarnada lucha inhumana con un Robert Shaw que parecía exudar sangre KGB en el tren de Desde Rusia con Amor.

Aunque su proyección mundial se solemnizó sobre las siete veces en que encarnó al agente 007 (la séptima, Nunca digas nunca jamás fue un falso retorno para hacerle una Opa hostil a Roger Moore, a quien que ya le crujía el cansancio de los materiales). Connery fue capaz de sobrevivir al personaje. Y lo hizo de modo apoteósico, enlazando en un solo año, en 1975, una trilogía elegíaca del gran cine épico que no tiene equivalentes, con El viento y el león, El hombre que pudo reinar y Robin y Marian, tríptico que conforma la ceremonia de los adioses del héroe clásico. No en vano, el avezado Spielberg lo recuperó para remarcar ese ocaso como el padre de Indiana Jones.

En su carrera, Sean Connery había comenzado con cierto perfil de hombre-testosterona, amante de mujeres mayores que él como Lana Turner (Brumas de inquietud, 1958) o Gina Lollobrigida (La mujer de paja, 1964). Y Hitchcock se sirvió de él como animador o estimulante de aquel concepto troglodita y hoy incorrecto que Hitch tenía de la mujer frígida, con Tippi Hedren en Marnie la ladrona, en 1964. 

Entremedias de su período James Bond protagonizó películas poco recordadas y de imprescindible rescate: La tienda roja (1969), en la que fue el explorador Amundsen, y la revuelta obrera en Pennsylvania Odio en las entrañas (The Molly MaGuires, 1970), de Martin Ritt .

De su fructífero entendimiento con Sidney Lumet, el director que mejor entendió sus potencialidades para producir empatía o generar pánico surgieron cinco películas en veinticinco años: la antimilitarista La colina (1965), la parodia de Bond Supergolpe en Manhattan (1971), la estremecedora violencia policial de la obra maestra La ofensa (1973), su colaboración como invitado a la cena de los asesinos all stars de Asesinato en el Orient Express (1975) Y, como colofón, esa oda al héroe cansado y ya en el hogar que fue Negocios de familia (1989).

En los 80 Connery protagonizó películas que reventaron la taquilla: Los Inmortales o El nombre de la rosa son menos memorables que aquellas que fueron fracasos comerciales, como Zardoz, de John Boorman, o Cuba, de Richard Lester.

Increíblemente, Hollywood nunca se lo tomó realmente muy en serio como gran actor. Por eso nunca lo nominó al Óscar. Hasta que, en una conjunción casi astral. Brian de Palma y Ennio Morricone le brindaron, uno, el papel con Óscar innegociable de Malone en Los Intocables, y, otro, la partitura para un bel morir de los más memorables del Hollywood reciente mientras agoniza en una épica alfombra ensangrentada del Chicago de aquel gran padre de todos los Doctor No que fue Al Capone. 

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