El riesgo de automedicarse en finanzas

Ivonne Pousa y Alfonso Cancelas FAMILY BANKERS DE BANCO MEDIOLANUM

MERCADOS

MABEL R. G.

Cuando una persona tiene un problema de salud, puede buscar información en internet, consultar a conocidos o intentar automedicarse. Sin embargo, la mayoría entiende que lo más prudente y sensato es que acuda a un médico para que evalúe su situación, interprete a qué se pueden deber los síntomas y le indique el tratamiento o las recomendaciones más adecuadas para su situación con el objetivo de recuperar la salud cuanto antes. Y, al hilo, una reflexión: ¿tomaríamos un tratamiento distinto al que nos prescribe el médico para curar una enfermedad? Probablemente no.

Con las finanzas personales y sobre decisiones que impactan directamente en nuestro patrimonio, y el de nuestros hijos, tendría que ocurrir algo parecido. Antes de realizar cualquier movimiento, se debería recurrir a un asesor cualificado que nos explicara qué implica cada actuación y nos acompañara en la toma de decisiones.

El problema es que no siempre se percibe de esta manera. Y hay inversores que, en algunas ocasiones, toman decisiones acerca de su patrimonio influenciados por titulares que aparecen en los medios, rumores de mercado o recomendaciones de conocidos encontradas en redes sociales o, incluso, facilitadas por la IA.

El comportamiento en estos casos suele ser el mismo: vender cuando los mercados caen, comprar cuando ya han subido o modificar estrategias pensadas para el largo plazo por miedo a acontecimientos coyunturales que, en la mayoría de los casos, terminan siendo pasajeros.

En su libro Un pequeño empujón, Richard Thaler, premio Nobel de Economía, definió como el efecto manada o rebaño «la presión social, el deseo de no afrontar la censura […]», un sesgo conductual de gran peso y que lleva a seguir a la masa. «Si todos los demás aceptan una proposición determinada o ven las cosas de una manera determinada, cabría suponer que seguramente tienen razón», prosigue el experto.

Por tanto, muchos escuchan a su entorno, comparan rentabilidades sin contexto, se dejan llevar por el miedo o la euforia mayoritaria del momento en el mercado. Se mueven hacia donde aparentemente va todo el mundo y, sin darse cuenta, descomponen una planificación equilibrada que había sido pensada en función de sus circunstancias personales, su perfil financiero y sus metas a corto, medio y largo plazo.

Dicho de otro modo, dan un golpe de timón a sus finanzas y modifican un rumbo que, hasta ese momento, habían trazado junto a su asesor con una estrategia definida y un objetivo claro.

La historia demuestra que las mayores pérdidas de los inversores no suelen venir de los mercados, sino de sus propias decisiones. Y es que las emociones son, con frecuencia, el peor enemigo del patrimonio cuando condicionan la forma en la que invertimos.

Lo señala el informe Mind the Gap 2025 de Morningstar, que analiza más de 25.000 fondos y ETF estadounidenses durante una década (entre el 2014 y el 2024). En sus conclusiones revela una brecha que debería hacernos reflexionar: la rentabilidad que obtuvo en ese período un inversor que entró y salió del mercado en varias ocasiones es del 7 % anual, mientras que, si se hubiera mantenido invertido en los mismos fondos, el rendimiento habría sido del 8,2 %.

Es decir, y siempre según sus cálculos, una diferencia de 1,2 puntos porcentuales al año que, acumulada a lo largo de toda esa década, equivaldría a dejar sobre la mesa el 15 % de la ganancia total generada por los fondos del inversor. Y esto pese a las tensiones geopolíticas o las crisis que puedan impactar a corto plazo durante el camino. El tiempo premia al inversor paciente.

Como asesores financieros, nos encontramos con estas situaciones más de lo que nos gustaría. Vivimos en una era en la que la inteligencia artificial permite acceder a datos, comparativas y opiniones en segundos.

Pero esa abundancia de información no equivale ni a conocimiento técnico ni a conocimiento del cliente. Saber leer un informe financiero, entender la correlación entre riesgo y rentabilidad o anticipar el impacto de una decisión fiscal requiere formación, experiencia. Conocimientos técnicos expertos, pero, también, disponer de habilidades interpersonales que permiten interpretar cada situación en su contexto. Entender en qué momento personal se encuentra el cliente, cuáles son sus miedos, cuáles son sus metas… Y, en función de todas estas variables, diseñar un plan. Su propio plan financiero.

Como vemos, la raíz del problema no está en la falta de información, sino en cómo se interpreta y en quién la interpreta y para quién. Y ahí es donde el asesor se convierte en un profesional imprescindible.

La planificación financiera no consiste en adivinar el futuro, sino en prepararse para él. Y para ello es necesario contar con criterio, disciplina y perspectiva, tres elementos difíciles de mantener cuando el dinero propio está en juego y las emociones entran en escena si no se tiene acompañamiento profesional.

El asesor financiero es alguien que ayuda a evitar errores, a mantener el rumbo y a recordar que las estrategias exitosas se construyen pensando a largo plazo, no en titulares. Porque, al igual que sabemos que automedicarse puede poner en riesgo la salud, gestionar el patrimonio sin el conocimiento adecuado puede poner en riesgo nuestro futuro financiero y el de nuestra familia. Y en ambos casos, el coste de equivocarse suele ser mucho mayor que el de contar con un profesional.