El miedo a los fantasmas del pasado

Julio G. Sequeiros

MERCADOS

MABEL RODRÍGUEZ

Los factores que pueden generar un proceso inflacionista son tres: el precio de las materias primas, el nivel de salarios y el crédito bancario. Se trata de un período largo, y ninguna de las tres variables está presente. La inflación ni está, ni se la espera

11 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En estas últimas semanas, una parte de la profesión ha creído ver a uno de nuestros fantasmas más tenebrosos paseándose por las economías desarrolladas. Según ellos, la inflación intenta salir del trastero de la historia y pretende habitar entre nosotros. Veamos. La inflación es un fenómeno que los de más edad lo recordamos en directo. A principios de la década de 1970 la inflación se dispara acompañando el crecimiento de los precios del petróleo. En efecto, hasta iniciada esa década, el petróleo mantenía un precio medio anual que oscilaba entre los 1,5 y 2,0 dólares por barril. Este precio alcanza los 11,0 dólares en 1973 y los 35,0 en 1980. Al calor de este crecimiento, se dispararon también los precios de otras materias primas. Ya no era solo el crudo, sino también el maíz, la soja, el trigo, etc. y los metales industriales: cobre, níquel, aluminio, etc.

Este crecimiento de precios tan intenso y en un período temporal tan breve, se trasladó a los precios finales de los productos generando un proceso inflacionista de dimensiones mayúsculas. Además, la dinámica inflacionista se alimenta a si misma generando una espiral que, a la hora de contenerla, se pone muy difícil. Un elemento importante son los salarios. Al intentar mantener -y ampliar-- su capacidad adquisitiva, los salarios se incrementan de tal manera que repercuten directamente en los costes de producción y en los precios finales. Otro elemento de esta espiral es la tasa de cambio.

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Las devaluaciones sucesivas de la moneda nacional tratan de contrarrestar el crecimiento de precios internos para mantener la competitividad de las exportaciones, pero, simultáneamente, encarecen las importaciones, alimentando así la espiral inflacionista por esa vía. En síntesis, los costes de producción aumentan año a año y, por consiguiente, los precios finales de los productos también. El caso español es un magnífico ejemplo. En 1977 -el año del pacto constitucional -los precios se incrementaron un 25 %, los salarios un 30 % y un dólar costaba ya 90 pesetas, frente a las 65 de 1971 (un 50 % más). Este paisaje económico de estancamiento, desempleo, e inflación -un paisaje de crisis muy profunda- se remedia a través de los Pactos de la Moncloa (1977) en los que, básicamente, se reinicia el sistema económico español. Y el sistema político también.