España y el fútbol clásico, saber jugar, conocer el oficio

RAÚL CANEDA

MUNDIAL 2026

Imagen del entrenamiento de la selección española en Dallas.
Imagen del entrenamiento de la selección española en Dallas. Agustin Marcarian | REUTERS

Llega el Mundial a su final para reafirmar las verdades de siempre. Al contrario de lo que se suele decir, el campeonato no señala ninguna tendencia táctica, porque el fútbol no es una actividad que evolucione con una lógica científica. Mientras nosotros, los entrenadores, y toda la industria de alrededor pretende ensalzar nuestra utilidad disfrazando el fútbol de ciencia, la realidad responde con claridad: los equipos de siempre, los jugadores de siempre.

El juego no pertenece a ningún método, no es una ciencia. Jugar y ganar es un oficio, un saber. Fútbol es cultura. Muchos equipos asoman pareciendo saber jugar (Noruega, Senegal, Egipto, etcétera), pero la lógica de los partidos los condena tarde o temprano. No distinguen lo accesorio de lo importante, la guarnición del solomillo, son ingenuos en las áreas. No tienen tradición, carecen de oficio.

España es la única incorporación reciente a la conservadora aristocracia del fútbol mundial. Solo ganando el fútbol nos enseñó una máxima de la que desconfiamos cuando siempre perdíamos: para ganar hay que jugar bien. Esa es ahora nuestra cultura. Recordando a un Platini, Zidane o Griezmann, se pudiera pensar que a la arrogante exuberancia física de los delanteros franceses le falta pausa, pero se necesita una mirada diferente para interpretar semejante despliegue técnico a esas intensidades.

Mientras el relato postmoderno nos habla de que los partidos se diseñan con un plan, la realidad nos enseña que un partido es todo aquello que pasa más allá de los planes. Se trata de preparar a los jugadores para jugar.

Nadie tiene nuestra capacidad técnica para tener el balón en campo contrario. La jerarquía que da tener mediocentros únicos en el fútbol actual, tales como hoy Rodri y ayer Busquets, permite reducir los partidos a monólogos donde el reto es transformar la posesión en agresión. Ante rivales de tanto nivel como Francia, se antoja indispensable tener la mejor versión de los mejores. Solo Pedri, Vitinha y Neves son capaces de agredir contra defensas replegadas. Su técnica superlativa permite que estando objetivamente rodeados puedan sentirse solos. Para nuestra desgracia, sus físicos no alcanzan para dar respuesta a esta maratón interminable de competiciones y partidos.

Genios como Lamine son indispensables para llenar de verdad nuestro fútbol. El tránsito de ser un equipo ofensivo inofensivo, a un equipo voraz está en sus pies. Si Lamine está bien, nuestro dominio acaba convirtiéndose en estrés para el rival. Si Lamine está mal, nos convertimos en un equipo ofensivo inofensivo, transformando nuestros ataques frustrados en contras del rival. El plan dice que hay que tener la pelota y acabar las jugadas para así evitar sus contras, pero en el fútbol real lo decisivo no se planea. No pasa lo que queremos, la realidad es lo que podemos. España no llega bien y Francia luce un aspecto arrogante, una superioridad física insultante.

El fútbol moderno tiende más a planear un partido imaginario para los jugadores, que a preparar a los jugadores para el partido. Y los nuestros, aún lejos de su mejor forma, son poco modernos: son clásicos, saben jugar, conocen el oficio. A eso se agarran. A eso nos agarramos. Ellos saben jugar. Más allá de los planes.