Radiografía de una crisis


Cuando alguno de mis colegas afirma que en tiempo de pandemias ocurre tal o cual cosa, no dejo de sorprenderme. Pareciera que las crisis sanitarias fueran como el vecino del quinto, incordiando siempre a la misma hora y del mismo modo. Pues no. Sus ritmos son toda una novedad. Una de esas enfermedades raras que nunca nos hemos molestado en analizar. Pudimos haberlo hecho durante la gripe del 1918 o mucho antes, con las pestes negras, pero no fue el caso. Las élites gobernantes no eligieron entre la economía o la muerte. Asumieron lo segundo y tiraron para adelante. Por tanto, los que nos dedicamos al triste oficio de analizar las crisis económicas hemos de mirar a aquellas que sí han sido radiografiadas en tiempo real. Lógicamente existen similitudes, como la transformación de la crisis de liquidez en una de solvencia. De hecho, en estos momentos, este empieza a ser uno de los temas centrales del debate económico. Lo interesante es que no son pocas las voces que afirman que lo que está en juego es la solvencia de los pequeños, de los más débiles. En las capas medias y altas, la mediana y la gran empresa, se está observando una capacidad que algunos llegan a tildar de sorprendente. Es normal que llame la atención, pero tampoco debemos olvidar que las empresas de determinado tamaño son supervivientes de la crisis anterior y, como norma, han aprendido del pasado. Cuidan su liquidez y miman su solvencia. Hasta aquí, todo parece una réplica de las buenas maneras financieras que debe guardar toda empresa.

Donde entramos en un terreno claramente desconocido es en la capacidad de resistencia psicológica de una parte relevante del empresariado español. Estoy pensando en una sensación de fracaso, de existencia agotada por sobrecarga, de agotamiento físico, emocional y actitudinal, tal y como lo definieron Pines y Kafry en 1978, Edelwich y Brodsky en 1980 o Freudenberger, algo antes, en 1974. Si no he sido claro, se lo diré de otro modo: una buena parte del empresariado español está quemado o en proceso. Ellos le llamaron «Síndrome de Burnout», y lo vinculaban a las relaciones de un trabajador con su espacio. Y si hasta la pandemia el espacio era la empresa, y ahí estamos todos de acuerdo, la pregunta es cuál es hoy ese lugar. Hay quien se aprovisiona un viernes, abre el lunes, cierra a los siete días, y a los ocho liquida existencias. No hay marcos. Todo es inestable. No hay espacio, ni oficina, solo el teléfono de alguien en teletrabajo. Todo gira en un bucle permanente de construcción y deconstrucción. Todo, salvo los pagos y las decisiones. Trabajadores que metes con dolor y sacas con esperanza de los ERTE, como un gondolero recorriendo el Guadiana. Visitas al banco a pedir moratorias cuando sabes que justamente esa solicitud te estigmatizará mañana. Moverte entre lo poco y la nada sin saber quién te puede sujetar la cabeza, esa que sientes que se desmorona. Sentir que eres el derrotado de una guerra que nunca reclamaste ni solicitaste. Alguien a quien tildan de fracasado por no llevar esas alforjas que nadie te dijo que harían falta. Te levantas y sientes que todas las demandas que esta sociedad te demanda exceden tu competencia, y en vez de decirte que a nadie se le puede exigir esa capacidad, te apuntas al discurso pesimista. Es extraño que los economistas utilicemos variables psicológicas para explicar una parte de lo que está ocurriendo, pero si cree que no tengo razón le permito que me lo recrimine y, si no es el caso, no está mal recordar que la economía la construyen las personas y estas no son dioses. ¡Qué la vida no le venza!

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