¿Vuelve la inflación?


Si en su ciudad se incrementan considerablemente las ventas de alcohol, puede deducir dos cosas: que se ha disparado el numero de borracheras o que la población ha decidido hacer acopio. En todo caso, si la decisión es aumentar las reservas de bebidas alcohólicas, es de suponer que en algún momento subirá la ingesta de este producto. La misma deducción podemos aplicar al dinero: si se incrementa considerablemente el volumen en circulación, es probable que o bien suban las compras o bien que crezca el ahorro. En todo caso, si ocurre esto último, es previsible que cuando el entorno económico gane certidumbre ese dinero vaya al consumo.

¿Por qué digo esto? Porque la oferta monetaria lleva varios trimestres creciendo a tasas similares a la etapa previa a la burbuja económica. Es cierto que en aquellos momentos era insuflada por el crédito bancario y hoy por los bancos centrales. Antes entraba directo en los hogares y hoy se dirige a las Administraciones públicas. En todo caso, al dinero le ocurre como al agua, siempre acaba buscando su camino. Por tanto, pronto se dejará ver anegando los prados de la certidumbre económica ¿Queda lejos ese horizonte? Baste recordar que el lunes no se murió nadie por covid en el Reino Unido, y en Galicia dos personas. Todo está cambiando y mi obligación es hablarle a usted del futuro; el presente ya lo conoce.

Por tanto, podemos afirmar que una Europa regada de dinero es tierra abonada para la inflación. Con todo, tenemos que hablar de probabilidades y no de certezas. Europa es vieja y sin ausencia de pulso demográfico es posible que el dinero acumulado, el ahorro, se quede en gran medida ahí, dando tranquilidad a nuestros sueños. No tiene el mismo destino el ahorro de una persona de treinta años que el de una de sesenta. El de la primera, más tarde o más temprano, termina en consumo, justo lo contrario de lo que suceden con los mayores, que buscan tranquilidad hasta su muerte. Por tanto, estamos ante un escenario probable, pero no cierto, de excesos de demanda que generen tensiones en los precios.

Pero la inflación no solo llega por exceso de demanda, también lo puede hacer por escasez de oferta. Es lo que se denomina inflación de costes. La vimos en España en los setenta, en 1973, cuando se cerró el canal de Suez durante dos años. Y curiosamente, lo más probable, es que la volvamos a ver en el segundo semestre del año ¿Por el atasco del Ever Given? No, porque el mundo está despertando de su letargo con más rapidez que lo hace su capacidad de producción y de logística.

La economía mundial empieza a moverse, pero sus fábricas esperan: quieren ver a los clientes llamado a sus puertas, y los barcos durmientes, antes de encender sus máquinas, quieren ver una mayor demanda de fletes. Lo mismo se puede decir de la actividad minera o de la industria petrolera. Por tanto, y esto ya es una realidad, hemos empezado a sufrir un desajuste relevante entre la oferta y la demanda, y que está ya provocando desajustes en los mercados de materias primas. Dicho de otro modo: están subiendo los precios en origen, tanto en producción como en transporte, y esto acabará repercutiendo, en breve, sobre nuestra cesta de la compra

¿Es un escenario preocupante? Hay quien prevé que solo se trata de un shock temporal y predice que después todo volverá a la normalidad. Pero piense por un momento que una parte de este dinero que hemos atesorado decide convertirse en demanda especulativa. Entraríamos en otro mundo.

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