Claro que sé cómo será mi jubilación


¿Cómo será nuestra vida cuando estemos jubilados? Esta es una pregunta que aún se repite en conversaciones de amigos, de esas donde trata el futuro como si no pudiéramos hacer nada para modificarlo. Sin embargo, la respuesta solo debería ser una: «Sé cómo será mi jubilación, sé que podré vivir igual que ahora, pero con mucho más tiempo para disfrutar». Efectivamente, la jubilación es un período de nuestra vida lo suficientemente importante como para dejarlo al libre albedrío.

De todos los avatares de la vida de cualquier persona, la jubilación será quizás el más predecible. Si todo se desarrolla como se espera, lo normal es que llegue un día en que nos retiremos del mundo laboral y contemos con tiempo libre para disfrutar a fondo de nuestra vida. Por tanto, y dado que es una meta compartida por todos, lo normal es no esperar a ver qué ocurre; lo más lógico es prepararnos con tiempo, planificar bien nuestras finanzas y asegurarnos de que nuestra jubilación no supondrá un cambio drástico en nuestra economía, precisamente en el momento en que más tiempo libre tenemos para disfrutar de la vida.

Siempre he tenido clara la importancia de prepararnos para la jubilación, tanto que incluso he renunciado a trabajar con algún cliente que no veía interesante organizar sus finanzas dotando de la importancia que se merece el momento de jubilarse. Hoy en día, tras dos reformas legislativas (en 2011 y 2013), la pensión se calcula como la media de las bases de cotización de los últimos años cotizados. ¿Cuántos? Eso depende del año en que te jubiles. Como ejemplo, para quienes se jubilan hoy, se hace la media de los últimos 23 años y, además, si no he cotizado todos los años necesarios, se aplica otra reducción más sobre la pensión definitiva. De este modo, quien se jubile hoy deberá haber cotizado durante 35 años y 10 meses para recibir el 100% de la pensión.

Pero veamos un ejemplo concreto. Yo nací en 1976 y, si me jubilo cuando corresponde, el cálculo de la pensión será la media de lo que he cotizado en los últimos 25 años de mi vida profesional. Pero además, para recibir el 100 % de esa media, tendré que haber cotizado durante 37 años. Y si solo he cotizado 30 años, me corresponderá únicamente el 84% de la media de mis últimos 25 años de actividad.

Es decir que, si al jubilarme estuviese ganando una media de 2.000 euros, me corresponderán 1.500 euros de pensión, pero si solo he cotizado 30 años, me corresponderían 1.260 euros. Y eso sin aplicar otro efecto reductor introducido en 2013, el FEI (Factor de Equidad Intergeneracional), que aún reduce más la cuantía final.

Además, los sistemas públicos siguen siendo objeto de reformas para hacerlos sostenibles en el tiempo. ¿Por qué? Por un lado, por la coyuntura económica, pero sobre todo a causa de la demografía y la longevidad: la pirámide de la población está cada vez más invertida (hay más gente mayor y menos jóvenes en edad de trabajar) y la esperanza de vida se continúa alargando; en no mucho tiempo, lo habitual será llegar a cumplir 100 años. Es decir, cada vez hay menos personas en activo para pagar las pensiones y, al mismo tiempo, la pensión se cobra durante más años.

Esto no significa que vayamos a quedarnos sin pensión pública, sino que tendremos que complementarla para poder disfrutar del nivel de vida al que aspiramos una vez jubilados. Por eso, cada uno debe tomar las riendas de su futuro, no dejarlo al albur de los astros y buscar alternativas que permitan complementar la pensión pública.

Por lo tanto, la pregunta ya no sería si habrá pensiones públicas o no, la pregunta debe ser si he previsto los instrumentos adecuados que garanticen ese otro porcentaje que debe completar la pensión pública. ¿Por qué seguimos pensando que la jubilación tiene algo que ver con la suerte o es algo que alguien arreglará? Pues por algo muy común en los seres humanos: nuestra dificultad para ver, y sobre todo planificar, a largo plazo. La idea de empezar con 30 años o menos a ahorrar para una jubilación que llegará cuatro décadas después no es fácil de asumir, especialmente en una sociedad más adaptada al aquí y ahora. Es cierto que el día a día y los objetivos más inmediatos (el coche, la casa, los estudios de los hijos…) acaparan nuestra atención, y ese no es el caso de algo como la jubilación, para la que, en el mejor de los casos, queda aún 30 o 40 años… Pero el tiempo pasa volando y, sin darnos cuenta, la jubilación está a la vuelta de la equina. Lo que era algo a muy largo plazo, se ha convertido en una necesidad de corto plazo. Y la solución es más compleja y requiere mucho más esfuerzo. Por eso siempre insisto en que cuanto antes empecemos, menos esfuerzo supondrá la solución y es mejor comenzar pronto con poco que más tarde con mucho más esfuerzo.

Por lo tanto, lo importante es planificar las finanzas en función de las necesidades que la familia tiene previsto asumir en los siguientes años y, por supuesto, estableciendo las bases para ese complemento que, junto con la pensión pública, nos permitirá disfrutar de la jubilación deseada. Y sobre todo hacerlo apoyado por un asesor financiero. Nos ayudará a entender, en cada caso, qué podemos esperar realmente de la pensión pública y nos ayudará a definir cuáles serán nuestras necesidades una vez dejemos de trabajar. Definirá con nosotros un plan y una estrategia para alcanzar nuestros objetivos. Nos recordará la importancia del largo plazo y el hecho de que la automatización del ahorro ayuda a evitar que nos dejemos llevar por las emociones y el corto plazo. Nos acompañará para que nos mantengamos firmes en nuestro rumbo. Si en alguna ocasión alguien pregunta cómo imaginamos la vida de jubilados, podremos explicar exactamente cómo será esa jubilación que llevamos años preparando. La jubilación no es algo que se deba improvisar: pasaremos en ella muchos años. Asegurémonos de tenerlo todo listo para disfrutarla.

IVONNE POUSA ES RESPONSABLE DE BANCO MEDIOLANUM EN LA ZONA NORTE DE ESPAÑA

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