Último adiós al eterno califa rojo

Julio Anguita, histórico líder de IU, murió ayer en Córdona a los 78 años, tras sufrir una parada cardiorrespiratoria

Carrillo, junto Anguita en su etapa de alcalde de Córdoba
Carrillo, junto Anguita en su etapa de alcalde de Córdoba

Julio Anguita fue estricto maestro, alcalde de Córdoba (1979-1986), coordinador de IU (1989-2000), secretario general del PCE, el califa rojo y el último líder carismático de la izquierda, siempre respetado a diestra y siniestra. Aunque sus posiciones fueran controvertidas y generaran conflicto dentro y fuera de sus siglas. Fue el político enemigo de politiquerías y el del «programa, programa, programa». La sonrisa se dibuja en muchas caras cuando se articulan estas palabras. En la suya, en los últimos años, también, ya jubilado, en su casa de Córdoba y con su pensión de maestro. Una sonrisa en un rostro adusto, reflejo de un carácter que él mismo calificaba de «seco» y «cortante». Aunque también sabía ser amable.

Anguita murió ayer con 78 años aquejado del corazón, tras sufrir dos infartos, uno en plena campaña electoral de 1993 y otro en 1998; y tras la operación que le apartó de la primera línea política en diciembre de 1999, en vísperas de las elecciones del 2000, tras lo que decidió volver a las aulas a dar clases de Historia.

Las «dos orillas» y «la pinza»

Ante esos comicios del 2000, su sucesor como número uno por IU y quien lo había sido un año antes al frente del PCE, Francisco Frutos, firmó un pacto preelectoral con el PSOE de Almunia para gobernar juntos. Fue una enmienda a la estrategia de Anguita de las dos orillas: en una estarían el PSOE y el PP, parecidos en sus planteamientos; en la otra, IU, la alternativa. Otros, a esa estrategia la llamaron «la pinza» al Gobierno de Felipe González. Y le acusaron de actuar en connivencia con Aznar.

Él mismo explicó esa conflictiva relación con el PSOE: «En IU hay dos visiones opuestas, heredadas del PCE. Para unos, nosotros somos los aliados naturales del PSOE; y otros no nos negamos a pactar con el PSOE, pero con programas, ante notario, que se vayan cumpliendo los compromisos, que se cuantifiquen, que se trasladen a leyes en el BOE».

Anguita también rememoraba las tentativas de pactos que hubo en los noventa con los socialistas, como tras las elecciones de 1993. Y siempre negaba la teoría de «la pinza» recordando que dijo que no a la propuesta de moción de censura de Aznar contra González y que los votos de IU casi nunca coincidieron con los de los populares en el Congreso.

Anguita recordaba que fue alcalde de Córdoba, el primero de la democracia, en un Gobierno de concentración con el resto de partidos en un pacto «muy fácil» tras las elecciones de 1979. Sería en 1983 cuando ganaría la alcaldía por mayoría absoluta. De ahí saltaría al Parlamento andaluz. Y ya en 1989, a Madrid, a la  carrera de San Jerónimo y a la calle Olimpo, la sede de IU en la capital.

Los mejores resultados de IU

Con Julio Anguita, IU logró sus mejores resultados: en los comicios de 1989, 1993 y 1996, los tres con su candidatura al frente, el porcentaje del voto rondó el 10 %, el doble de lo habitual. En número de escaños, su mejor marca la alcanzó en 1996, con 21. La IU de Anguita fue capaz de recoger el malestar de la histórica huelga general de 1988 y la impugnación a la política del Gobierno socialista, no sólo por los escándalos de corrupción, sino también por su gestión económica.

Pero en esos años dulces -teniendo en cuenta la dimensión de los apoyos de los que partía IU y hacia los que tendió después- también hubo resquemores y rupturas, como la de la corriente liderada por Cristina Almeida y Diego López Garrido, Nueva Izquierda. Ésta surgió por sus discrepancias en dos cuestiones: Europa, ya que Anguita y economistas de la formación comenzaron a ser muy críticos con la UE, Maastricht y los prolegómenos del euro; y el «antisocialismo» que le atribuyeron a la IU de la que Anguita tomaba las riendas en 1989 de la mano del también respetado -y más discreto- Gerardo Iglesias. El choque fue tal que acabó con la expulsión de los integrantes de NI en 1997.

Aunque tras la marcha de Anguita y el golpe de timón de Frutos que consolidaría a Llamazares, IU no estuvo exenta de disputas: Espacio Alternativo abandonó la formación en 2008 y se constituyó como partido, Izquierda Anticapitalista, que luego terminaría integrando Podemos, con cuya dirección también ha entrado en conflicto. Todo, por lo mismo: las relaciones con el PSOE. Hay quien aún atribuye a la estrategia de Anguita el debilitamiento de la izquierda.

Hace unos años, Diego López Garrido afirmaba: «Era irresponsable plantearse como alternativa con un 10 % de los votos». Y le achacaba parte de la responsabilidad de que el PP encadenara dos legislaturas, entre 1996 y 2004.

Siempre en política

Julio Anguita llevaba fuera de la primera línea de la política dos décadas. Pero nunca se desvinculó de ella. A Anguita acudían los jóvenes líderes de la izquierda en busca de consejo. Y los periodistas cuando cualquier terremoto sacudía a la izquierda -y en los últimos años han sido muchos-. El eterno califa rojo seguía alimentando la discusión pública con artículos y en diversas organizaciones sociales. Apoyó, a diferencia de diversos cuadros de IU y de antiguos líderes de la coalición, la confluencia con Podemos. «Podemos, IU y Equo son los míos, los tres, incluso simultáneamente», aseguraba. Y, ante el Gobierno de coalición de esos «míos» con el PSOE, se mostraba cauto y a la expectativa de que el «programa, programa, programa» firmado se cumpliera.

En el aspecto humano, tuvo la desgracia, la mayor que se puede sufrir, tanto que es una situación a la que el idioma no nombra -a diferencia de la orfandad o la viudedad-, de perder a un hijo, al periodista Julio Anguita Parrado, mientras cubría la guerra de Irak. Y sus palabras tras aquella tragedia también, como él, han pasado ya a la historia: «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen». 

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