El ahorro de costes del voto electrónico

Santiago Torres López

MERCADOS

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La emisión telemática de un sufragio de forma presencial no plantea los problemas de la modalidad en remoto, que usaría un sistema similar al que ya utiliza la banca digital, pero que es más susceptible de sufrir ciberataques; para garantizar la seguridad se debe ir paso a paso, instaurando un sistema mixto; para ello se requieren avances en la legislación que conduzcan a un modelo que reduce gastos por las economías de escala y que abre la participación electoral a nuevos grupos de personas

11 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El Voto Electrónico (VE) se puede definir como un «conjunto de operaciones efectuadas por el elector y destinadas a votar de forma automatizada, sin emplear sobres ni papeletas electorales». Supone la automatización del proceso de emisión y recuento del voto y puede ser de dos tipos, dependiendo de que el elector se presente en el colegio electoral o bien se mantenga en cualquier ubicación desde la que lo ejerza de modo telemático.

El VE en el colegio electoral es similar al tradicional, sustituyendo las papeletas y las urnas por un sistema electrónico que registra y contabiliza el voto. La identificación del votante se puede realizar de forma idéntica a la votación tradicional, con sencillos procesos de control para que el elector no emita su voto más de una vez. Los dispositivos habilitados en el colegio electoral pueden disponer de pantalla táctil o de lector de papeletas electrónicas y podría habilitarse la impresión del resguardo del voto. El voto podría enviarse en ese momento al sistema de recuento o podría quedar almacenado en la urna electrónica para ser transferido al final de la jornada electoral. Cada dispositivo y el software que ejecutan están controlados por la justicia electoral (y aun así puede haber problemas de funcionamiento).

 Las dificultades

El VE en remoto, emitido desde cualquier ubicación física con conexión a Internet, requiere otros sistemas de identificación más complejos: certificados digitales, códigos personales, o sistemas avanzados de reconocimiento biométrico (iris, facial, dactilar…). Los mayores problemas que se plantean en este caso son: la fiabilidad en la identificación y la seguridad de que el voto se ejerza sin coacciones. Pero conlleva beneficios, como facilitar el voto a residentes en el extranjero (para comicios locales, autonómicos, generales y europeos) y posibilitarlo a colectivos que consideren complejo o poco atractivo acudir a un colegio electoral para ejercer su derecho; de tal forma, podría incrementarse la participación ciudadana. No obstante, como el voto se emitiría desde cualquier tipo de dispositivo habilitado por el votante, surgen más variables no controladas por la autoridad electoral y se necesitan mecanismos de autentificación muy fiables.

La evolución tecnológica ha permitido el desarrollo de sistemas Blockchain y de otras tecnologías de registro distribuido, todas óptimas para asegurar las garantías de parte del proceso electoral cuando se hacen responsables de la integridad e inmutabilidad del voto. Los votos se registrarán en bloques que se unirán a una cadena de sufragios revisados por los denominados nodos. El sistema de recuento se asimila a un libro contable global, en el que todas las transacciones realizadas desde el comienzo de la votación van quedando registradas, agrupadas en bloques y de forma inmutable. Todos los nodos de esta red descentralizada disponen de la misma copia del libro global, que se actualiza constantemente tras un proceso de validación. Así, los votos quedan registrados de forma indeleble en ese libro.

Con todo, hay expertos en ciberseguridad que no están de acuerdo en que estas tecnologías de registro distribuido sean suficientemente seguras como para poder aplicarlas en un área de tanta relevancia como es el sistema de votación. Funcionan partiendo de los dispositivos con los que se vota vía Internet los cuales presentan un punto flaco: son los más sencillos de hackear si el VE es remoto.

Seguridad

Respecto a la posibilidad de atacar una operación tan relevante como un proceso de votación, se puede comparar con las operaciones de banca electrónica, aceptadas como seguras por la gran mayoría de usuarios. En la banca electrónica hay un sistema a priori similar al del VE, con una caja negra donde no se ve el dinero físicamente, aunque sí es necesario conocer la identidad de quien realiza la operación, lo cual simplifica enormemente el proceso. En el VE, el votante debe identificarse, no puede votar más de una vez y demanda saber que votó; el sistema debe guardar este voto y permitir auditar qué se envía a la urna -posiblemente virtual- correcta, pero impedir conocer qué decisión tomó el elector. En la banca electrónica, las transacciones se encuentran vinculadas a una identidad en todo momento: no hay necesidad de anonimato. Como la banca electrónica tampoco está exenta de riesgos de seguridad en materia de ciberataques, se provisiona un porcentaje de pérdidas por operaciones electrónicas erróneas o fraudulentas. Salvo que el fraude suponga una «tragedia contable», el banco no pierde la confianza de sus clientes pues repone lo robado.

Sin embargo, ¿qué porcentaje de fraude podría asumirse en un proceso electoral para que la confianza en el sistema no se vea quebrada? Los procesos electorales implementados actualmente en España, regulados según la LOREG, son entendibles por el 100% de la población (identificación en colegio electoral con DNI, mesa constituida por varias personas, apoderados de cada partido, urnas transparentes, proceso auditable…) mientras que si se emplea un sistema de VE, tanto en su vertiente más sencilla de urna electrónica como en el voto remoto por Internet (desde cualquier dispositivo), solo serían entendibles por un porcentaje de población ejemplar y muy pequeño (1-2%) en el que el resto de la población tendría que confiar. En la actualidad, si hay denuncias puntuales de fraude, existen mecanismos de auditoría que sin duda garantizarían la validez del sistema.

Ventajas

El VE abarata los procesos electorales por sus claras economías de escala. Aunque las urnas electrónicas pueden ir quedando obsoletas en el corto plazo, es evidente que hay más ahorros al evitarse otras partidas. En su vertiente de remoto, favorece la votación de colectivos que ahora encuentran más dificultades en su participación. Por otra parte, al ser un sistema más accesible, también podrían aparecer nuevos grupos de electores, no interesados actualmente en participar en el sistema electoral, que tendrían la posibilidad de influir de forma significativa los resultados.