Europa, «eppur si muove»

Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

MERCADOS

KENZO TRIBOUILLARDPOOL

06 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La recuperación ha empezado, y todo indica que en muy poco tiempo habrá alcanzado su velocidad de crucero. Pero no todos los países o regiones del mundo se internan en ella con la misma fuerza. Las previsiones -la última, de la OCDE-- apuntan a que la UE va más rezagada que sus dos grandes competidores, Estados Unidos y China. En la comparación trasatlántica lo cierto es que los planes de estímulo y reconstrucción europeos palidecen a la luz de los puestos en marcha por el presidente Biden. Y es que ya se sabe que la extraordinaria complejidad del tejido institucional de la UE introduce arena en los motores a la toma de decisiones, y que los programas de cambio se enfrenten a múltiples factores posibles de bloqueo (el último, felizmente salvado, el de la amenaza de suspensión del programa de recuperación por el Tribunal constitucional alemán).

Todo ello crea una cierta melancolía; es frecuente incluso volver a escuchar aquello de la euroesclerosis. Y sin embargo, algo importante se mueve. Por ejemplo, no hay duda de que la forma de encarar el enorme shock provocado por la pandemia ha sido muy diferente de la que vimos hace una década, durante la crisis de la deuda soberana: Comisión, Consejo y BCE se han alineado ahora en un respuesta pragmática y proactiva, en la que los instintos antisolidarios permanecen bastante sujetos. La suspensión de las reglas fiscales fue una de sus manifestaciones más claras.

Pero no es solo la respuesta a las dificultades del momento. Mucho más importante es que, por primera vez en mucho tiempo (quizá desde los años de la Comisión Delors), en la UE ha aparecido una línea clara de acción hacia el largo plazo, con un objetivo claro en el horizonte: reforzar la resiliencia. Una clara manifestación de esa prioridad es el papel que se le concede «a la prospectiva estratégica en la elaboración de las políticas de la UE». La gran proyección que se le ha dado a la publicación en 2020 por parte de la Comisión de un informe anual de prospectiva estratégica (de muy recomendable lectura), va en esa dirección.

Detrás de esta notable novedad hay distintas razones, destacando entre ellas el cambio en el paisaje geoestratégico: de no actuar con resolución, no hay duda de que Europa verá declinar su posición en el mundo, frente a la primacía, crecientemente polarizada, de chinos y norteamericanos. Necesitamos que Europa se erija como un tercer vector, en condiciones de igualdad, en el orden internacional que se está ahora mismo reconstruyendo. Y aquí es fundamental dotar a la economía de esa resiliencia de que se habla, y hacerlo en los ámbitos que más van a definir el futuro, que ahora sabemos que no se situarán preferentemente en los sectores de servicios, como hasta hace bien poco se presuponía, sino en torno a unas estructuras industriales profundamente renovadas.

Ese es el trasfondo de la llamada Nueva estrategia industrial para Europa, que en 2020 fijó sus prioridades en un reforzamiento de la autonomía estratégica y el mercado único, junto con la aceleración de la doble transición. Los programas de la NextGen por su dimensión y ambición son la gran oportunidad que los sistemas productivos de todo el continente, también en los países más avanzados, estaban esperando para su transformación. Y habrá que hacerlo con un sentido inclusivo, pues sería un gran error histórico ?que pagaríamos caro- construir una economía digital y verde… pero solo para ciertas élites. La UE parece haberlo entendido así; de hecho, complace comprobar que en el documento de prospectiva citado propone expresamente una dimensión social para los cambios en marcha. Aunque lenta, burocrática y en exceso compleja, eppur si muove.