Toñito de La lebolina, un hombre con una sonrisa eterna

Abrazaba como un centollo, besaba sin previo atisbo, hacía reír y llorar de manera instantánea


El pasado Domingo de Ramos nos ha dejado un coruñés de pro, aunque hubiese nacido en Pedornes (Oia) y de manera socarrona y jocosa presumiese ser seguidor del Celta (cosa que era cierta). Con su sonrisa eterna y manos pugilísticas sustentaba sus jarras de vino Cigales, deshuesaba los callos o meneaba con garbo las cocochas asumiendo una textura celestial. El salpicón era de lubrigante, las croquetas de cola de cigalas, angulas, chipirones encebollados…

Antonio era hombre generoso, natural, sin ambages, con una espontaneidad respetuosa, sin boatos innecesarios. Siempre respaldado por la elegancia, la dulce belleza de su mujer María Jesús; su Dulcinea de A Laracha; cortejada gracias a la ardua labor de las diversas bujías que reponía a cada poco con el fin de avivar el brío de la vespa y llegar a su Toboso.

Abrazaba como un centollo, besaba sin previo atisbo, hacía reír y llorar de manera instantánea, te mandaba á merda susurrando amistad; era un bróker de la plaza de Lugo anteponiendo su persona, su sudor y su dolor en los pies al sueño que persiguió y culminó: formar una familia luminosa.

Tuve la inmensa fortuna de tratarle; con su limitada formación académica -a los 14 años comenzó a repartir vino por doquier en su carro-bici y solo pudo cursar un año en los Maristas-, era un sabio de la naturaleza humana, del devenir de los acontecimientos, del canto del ruiseñor, el huevo fértil de la gallina.

Sí, señores, se nos ha ido; sollozo, arduo retener el céfiro esperanzador que regaló desde los pañales hasta la transfiguración del niño en hijo pródigo. Sé que sigues amarrando almas con tu argot marinero que tanto te gustaba, con tus ojos achinados, tus soslayos bondadosos.

Se habrá percatado el lector mi cambio de tercera a segunda persona; si ustedes me permiten la indiscreción: era mi padre, es mi padre.

Descansa en paz Toñito, papá. Mi rey, mi héroe, mi paradigma. Solamente te ruego que sigas guiándome desde ahí arriba, remando en tu barco llamado respeto y amor.

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