El socialismo en el siglo XXI

La enorme expansión del gasto público ocasionada por la pandemia se está viendo también en Europa: un exceso de gasto que se manifiesta en los presupuestos de cada país, y que significa un antes y un después en las reglas de juego de la eurozona. El mancomunar el acceso a los mercados para endeudarse de forma conjunta, para financiar en los estados miembros las debidas reformas estructurales, es algo que hasta hace bien poco estaba vetado a la Comisión Europea


La pandemia que estamos sufriendo ahora guarda algunas semejanzas con la gripe de 1918. La evolución mensual del número de muertos en aquella peste se asemeja bastante a la evolución mensual del número de personas infectadas ahora: un primer avance en la primavera de 1918, un impacto brutal desde finales de 1918 a la primavera de 1919 y un coletazo final en el otoño de ese mismo año. A partir de ahí la pandemia desaparece, aunque siguen existiendo algunos casos aislados. Si esta similitud entre las dos pandemias se mantiene hasta el final, tendríamos una desaparición natural de la calamidad a finales de este año --basada en la inmunidad de grupo-- como ya nos había ocurrido en 1919. A mayores, estos cien años no han transcurrido en balde. La vacunación de segmentos determinantes de la población mundial nos va a impedir saber que parte de la erradicación de la enfermedad se debe a la vacuna y que otra parte se debe a la inmunidad de grupo. Los epidemiólogos tienen aquí un trabajo estimulante.

Esta percepción de las cosas es lo que nos lleva a pensar que este año y el que viene van a ser unos años de recuperación económica muy vigorosa. Ahora bien, esta recuperación se va a asentar sobre un escenario de catástrofe global. En 2020 el comercio internacional disminuyó casi un 10 % y el PIB mundial en casi un 5 % (ambos sobre el año anterior) en una contracción de la actividad económica que estuvo sincronizada en prácticamente todo el planeta. A diferencia de la crisis financiera de 2008, en 2020 la crisis económica ha sido mucho más severa y todos los países se vieron afectados, unos más y otros menos, pero no se ha librado ninguno. De la crisis actual vamos a salir poniendo en práctica lo que hemos aprendido durante la crisis de 2008 y siguientes. Las autoridades de la política económica han desarrollado instrumentos de sostén de la actividad y estímulo de la producción que se están desplegando a un nivel que, hace unos años, era absolutamente impensable. Estos estímulos van, principalmente, en dos direcciones: la monetaria y la fiscal.

Los estímulos monetarios

En lo que se refiere al ámbito monetario, los bancos centrales se han comprometido a mantener los tipos de interés tal y como están ahora, por lo menos hasta marzo de 2023. Podemos contar con tipos cero, o incluso negativos, durante dos años más hasta que la recuperación se consolide. Y no solo eso. Los bancos centrales están adquiriendo deuda pública en los mercados secundarios hasta alcanzar unos niveles insospechados hasta hace poco. El BCE dispone en su balance de 3,25 billones de euros en deuda pública emitida por los países de la eurozona, de los cuales 385.000 millones son deuda del Reino de España.

Si tenemos en cuenta todos los bancos centrales juntos, el balance consolidado de estas instituciones era de 1 billón de dólares en 2007 (antes de la crisis financiera), alcanza los 20 billones en 2012, baja a los 15 billones en febrero de 2020 y actualmente se coloca en 24 billones de dólares.

Este balance está constituido, básicamente, por deuda pública y deuda privada, emitida por los estados y /o por empresas relevantes en el tejido productivo de su área de influencia. En el caso del BCE, esta institución acumula deuda por un importe que representa casi el 80 % del PIB de la eurozona en un incremento a todas luces espectacular desde 2007. Aunque no tan explosivo, es el caso del banco central de EE.UU. La Reserva Federal acumula deuda pública y privada por un importe cercano a la mitad del PIB norteamericano. Esta actividad de los bancos centrales es la que explica, por ejemplo, en el caso de España, como con una deuda pública del 120 % y un déficit para 2020 de más de 11 % (ambos sobre su PIB), está emitiendo deuda nueva a tipos negativos para plazos inferiores a los cinco años y, puntualmente, inferiores a diez.

