Rosa González: Perdona por las flores

La boirense falleció a los 90 años de edad


¡Rosa! Me acabo de echar unas risas con Ana, porque siempre decías que cuando murieras no querías que te dejaran la caja abierta, que nadie tenía que verte expuesta como en un escaparate. Y que no querías flores, total, tú no las ibas a ver. Pero sabes que detrás de esas risas hay una profunda tristeza. Porque hemos perdido a alguien que ha estado con nosotras toda la vida. Queriéndonos.

Me acuerdo de la sala de la costura. De las chicas a las que enseñabas el arte de coser. Me acuerdo del sonido de la máquina. De quedarme hipnotizada intentando descifrar las órdenes que tu pie daba a esa aguja que mordía bastillas, cremalleras o escotes y que esquivabas con agilidad con tus manos trazando curvas en esa especie de rali del pespunte que te veía practicar todos los días. Me acuerdo de tu respiración cuando me medías con aquella gastada cinta amarilla que llevabas al cuello. Y de la pequeña libretita con hojas de cuadros en la que apuntabas con boli azul y letra insegura mis medidas. Me acuerdo de que me hiciste un vestido igual al de Rosa María, y de que nos hicieron una foto por la que no hace mucho ella y yo nos preguntamos.

Me acuerdo de la casa vieja. De la puertita de debajo de las escaleras donde guardabas el cesto de la compra... y las gaseosas. De la habitación bajo el tejadillo a dos aguas en la que tantas veces dormí, aunque nunca tantas como mi hermana Ana, que lo hizo suyo y te obligó a compartir el armario muchos años. Me acuerdo de la cocina, y de que me dejabas tomar café solo con azúcar en esas tacitas tan cucas que tenías. Y de las galletas. Campurrianas, cómo no. Me acuerdo de la sala. Llena de fotos de la familia, en la que estaban José, Monchito, Rosa María, y en la que no faltaba yo ni mis hermanas. Una colección que fue creciendo hasta llegar a María, pero en la que siempre ocupó un espacio destacado aquella fotografía en blanco y negro de Ramón, el saxofonista al que perdiste la primera vez que embarcó, cuyo cuerpo jamás apareció. Según me confesaste, estuviste años esperando que entrara por la puerta en cualquier momento. Me acuerdo de la parra. De las uvas catalanas y de la prensa para hacer el vino. De las comidas debajo de esas cepas colgantes con la tía Carmen, la abuela Filomena y el abuelo Enrique, al que recuerdo sentado con ese porte que se le queda a alguien cuando los ojos pierden su razón de ser. Las veces que dijimos: «Rosa, ¡eres tú hermano José en chica!» Esa chica de 90 años. Toda bondad, cariño y con la pizca justa de mala hostia, que siempre es necesaria y más para las bajitas.

Rosa la costurera, Rosa la de la librería (me acuerdo de eternizarme comprando chuches y oliendo el forro de los libros), Rosa a Bioxa, abuela Rosa... Te queremos, te querremos y siempre te recordaremos.

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