Piluca Montenegro, un espíritu navideño que se apagó para siempre

Premiada y querida por la colección de trajes tradicionales que atesoraba, durante décadas se encargó de poner uno de los nacimientos más entrañables de Pontevedra


Pontevedra

La pontevedresa Piluca Montenegro Vázquez, de 83 años, cuyo funeral tendrá lugar hoy, falleció en vísperas de Reyes. Y esto no parece ninguna casualidad. Aunque llevaba tiempo con la salud delicada, luchando contra una enfermedad, ella y su entrañable espíritu navideño se marcharon justo cuando la Navidad empezaba a despedirse de las calles pontevedresas.

Tan navideña era Piluca que una de las cosas por las que se le recordará es el enorme belén que durante décadas montó en el portal de su casa, ubicada en la calle Cobián Roffignac, y que ella misma destacaba con uno de los reclamos navideños de Pontevedra. «Vienen muchísimos niños a verlo, yo con eso ya estoy contenta», contaba hace años a este periódico con su alegría habitual.  

A Piluca, en realidad, se le puede recordar por muchas más cosas. De hecho, ya era conocida en la ciudad pontevedresa desde la cuna, ya que era hija de Avelino Montenegro, médico, farmacéutico y un personaje entrañable que regentó sesenta años la botica de Benito Corbal, al lado del Victoria, en cuyo laboratorio hacía fórmulas magistrales. Quizás fue de su padre, aficionado a las motos y coches (fue el primero que condujo una Harley Davison en Pontevedra) de quien sacó Piluca ese afán por tener grandes pasiones. Ella se apasionó con la recuperación del patrimonio, concretamente, del traje tradicional gallego. La atraían sobremanera las antigüedades, las labores de artesanía, encajes y bordados.

En 1954, siendo todavía una jovencita que acababa de terminar el bachillerato en el colegio Sagrado Corazón de Placeres, confeccionó su primer traje gallego. Fue el primero de muchos. Piluca elaboró trajes, investigó sobre los atuendos gallegos, reprodujo patrones antiguos... y logró reunir más de 50 indumentarias representativas de distintas zonas de Galicia en una colección única. A finales de los años noventa, empezó a exponerla en distintos lugares. Y, en el año 2010, con mucho orgullo y emoción, Piluca contaba que sus trajes se exponían en el Museo do Pobo Galego. Tanto esfuerzo por recuperar el patrimonio le valió el reconocimiento de Amigos de Pontevedra, un colectivo que la premió en 1997. 

Piluca también fue un auténtico referente en la ciudad pontevedresa a la hora de confeccionar las alfombras florales del Corpus. Año tras año convertía el salón de su casa en un auténtico taller floral, reunía a su cuadrilla y de allí salían deshojadas millones de flores. Entre quienes se sumaban a estas labores estaban algunas de sus hermanas, como Pura, o sus primas. 

Piluca también era peleona y reivindicativa. Lo dejó claro, por ejemplo, en el año 2000, cuando hizo la ofrenda floral a la Peregrina y tomó la palabra. Reclamó entonces cordura a los políticos para que dejasen sus diferencias ideológicas a un lado y construyesen «una ciudad con futuro». También abordó la necesidad de respetar las tradiciones y pidió apoyo para las personas sin recursos económicos.

Aunque rodeada de su familia, que vivía en su mismo edificio, Piluca, que no tuvo hijos, también se reivindicó muchas veces como una mujer valiente que vivía sola en la tercera edad. En este caso, tenía un fiel espejo en el que mirarse. Porque Piluca es sobrina de Lulú Vázquez, la centenaria más emblemática de Pontevedra. Lulú, con la que estaba muy unida, pese a su enorme longevidad, sigue con salud de hierro y en los últimos días pudo acompañar a Piluca. 

Esta tarde, a las 17.30 horas, se celebrará un funeral por Piluca Montenegro en la iglesia de San Bartolomé. 

«Al principio fue muy duro porque la soledad deja muchos espacios de silencio en casa»

Nieves D. Amil

Piluca Montenegro es una de esas dos mil mujeres que viven solas en Pontevedra. No tiene miedo y casi nunca echa de menos una compañía a la hora de cenar. Con 74 años, su horario solo lo marca el placer. Por la mañana, el de quedar con sus amigas para tomar un café y ponerse al día, y por la tarde, se centra en sus labores de hilo y dedal.

Está pendiente de presentar su colección de trajes de gallega en el museo del Pobo Galego de Santiago. Solo la frenan los achaques y el frío. Y de eso, este invierno hemos ido sobrados. «Hasta ahora participaba en actividades de la parroquia pero ahora estoy más limitada por la salud», explica Montenegro, quien vive en un edificio familiar. «Estoy sola en mi casa, pero mis hermanas viven en el mismo inmueble y tengo muchas visitas».

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