La costumbre de hacer historia

La nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala, licenciada en Harvard y con un doctorado en MIT, será la primera mujer de la historia que se pone al frente de la Organización Mundial del Comercio


«Soy una luchadora. Implacable en lo que me propongo, hasta el final. Si te interpones en mi camino, te patearán». Son sus credenciales. Salidas de su propia boca. De la de Ngozi Okonjo-Iweala (Ogwashi-Uku, Nigeria, 1954), primera mujer -y primera persona africana en hacerlo? que toma las riendas de la Organización Mundial del Comercio (OMC).  Y no es palabrería. Y si no, vean (bueno, en este caso, lean). Cuentan que cuando era una niña en su Nigeria natal cargó con su hermana pequeña y recorrió con ella en brazos los cinco kilómetros que las separaban del médico más cercano. Estaba enferma de malaria. Y, cuando por fin llegó, no tuvo reparo alguno en saltarse la larga cola que había a la entrada de la consulta, trepando incluso por una ventana, para que la atendieran la primera. No había tiempo que perder. Le salvó la vida.

Decisión, como pueden comprobar, no le falta. La va a necesitar. Se hará con el timón de la OMC el próximo 1 de marzo. Haciendo historia. Como es costumbre en ella. Ya la ha hecho antes, que para algo fue la primera mujer en ocupar el Ministerio de Finanzas de Nigeria, (por dos veces: entre 2003 y 2006 y entre el 2011 y el 2015) y la primera también en tener de su mano la cartera de Exteriores, aunque por poco tiempo, en el 2006.

Licenciada en Harvard y con un doctorado en el prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT) en Economía del desarrollo es, desde hace años, asidua en las muchas y variadas listas de mujeres más influyentes del planeta que se elaboran cada año. Y eso, después de haber desarrollado buena parte de su carrera profesional en el seno del Banco Mundial, donde estuvo más de 25 años y donde llegó a ser la número dos.

A nadie deja Okonjo-Iweal indiferente. Y no solo por su capacidad de discusión y su habilidad para tejer consensos. Tampoco por su vestimenta. Ataviada con atuendos tradicionales africanos, no es fácil que pase desapercibida. Sobre todo en esas reuniones trufadas de trajes y corbatas a las que suele asistir. Las mismas a las que alguna vez se la ha visto acudir cargada con telas típicas de su país para dejar patente lo mucho que se diferencian de esas imitaciones elaboradas por gigantes como China con las que resulta imposible competir en precios.

Carácter tiene. De eso no hay duda. Y lo va a necesitar. Porque no aterriza la nigeriana lo que se dice en un momento dulce para la OMC, golpeada de lleno por los desmanes de Donald Trump. Pero no es Okonjo-Iweal de las que se amilanan fácilmente. Y para muestra, el mejor botón: la dura batalla que emprendió durante sus años de ministra contra la corrupción. Pugna en la que se ganó no pocos enemigos y un buen puñado de amenazas de muerte, pero en la que no dio su brazo a torcer ni siquiera tras el secuestro de su madre de 82 años.

Está acostumbrada, pues, a lidiar con las dificultades. Contaba con solo seis años cuando Nigeria alcanzó la independencia allá por 1960. Se crio con sus seis hermanos en un pequeño pueblo del Delta. Con sus abuelos. Sus padres, becados, estaban estudiando en Europa. No fue una infancia fácil la suya. Antes de cumplir los diez años, como ella misma ha relatado, y como muchas otras niñas nigerianas, ya tenía que encargarse de las tareas del hogar: cocinar, recorrer varios kilómetros al día para recoger leña, cuidar de los pequeños de la casa... Luego llegaría la guerra civil con Biafra ,y la situación se complicó todavía más. «Comía una sola comida al día. Los niños morían a nuestro alrededor. Así que aprendí a vivir con poco. Puedo dormir cómodamente en un suelo de adobe o en una cama de plumas», aseguraba no hace mucho en una entrevista en Forbes. A buen seguro que toda esa fortaleza la volcará ahora en reflotar una OMC en crisis. Por tesón no será.

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