Los vapores Coruña-Ferrol (I)

Los dos vapores de ruedas, atiborrados de pasajeros y emparejados como yunta de bueyes mal avenidos, zarparon al mismo tiempo del puerto coruñés con rumbo a Ferrol. Al enfilar la bocana de la bahía, a la altura del castillo de San Antón, la pugna entre los dos buques dio paso a la agresión: el Hércules giró de improviso y embistió con su proa la obra muerta del Comercio, «destrozándole completamente la cámara». El episodio refleja la lucha descarnada que mantenían las navieras que cubrían la travesía A Coruña-Ferrol.


El Siglo Futuro, al dar cuenta del incidente en su edición del 9 de junio de 1902, explica también sus causas: «Hace tiempo que ambas empresas vienen sosteniendo una sorda lucha encaminada a que uno de los dos buques desaparezca de la carrera. Esto, intentado al principio por medios lícitos, ahora por lo visto se quiere conseguir a toda costa y sin reparar en los procedimientos empleados».

Aunque venció en la escaramuza y mandó a su rival a dique seco, el Hércules se encontraba en el ocaso de su vida. Durante veinte años, desde su entrada en servicio en 1882, había monopolizado la ruta marítima en disputa. Construido en 1879 en astilleros ingleses, constituía la placenta que unía A Coruña y Ferrol. A falta de tren que aliviase la tortuosa comunicación terrestre, por ella discurrían pasajeros, mercancías y correo. Gentes del común y personalidades ilustres. Mujeres con canastos rebosantes, obreros del arsenal, comerciantes prósperos, políticos en campaña o cómicos de gira. También los sacos de correspondencia, servicio adjudicado a los armadores del buque por 2.000 pesetas al año.

A veces el barco se engalanaba con banderas para transportar a la corporación municipal de una u otra ciudad. O para acoger en sus camarotes al expresidente republicano Emilio Castelar. Antes de rematar el siglo XIX, Pablo Iglesias, quien de niño recorrió a pie el trayecto entre Ferrol y la lejana Madrid, regresó cuatro veces a su ciudad natal para predicar el socialismo: en las cuatro ocasiones llegó a bordo del vapor Hércules.

A Marola, a mar toda

El buque pertenecía a la firma Requejo López Pérez y Compañía, una sociedad fundada por tres vallisoletanos establecidos en A Coruña: Ventura Requejo Escobar -quien después se trasladó a Vigo, donde fallecería en 1890-, José López Trigo y Wenceslao Pérez González. Influyentes hombres de negocios -comerciantes, banqueros, consignatarios-, la casa de comercio que fundaron en 1855 supuso la rampa de lanzamiento de su paisano Dionisio Tejero, sobrino de Wenceslao y uno de los más destacados empresarios coruñeses a comienzos del siglo XX.

En el marco de los amplios intereses de la compañía, el Hércules solo era un negocio marginal, pero sumamente rentable. Durante dos décadas, salvo esporádicas interrupciones del servicio por temporales o mantenimiento del buque, el vapor realizó diariamente la travesía A Coruña-Ferrol. Sus paletas sortearon cada día el agresivo oleaje y corrientes que produce la confluencia de tres rías y superaron, heroicamente, el desafío que señala el refrán: «O que pasou A Marola, pasou a mar toda». Incluso, de hacer caso a El Noticiero Bilbaíno, tuvo el barco que ejercer de rompehielos el último día del año 1887: un mosaico de cristales de hielo cubría las rías de A Coruña y Ferrol, «a tal punto que el vapor Hércules iba cortándolos con su proa a la llegada a aquel puerto».

Tantas penalidades, además de la edad, tenían necesariamente que pasar factura a la embarcación. El mismo año en que el Hércules hendía el mar helado, un cartel de ciego, exhumado por Sinesio Delgado, ponía en solfa la salud del buque: «Hay un vapor de ruedas que se llama / Hércules nada menos, / y que vio transcurrir, segundo la fama, / sus buenos años, si los tuvo buenos, / azotando las olas [...] Hoy mueve sin cesar el abanico, / y hace una travesía / de Ferrol a Coruña cada día, / y baila en la Marola como un chico».

El Hércules o el ave fénix

Los achaques irán en aumento y comienza a barajarse la idea de la jubilación. En abril de 1891, Manuel Piñeiro, maquinista del vapor y consocio de la empresa armadora, viaja a Bilbao para negociar la compra de un buque que reemplace al Hércules. La sustitución no se produce, porque el barco pretendido «no reunía las condiciones apetecidas». Ya en vísperas del cambio de siglo, el capitán general de Ferrol ordena que se le practique un exhaustivo reconocimiento al buque. Este parece haber superado la prueba, porque el día de Reyes de 1900 la empresa anuncia la reanudación de los viajes. La supuesta mejoría del paciente solo duró unos meses: en abril deja el Hércules de prestar servicio y lo sustituye el vapor Ibarzábal. «Tiempo era», comenta un periódico al dar la noticia.

Pero el acta de defunción todavía no está firmada. Los armadores se empeñan en remozar completamente el barco y, una vez restablecido, devolverlo a la mar. La prensa tira de ironía: si el Hércules resurge de sus cenizas «podría añadir a su folio de inscripción marítima el sobrenombre de Fénix». El milagro se produce y las ruedas del vapor comienzan a girar de nuevo en marzo de 1901. Navegará otros seis o siete años y aún sacará fuerzas de flaqueza para embestir a los buques de la competencia que tratan de repartirse su legado.

Mientras el Hércules se debate entre la vida y la muerte, los empresarios más avispados ven una oportunidad de negocio en el hueco que deja el histórico vapor de ruedas. Y se disponen a aprovecharla. Un nutrido grupo de coruñeses y ferrolanos constituyen entonces la compañía de navegación La Herculina Ferrolana, cuyos dos vapores -primero, el Comercio; después, el Marqués de Amboage- se lanzan a la conquista de la codiciada ruta. La naviera de nuevo cuño doblega la resistencia del Hércules y acapara la mayor tajada del tráfico entre A Coruña y Ferrol en los primeros compases del siglo XX, aunque no tardará en sufrir los zarpazos de otros rivales y la estocada final que le propina la apertura del ferrocarril Betanzos-Ferrol.

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