¿Es la deuda pública un falso problema?

análisis El debate que se ha abierto en torno a la propuesta promovida por el economista francés Thomas Piketty y firmado por decenas de economistas del continente de condonar la deuda pública de los países de la UE, es más producto de una ocurrencia que una propuesta viable. El verdadero debate debe estar en cómo se utilizarán los recursos de la UE para salir de la crisis.


Catedrático de Economía Aplicada

La deuda ha sido objeto de debate desde siempre, pero quizá fue Keynes quien marcó un punto relevante en la polémica, ligada a la carga del empréstito público, o lo que es lo mismo, ¿se traslada o no la carga de la deuda a las generaciones futuras?

Keynes pronunció una frase premonitoria allá por 1937: «El buen momento para la austeridad es el de la expansión, no el de la recesión». Cuando uno observa los tipos de interés actuales, enseguida se da cuenta de que los costes del endeudamiento y de los déficits son más bien modestos. Claro que ha de tenerse cuidado con tal aproximación, ya que de ahí a la barra libre no hay nada y tampoco existe mejor antidepresivo para un político, que una financiación del gasto público en un marco de anestesia general.

Y en esto llegó Piketty y su cortejo, firmando una especie de manifiesto, en el que se apela a las instituciones europeas para pedirles la anulación de la deuda. Vienen a decir que si el Banco Central Europeo la condona, esos recursos podrían dedicarse a inversiones y fortalecer la recuperación tras la crisis. La respuesta no se ha hecho esperar, tanto por parte de Christine Lagarde como por otros responsables del BCE. La deuda se gestiona en el largo plazo, dicen, y las inversiones que se llevan a cabo acaban por engendrar un crecimiento más fuerte. Además, los Tratados prohíben anulaciones de empréstitos, y en el BCE no quieren suscribir lo que los firmantes alegan, recurriendo, según ellos, a la historia: «En innumerables ocasiones, las dificultades jurídicas se borran ante los acuerdos políticos».

En el trasfondo de la curiosa demanda, que a primera vista podría parecer muy razonable, semeja estar el miedo a que se quiera volver a políticas clásicas de austeridad, sin tener en cuenta que la amplitud y profundidad de la crisis actual, inducida por la pandemia, no se resuelve en el corto plazo. No hay comparación posible con la crisis de hace unos años, la de las hipotecas basura.

El velo de las buenas intenciones suele ocultar efectos colaterales de la prodigalidad de un keynesianismo a calzón quitado. Borrar de la pizarra una deuda «que nos debemos a nosotros mismos» tiene efectos secundarios. En primer lugar, no devolver préstamos envía una mala imagen a los mercados, poco propicios a aplaudir astucias. Probablemente, se estaría anticipando una devaluación del euro, que tendría algún efecto positivo, pero que, simultáneamente, si hubiese que emitir nueva deuda, habría que hacerlo a un coste mayor, aun admitiendo que tenemos la inflación por los suelos.

Pero no parece esta la objeción más importante, puesto que con unos tipos como los actuales, incluso negativos, y sin trazas de subir, la carga de intereses es muy leve. ¿Se pondrán nerviosos los mercados por una deuda que cuesta casi nada? Otra cosa es que la Unión Europea deba cambiar su política monetaria, olvidar el límite del 60 % del PIB del pacto de estabilidad y sustituirlo por otro argumento más acorde con las circunstancias objetivas de la economía de la Unión. Esto sería deseable y se hará.

De mis clases de Hacienda Pública recuerdo la cara del alumnado cuando hablábamos de deuda consolidada, perpetua, repudio de la deuda, reestructuración. Alguno de estos términos remitían sencillamente al no pago, a no honrar las obligaciones. No digo yo que lo ahora propuesto sea lo mismo, pero algo se le parece. ¡Qué atractivo resulta transformar la deuda en perpetua y sin intereses!

No es necesario recurrir a métodos cuyo mayor mérito, a mi parecer, es la originalidad. Lamentablemente va en la línea de lo que empieza a llamarse «dinero mágico», en coherencia con la «nueva teoría monetaria». El verdadero debate debe versar sobre la utilización de los recursos que van a llegar a los diferentes países, «y no sobre la fantasmal anulación de la deuda», como califica el diario de izquierdas francés Libération. Dicho en palabras de Lagarde: «Si la energía gastada en reclamar la anulación al BCE, se consagrase a la discusión sobre el uso de la deuda, sería mucho más útil. ¿A qué se afectará el gasto público? ¿Sobre qué sectores de futuro invertir? Ese el verdadero asunto hoy». Concuerdo.

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