En mi fuero interno una regla de oro en los Mundiales pasa por dejar fuera de juego cuanto antes al equipo local. Para evitar goles fantasma en Wembley o la doble intervención de Kissinger contra la idealizada Holanda. El descarrilamiento de los anfitriones canadiense y mexicano ha sido la liberación de un lastre. El Canta y no llores aplicado al populismo barato de un experto operario de la salvación de clubes al borde del descenso como el Vasco Aguirre, de pronto subido como mesías a la chingada burbuja evanescente de México, perdedor nato.
No sé si estábamos preparados para el zarpazo de Trump. No pongas tus manazas sobre el Mundial. Ese teléfono rojo con Infantino —además de una explicitud pornográfica a la que no se atrevieron públicamente ni Mussolini en la Italia de 1934 ni Videla en Argentina 78— es un craso error. El árbitro jordano designado para el Estados Unidos-Bélgica, que nunca ha pitado más allá del golfo Pérsico, podría suponerse fácilmente impresionable. Y sin embargo ahora estará en el foco de la legalidad internacional, poco menos que vigilado por la Corte de La Haya.
El affaire Balogun ha devenido caso Dreyfuss sin necesidad de que Emile Zola acuse. Sorprendía que en casi cuatro semanas Donald Trump no se hubiera asomado todavía al ágora del Mundial. Con la resaca del 4 de julio, propulsado desde el monte Rushmore, ha lanzado su abrazo del oso a Infantino. Se lo llevará por delante, como a todos a los que le permiten matonear. Pocchetino, hombre de fútbol, podría haber salvado su honor dejando fuera de la convocatoria a Balogun. De otra forma, esta noche el Mundial, en su encarnación de valores universales ante los cuales algunas veces no estuvo a la altura, fiaba su dignidad a la camiseta belga. La madrugada en la que todos fuimos Lukaku, De Bruyne o Trossard. Tintín en América, enfrentado a Al Capone o a Rastapopoulos.