La hora de la verdad en la Unión Europea

La respuesta a la crisis generada por el coronavirus ha de ser proporcional y ajustada a la dimensión del desafío al que se enfrentan los países, cuyas grandes empresas tienen ante sí al riesgo de quiebras que podrían aprovechar los chinos y americanos para comprar a precio de saldo

Merkel se pone la mascarilla al iniciar este viernes su intervención en la Cámara Alta alemana
Merkel se pone la mascarilla al iniciar este viernes su intervención en la Cámara Alta alemana

Templanza frente a frugalidad, esa es la disyuntiva que aborda la Unión Europea en estos días, tras el primer acuerdo de Merkel y Macron, auténtico espaldarazo a una política común y solidaria. El desastre que ha sobrevenido junto a la pandemia ha sido de tal envergadura, que incluso la canciller alemana, siempre prudente, ha protagonizado lo que algunos llaman «espectacular conversión».

A principios de año, y tras haber sido renovadas prácticamente todas las instituciones europeas, Bruselas se preguntaba por el inmediato futuro: la hora del Brexit, el potencial de liderazgo de la UE en el mundo, la transición ecológica, el nuevo pacto verde promovido por la recién estrenada Comisión Von der Leyen. Nadie contaba con un inesperado y demoledor invitado, el coronavirus, que todo lo trastocó y de qué manera.

Y el 18 de mayo pasado, de modo un poco imprevisto, pareció volver el motor político de la Unión, desvaído y medio gripado entre problemas de gobernanza y no pocos inconvenientes surgidos de ampliaciones no bien pensadas, a nuestro juicio. La necesidad de un plan de relanzamiento no podía ser negada, cosa que tampoco han hecho «los cuatro frugales», Holanda, Austria, Dinamarca y Suecia. Pero la cosa empezó a atascarse en cuanto a las modalidades de conseguir ese objetivo y una muestra son las manifestaciones del primer ministro holandés ante Sánchez: «Ustedes tienen que encontrar la solución en España».

El primer y principal obstáculo a salvar concierne a la naturaleza de las transferencias: subvenciones o préstamos, y si ha de haber de todo, en qué proporción. La cumbre Merkel-Macron proponía 500.000 millones de euros como transferencias y 250.000 como créditos. Ello quiere decir que los países fragilizados por la pandemia no se verían cargados con pesados pagos en el futuro. Y esto es casus belli para los Países Bajos y sus compañeros de fatigas anti-despilfarro, que insisten en invertir la lógica del plan francoalemán, convirtiendo el instrumento de salvamento en puramente crediticio, en la idea de que un préstamo incita más intensamente a gastar de modo inteligente. Pero para quien conoce bien la dinámica de la Deuda Pública tanto española como italiana, resulta claro que se resolvería un problema creando otro.

Como resulta que va a ser necesaria la unanimidad y los países que están por la solución Merkel-Macron no van a permanecer impasibles, la dinámica no seguirá, probablemente, los pasos marcados por el Eurogrupo y en ello trabaja el presidente del Consejo, Charles Michel, quien recuerda a los miembros, que la respuesta a la crisis ha de ser excepcional y coherente con la magnitud del desafío. Y, adicionalmente, abre la puerta a la condicionalidad, que no estaba cerrada, pero dejaba una muy amplia discrecionalidad, con programas de gasto que favorezcan inversiones para hacer avanzar la economía europea.

Sería muy difícil de entender que, mientras los EE.UU. han finalizado un plan tres veces más importante que el europeo, con el que, entre otras cosas, ayuda a sus empresas a competir en el mercado mundial, la Unión se entretenga en discernir si son galgos o podencos. Uno de los riesgos se centra en las quiebras, que podrían ser aprovechadas por entidades chinas y americanas para comprar a precio de saldo muchos activos europeos.

Puestos a imponer penitencia, objetivamente, habría que admitir que los países del sur, en particular Italia y España por su relevancia económica, no han hecho sus deberes presupuestarios y, en algunas circunstancias, no lo hicieron sin que se pueda legitimar la desviación con gastos pertinentes. Pero en estos momentos, la singularidad y riesgo de la coyuntura del covid-19 debe llevar al pragmatismo. Ello no quiere decir, como acaba de recordar el Banco de España, que la liberación de recursos no quede supeditada a necesidades debidamente acreditadas, poniendo en marcha políticas de reconstrucción de la capacidad de crecimiento. Con estas premisas, los «frugales» pierden su parte de razón.

Luis Caramés Viéitez. De la Real Academia Galega de Ciencias. Grupo Colmeiro

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