Esta situación en el mercado de la renta fija, la perspectiva de una vacunación en masa y los signos cada vez más evidentes de una recuperación rápida es lo que nos explica como las bolsas han alcanzado máximos históricos ya desde finales del año pasado. Me refiero a las bolsas del centro de Europa y, por supuesto, a Wall Street. La capitalización en las bolsas mundiales asciende a 110 billones de dólares, esto es, un 126 % del PIB global. Es más, los balances de los respectivos bancos centrales se han revelado, además, como el determinante fundamental en la dinámica de los tipos de cambio, por ejemplo, entre el euro y el dólar.

Algo que nos resulta extraño es la ausencia de inflación. Veamos. En principio, una expansión tan brutal de la masa monetaria y de los consiguientes niveles de liquidez tendrían que trasladarse a un incremento de los precios, sobre todo teniendo en cuenta las rigideces en la oferta provocadas por los confinamientos y demás restricciones a la producción. Aunque de momento no está, sí se la espera. Los precios están comenzando a subir en las fases iniciales de los procesos productivos. Ocurre con los metales industriales (níquel, cobre, etc.), con los combustibles (petróleo, gas, etc.), con las materias primas agrícolas (maíz, soja, etc.) y se trasladarán a los precios finales para el año que viene. De todas formas, se espera una inflación muy suave, quizás ligeramente superior al dos por ciento anual, pero siempre en un nivel aceptable por los bancos centrales.

Los estímulos fiscales

Prácticamente todos los gobiernos del mundo están gastando muy por encima de lo que ingresan. Un buen ejemplo lo encontramos en Estados Unidos. La macroeconomía americana está a un nivel muy semejante al que tenía a finales de la II Guerra Mundial. Cierra 2020 con un déficit superior a 3,13 billones de dólares, que serán 2,3 billones en 2021. Lo que elevaría la deuda pública de ese país hasta el 107 % de su PIB a finales de este ejercicio. Y esto sin contar con el nuevo paquete de estímulos que el presidente Biden está negociando con los republicanos por importe de 1,9 billones de gasto adicional. Como en el caso de los gobiernos europeos, este gasto extra ha ido destinado a fomentar la actividad productiva en los sectores más afectados y a sostener a los segmentos de la población más golpeados por la crisis. Incluso con ayudas directas a las familias a través de cheques bancarios al portador. El último, por importe de 1.400 dólares para las familias más necesitadas.

Esta expansión del gasto público la estamos viendo también en Europa. Este exceso de gasto se manifiesta tanto en los presupuestos de cada país miembro como en el presupuesto comunitario. Los Fondos de Recuperación y Resiliencia y el fondo Next Generation puesto en marcha por la Unión Europea (750.000 millones de euros) significan un antes y un después en las reglas de juego de la eurozona. El mancomunar el acceso a los mercados para endeudarse conjuntamente -para financiar en los estados miembros las debidas reformas estructurales- es algo que hasta hace bien poco estaba vetado a la Comisión Europea.

Una reflexión final. Este exceso de gasto público se financia endeudándose en el mercado, emitiendo los estados una deuda que, al final, acaba en manos de los bancos centrales. Y las grandes empresas también hacen más de lo mismo. Como resultado tenemos unas instituciones públicas -los bancos centrales-- que acaparan un balance tan gigantesco que no tiene punto de comparación posible con ninguna otra institución conocida en la historia económica de los últimos siglos. Directa o indirectamente, estos gigantes pantagruélicos son los amos del capitalismo actual. Una deriva financiera del socialismo de estado. Y si nos sirve para capear esta situación, que bienvenido sea. Mañana será otro día.

JULIO G.SEQUEIROS. Catedrático de Economía.

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