Inflación y arte de la política

MERCADOS

20 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

No amaina la inflación. Es verdad que la subyacente, que elimina los elementos más volátiles, sigue siendo baja (2,4 %), pero mantiene una preocupante tendencia al alza. Las presiones inflacionistas se están extendiendo en el tiempo más de lo que muchos pensábamos, movidas por una diversidad de factores. Entre ellos destacan los shocks de oferta, debidos al bloqueo de algunas importantes cadenas de suministro causado por el nuevo desorden geopolítico, y las tensiones en los mercados energéticos y de otras materias primas.

Es evidente que en el corto plazo la inflación está complicando la recuperación, pero la cuestión fundamental es si quedará en un mero episodio —uno más en la cadena de anomalías que la economía global está experimentando en estos tiempos convulsos— o si, por el contrario, debemos temer que se prolongue durante años. Mi opinión —no muy distinta de la que siguen manteniendo los principales organismos de análisis y predicción en todo el mundo— es que en el 2023 el escenario habrá cambiado y estaremos de nuevo muy cerca del objetivo fijado por los bancos centrales: incrementos de un 2 %. Después de todo una verdadera agitación inflacionista no la conocemos desde hace tres décadas y en los últimos años ha sido el problema opuesto —la amenaza de deflación— lo que más se ha hecho temer. Una situación de fondo que podría regresar una vez que se logre la estabilización económica pospandemia.

Pero no es más que una opinión impregnada por las dudas. En realidad, ahora mismo solo los muy dogmáticos/sabelotodo parecen estar seguros de lo que ocurrirá con los precios a, digamos, cinco años vista. El entorno general de incertidumbre afecta también, y mucho, a este fenómeno. ¿Qué hacer, entonces? ¿Qué respuestas de política económica dar a un problema presente de cuya posible evolución en el tiempo tenemos más dudas que certezas? Desde luego, sería una gravísima equivocación el dejarse llevar por una cierta histeria y alterar la orientación y los ritmos de la actual política española y europea, dirigida a fortalecer la reactivación mediante un poderoso programa de inversiones hacia la transformación de los sistemas productivos. Pero, por otro lado, tampoco se puede actuar como si nada pasara, favoreciendo desde las propias actuaciones públicas que la inflación avance y se consolide.

Eso es el arte de la política: saber buscar equilibrios, secuenciar bien las medidas, encontrar los momentos. Un arte que ya sabemos que no es fácil, pero en el que es fundamental insistir. Respecto al asunto que aquí se trata, dos cuestiones serían fundamentales. Primero, nada sería peor que interrumpir el activismo de los programas europeos por el miedo a la inflación: sería algo así como volver al error del 2010, cuando los gobernantes se dejaron llevar por el pánico y nos llevaron a una nueva recesión. Pero, segundo, hay que evitar los temidos efectos de segunda ronda: sobre todo en relación con los salarios. Es verdad que con una mirada de largo alcance hay que revertir la presión bajista sobre los salarios de las últimas décadas —causa importante de la desigualdad creciente—, pero este no es el momento de subirlos, pues sería una forma de alimentar la espiral costes-precios-costes… En ese sentido, no es mala idea la que ahora manejan los agentes sociales de fijar un plan a medio plazo de subidas en las remuneraciones. En ese tipo de soluciones consiste el arte de la política.