Ferdinand Piëch: Gasolina en las venas

El expatriarca de Volkswagen falleció el día 24 de agosto a los 82 años. Si sabía o no de las maquinaciones para alterar las emisiones no lo sabremos nunca.


El mundo de la automoción vuelve a estar de luto. Acaba de decir adiós a otra de sus leyendas: Ferdinand Piëch, el patriarca de Volkswagen. El que la hizo grande, convirtiendo al gigante alemán del automóvil en eso precisamente, un gigante. Falleció el sábado 24 de agosto en un hospital de Baviera a los 82 años. De manera repentina, tras sufrir un ataque al corazón mientras disfrutaba de una cena en un restaurante.

Nieto de Ferdinand Porsche -el mítico ingeniero que diseñó el primer modelo de la compañía y que parió el Escarabajo por encargo de Hitler-, se diría que por sus venas corría gasolina en lugar de sangre. Los coches eran su pasión. A los cinco años, ya conducía el suyo propio. De juguete, eso sí. Y a los nueve, debutó al volante en un circuito.

Podía haber llegado a la cima sin esfuerzo, pero en su familia no se lo permitieron. Lo obligaron a sudar para conquistarla. Cuarenta años tardó en llegar a lo más alto.

Nació en 1937 en Viena, fruto del matrimonio que formaban el abogado Anton Piëch y Louise Porsche, la hija de Ferdinand Porsche. Ingeniero de vocación, terminó sus estudios en Zúrich, en 1962. Su proyecto para el doctorado: un motor de Fórmula 1. No había transcurrido ni un año de aquello cuando ya estaba trabajando para Porsche, la compañía de su abuelo. Burli, como lo llamaban en la familia para distinguirlo de los otros Ferdinand de la saga, fue nombrado director general técnico de Porsche en 1971, lo que suponía tocar las riendas de la firma con los dedos. Pero no lo consiguió. El motivo fundamental: las rencillas familiares.

Por aquel entonces la firma estaba dirigida por su tío, Ferdinand Porsche, el único hermano de su madre; y la relación de Burli con los dos primos que trabajaban en la firma era pésima. La guerra terminó con todos fuera de la compañía. «Yo soy un jabalí y vosotros, unos cerdos domésticos», les espetó a sus familiares antes de marcharse.

Corrían las Navidades de 1971; y en agosto del año siguiente Piëch iniciaba una nueva aventura en Audi. Un año, el del 72, muy intenso también para el ingeniero en el plano personal. Durante unas vacaciones en Roma coincidió con la mujer de su primo Gerard Porsche, Marlene Mason. «Me gustó tanto como la moto que conducía». Marlene dejó a Gerard y él a su esposa Corina, a quien había conocido en la universidad y con la que había tenido cinco hijos. Muchas fueron las voces que dijeron entonces que lo hacía solo por venganza. Seis años y dos hijos después rompió con ella para unirse a Herma Hutter, con la que tuvo otros dos vástagos. Con tanto niño hacía falta una niñera. Con ese encargo bajo el brazo, el de cuidar a la prole, llegó a su casa en 1982, Úrsula Plasser, con la que terminó casándose dos años después. Con ella estaba el sábado en el restaurante cuando sufrió el infarto.

Tanto ajetreo en el terreno sentimental no le impidió labrarse una carrera de ensueño hasta llegar a la cima de la automoción mundial. En Volkswagen desembarcó en 1993. Cuando llegó, el gigante estaba enfermo. Su gestión lo salvó del abismo. Fue su consejero delegado durante nueve años. Hasta que en el 2002 se convirtió en el presidente del Consejo de Supervisión. Para entonces, la compañía era un titán sano con más ganas que nunca de conquistar el mundo. Y en el 2009 llegó su venganza: Volkswagen se hizo con Porsche, otro nombre más -pero no uno cualquiera- que sumar a la larga lista de marcas adquiridas durante su gestión. Todo marchaba sobre ruedas. Pero, en el 2015 llegaron las curvas. Piëch se enfrentó al consejero delegado de la compañía, su delfín, Martin Winterkorn, y acabó herido de muerte. Hubo de renunciar a sus cargos. Y eso poco antes de que estallara el escándalo del dieselgate. Una tormenta que manchó su nombre. Si sabía o no de las maquinaciones para alterar las emisiones no lo sabremos nunca. El secreto se lo ha llevado a la tumba.

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