El desayuno, sin diamantes y con truco

Walter W. Bettinger II, al mando del banco de inversión estadounidense Charles Schwab desde el 2008 y conocido por su estratagemas para saber más sobre sus futuros empleados, afronta una multa millonaria por no proteger adecuadamente los activos de sus clientes


Terminó el 2019 con un golpe de mano que dejó boquiabierto a más de uno. Lo hizo en dos tiempos. Primero se cargó de un plumazo las comisiones. Y luego presentó una oferta de 25.000 millones de dólares para hacerse con su rival TD Ameritrade, uniendo en una a los dos firmas que revolucionaron el acceso de los pequeños inversores a Wall Street con su política de comisiones. Nacía un gigante con 24 millones de cuentas de clientes y 5 billones de dólares en activos.

Distinta, mucho, es la forma en la que pone fin a este 2020. Difícil para todos. Y también para él. Lo hace con una mancha en el expediente. La multa de casi diez millones de euros que le ha impuesto la Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido por no «proteger adecuadamente» los activos de sus clientes, por llevar a cabo una actividad regulada sin permiso y por mentir a los reguladores. No suena bien.

Hablamos del banco de inversión estadounidense Charles Schwab y de su primer ejecutivo, Walter W. Bettinger II, al mando desde el 2008, cuando el fundador de la firma financiera, Charles Schwab, le cedió el testigo del negocio con la idea de tener más tiempo para sus labores filantrópicas, a través de la Fundación Charles y Helen Schwab. Entre ellas, la investigación sobre el alzhéimer y sobre las dificultades en el aprendizaje. Cuestión esta última que le toca muy de cerca porque es disléxico. No lo descubrió hasta que tenía 40 años, tras serle diagnosticado el problema a su hijo adolescente. Pero, esa, es otra historia.

Nacido en el seno de una familia de clase media de Ohio hace 60 años, tiene Bettinger -el pequeño de cuatro hermanos- a su cargo más de 31.000 empleados. Y curiosa, mucho, es la fórmula que emplea para seleccionarlos. No a todos, claro, pero sí cuando el perfil lo requiere. Tiene por costumbre el primer ejecutivo de la firma estadounidense -o tenía porque ahora ya todo el mundo conoce su secreto, entre otras cosas porque él mismo lo ha contado-invitar a desayunar a los candidatos. Y no en las oficinas del banco. En una cafetería. Tiene muy claro lo que busca en un futuro empleado y se esmera en comprobar si está o no frente a la persona adecuada.

Llega antes que el aspirante y le explica al camarero que no le traiga a su acompañante lo que este le pida, sino otra cosa completamente diferente. «Hago esto porque quiero ver cómo reacciona la persona en cuestión», contaba en una entrevista en The New York Times . «Me ayuda a entender cómo lidian con la adversidad. ¿Están molestos, están frustrados o son comprensivos? La vida es así, los negocios son así. Es otra manera de ver qué hay en su corazón, más que en su cabeza», argumentaba el directivo. «Todos cometernos errores. Lo importante es saber cómo nos comportaremos cuando los cometamos y cómo nos levantaremos cuando nos caigamos. Y, por su puesto, lo que haremos cuando otros los cometan», zanjaba.

Y es que concede mucha importancia Bettinger a eso de conocer bien a las personas con las que uno trabaja. Lo aprendió, o eso al menos cuenta la leyenda, estando en la universidad, en la de Ohio, estado en el que nació. Era el último curso y hete aquí que, buen estudiante él, acabó suspendiendo un examen importante. Y todo por no saber el nombre de la señora de la limpieza. Fue lo único que les preguntó la profesora. Su intención: que los alumnos comprendiesen lo importante que es conocer a los miembros de un equipo cuando a lo que uno pretende dedicarse es a eso de dirigir. Visto lo visto, parece que aprendió la lección. Posiblemente nunca la olvide. Ni eso, ni el nombre de aquella mujer. Dottie se llamaba. No iba a acabar estas líneas dejándoles con la intriga.

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