Los obreros de Guisasola

Una clarificadora polémica, dilucidada en varias portadas del diario Galicia en la primavera de 1924, nos introduce en la historia y condiciones laborales de la por entonces principal industria gallega de materiales de construcción: la Cerámica de Dena. Fundada en 1910 por el asturiano Justo Guisasola Vigil, asociado a empresarios y banqueros gallegos de la época, extraía arcilla en las minas de A Fianteira -parroquia de Vilalonga, en Sanxenxo- y fabricaba teja, ladrillo refractario, tuberías de gres y material sanitario.


A. Mareque, corresponsal del periódico Galicia en Caldas de Reis, viaja en automóvil a Dena «acuciado por la curiosidad» y el «elogio constante» que recibe la industria allí establecida. Además de gozar de «los ubérrimos e incomparables valles de esta tierra meiga», el periodista visita los yacimientos de arcilla y la fábrica de cerámica, un «emporio de riqueza» que restaña la hemorragia de la emigración: «¡Una industria de la importancia de la de Dena evita en una localidad el que se ausenten muchos de los habitantes que la forman!».

Todas las impresiones del visitantes son laudatorias: «Es una de las fábricas que honran a Galicia. No la suponíamos de tanta importancia; la imaginábamos como algo pigmeo como el elogio lo creíamos hijo de la vanidad». Mareque constata igualmente la febril actividad de los obreros que, «en un constante torbellino y con una actividad grandísima, se dedican a la confección de ladrillo, teja y loza». «Allí hemos visto -agrega el entusiasta apologista- cómo obreros inteligentes laboran con pericia el ladrillo refractario, la teja rústica y alicantina, la figura policromada y el moderno batercló. Parécenos que, por la perfección con que lo hacen, en nada tienen que envidiar al extranjero».

La industria

Cerámica de Dena, la destinataria del panegírico, había iniciado la producción en 1911. El complejo minero-industrial, promovido por la sociedad Guisasola y Cía, constituida un año antes con un capital de 215.000 pesetas, daba ocupación a más de un centenar de hombres y mujeres. En la empresa participaban, al menos inicialmente, un ingeniero asturiano, dos destacados empresarios gallegos -Laureano Salgado y Tomás Mirambell- y las casas de banca de Olimpio Pérez y de Simeón García.

Laureano Salgado, caldense como Mareque, pionero del sector eléctrico en Galicia y copartícipe en numerosas iniciativas industriales, aportó los terrenos para el emporio cerámico. Pero el artífice fundamental del proyecto se llamaba Justo Guisasola Vigil. De casta le venía al galgo. El ingeniero pertenecía a la familia que en 1868 dio cuerda a Cerámicas Guisasola, en el concejo asturiano de Llanera. Antes de desembarcar en O Salnés, Justo Guisasola había fundado en Asturias, en 1895, la sociedad Explosivos del Cayés, para la producción de pólvora, mechas y cápsulas de dinamita para uso en la minería y en la caza. Después, ya en Galicia, retomó la actividad tradicional de su familia con Cerámica de Dena.

Cómo vive el proletariado

Pero retomemos la polémica. Días después de que Mareque vertiera sus «impresiones» en la portada del Galicia, una pluma brillante -de «pecadora» la tilda su dueño-, que firma con el seudónimo Manrique de Crespo, le sale al paso en el mismo periódico. El propio título de la réplica, «Cómo vive el proletariado en un lugar de Galicia», anuncia el contenido reivindicativo del artículo: «En la Fianteira -que no en Dena precisamente- hay, en efecto, una fábrica de cerámica que elabora cosas excelentes en esta materia, y hay un número crecido de obreros y obreras que trabajan como galeotes por ínfimos jornales y en condiciones de las que nadie hasta ahora ha dicho nada».

«Allí se vive poco menos que fuera del mundo», añade Manrique de Crespo. No existe allí «legislación moderna respecto a la jornada, ni existe Instituto de Reformas Sociales, ni nada de lo que en este sentido tiene un matiz de civilización». Las obreras trabajan doce o catorce horas diarias y «cobran a razón de dos pesetas diarias, sin manutención, después de haber realizado una labor dura, constante y fatigosa, por la misma exigencia de sus faenas y por la desconsideración con que se las trata».

Cuenta Manrique de Crespo que, tiempo atrás, visitó el lugar -«con no sabemos qué objeto»- el diputado socialista Teodomiro Menéndez. Y los trabajadores quedaron decepcionados: «Menéndez anduvo por allí del brazo del propietario y comió con él en su casa... y todo siguió lo mismo».

Ante la diatriba, Mareque plegó velas. Sus impresiones, contestó, no eran «consecuencia del esfume del champán, ni producto de la pluma mercenaria, ni de la digestión de una comida». Él no pretendía «defender y enaltecer una gerencia que no conocemos más que superficialmente», pero refuta las acusaciones de su interlocutor: no es verdad que en A Fianteira «se viva fuera del mundo» y los semblantes de los obreros «demuestran no pasar esa vida tan espeluznante que de relieve puso Manrique de Crespo». Reconoce, sin embargo, que el salario de los obreros tal vez no es «el que realmente debieran percibir». Si es así, concluye, «nuestras arraigadas convicciones de solidaridad nos llevarían inmediatamente a reivindicar de dicho señor [Guisasola] lo que legítimamente pertenezca a sus obreros».

La voz de Blanco Torres

La polémica se zanjó en cuatro capítulos. Solo nos resta desvelar la identidad de Manrique de Crespo: el seudónimo lo utilizaba el redactor jefe del Galicia, diario de Vigo fundado por Valentín Paz Andrade. Es decir, quien denuncia la despiadada explotación no es otro que el galleguista Roberto Blanco Torres, poeta notable y periodista brillante que en 1936 sería «paseado» por los falangistas en Entrimo.

Digamos también que la trayectoria vital de Teodomiro Menéndez parece disipar la sospecha de connivencia con Justo Guisasola. Encarcelado dieciséis veces y condenado a muerte en dos ocasiones, nunca el sindicalista fue acusado de compadreo con la patronal.

Ya en nuestros días, el historiador y economista Dionisio Pereira recreó las atroces condiciones «daquel inferno». Mujeres sumergidas en los pozos de barro denominados as barreiras. Mujeres insultadas, multadas y golpeadas. Mujeres transportando pesados pañóns de arcilla en la cabeza. Trabajadoras de un establecimiento donde aún imperaba el bárbaro derecho de pernada. Al leer la descripción de Dionisio Pereira, uno tiene la impresión de que Roberto Blanco Torres se quedó corto en su denuncia.

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