«El consumidor va a buscar calidad, estoy convencida»

Su familia quería que estudiase Farmacia, pero ella siguió su instinto e hizo Veterinaria. Acertó, porque esa formación le permitió desarrollar los dos proyectos laborales que marcaron su vida: la creación de una granja-escuela y la gestión empresarial desde el ámbito de la calidad alimentaria. En los dos asume el reto de la remontada tras la crisis del coronavirus, y lo hace cargada de energía


Hija del empresario vigués José García Costas, Lucrecia García (Vigo, 1968) heredó de su padre el tesón y la constancia que le acompañaron en su carrera profesional. Pese a que la familia quería que estudiase Farmacia, ella tenía claro su objetivo: Veterinaria. «Mi padre decía que cómo iba a estudiar Veterinaria una mujer», recuerda ahora con cierta nostalgia. Pero ella se fue a hacer la carrera a Madrid, y nada más acabar, la reclamaron para un trabajo en Vigo relacionado con el sector conservero, un mundo que ya nunca abandonaría y que siempre compaginó con un proyecto personal del que se siente muy orgullosa; la creación de la granja-escuela El Kiriko. Desde hace un año, dejó la dirección del centro en manos de Paula Poy para colocarse al frente de Real Conservera Española, en Cambados.

-¿Por qué real?

-No lo sé, oí varias versiones. Pero lo cierto es que somos suministradores de la casa real, aunque no es de eso de lo que se vive, claro [dice entre risas]. Lo que sí buscaban era un nombre con referencia española porque la empresa, que nació en el 2009, lo hizo con espíritu de internacionalización y se apuesta por la calidad del producto de la ría, por una conserva artesanal y sin aditivos. Somos unos privilegiados, no existe en el mundo una materia prima como la que tenemos en Galicia. Creo que son pocos los que saben que la conserva supone el 3 % del PIB y que somos el número uno del sector en el mercado europeo. Nosotros tenemos 25 empleados fijos y facturamos dos millones de euros. No podemos facturar mucho más porque todo lo hacemos con producto de temporada y métodos artesanales. Y somos casi todas mujeres, la empresa apuesta por nosotras.

-¿Qué cree que puede aportar usted a la trayectoria de la firma?

-Para mí fue un reto. Creo que buscaban una gestión diferenciada con una clara apuesta por la calidad, y eso es lo que yo podía aportar por mi experiencia anterior en el sector. Y ahora, que son tiempos difíciles, no se puede bajar el estándar de calidad; el reto es, precisamente, ser capaz de mantenerse ahí. El consumidor va a buscar esa calidad, estoy convencida. Creo que va a haber un cambio en las pautas de consumo y que se va a apostar por el productor de cercanía, por la calidad y por la sostenibilidad. Y, ¿por qué no? También por el producto nacional, por la economía circular. Estábamos forzando la máquina de la productividad, íbamos demasiado de prisa.

-Tras tres meses parados, ¿retoman la producción?

-Empezamos ya con la parte comercial, porque afortunadamente, nuestros clientes lo demandan. Y esperamos poder hacerlo también con la producción en cuanto se activen las lonjas.

-¿Cómo sobrevivieron?

-Hemos tenido que hacer un ERTE, claro. Sin esa medida no habríamos podido sobrevivir, ni nosotros ni la mayoría de las empresas, ha sido una medida imprescindible. Esto fue tremendo, si me lo dicen a finales de febrero, no me lo creo.

-Usted forma parte de Executivas de Galicia. ¿Cree necesario reivindicar el papel de la mujer en el tejido empresarial gallego?

-Creo que es algo fundamental, el papel de la mujer se tiene que visibilizar todavía más, y sobre todo, en sectores como este, en el que estamos poco representadas.

-Y en Anfaco, que engloba a las empresas de la conserva, ¿qué puede aportar la mujer?

-El sector conservero está poco unido, y yo creo que nosotras aportamos una visión más cercana y transparente de la gestión, y que eso es positivo.

«El confinamiento estuvo ligado a la granja, porque los animales comen todos los días»

No pierde la sonrisa pese a haber dejado atrás tres meses muy difíciles, ya que al ERTE en la conservera se sumó el de su proyecto personal y familiar, la granja-escuela El Kiriko, 16 hectáreas en Fornelos de Montes, con una plantilla especializada y una capacidad de 110 plazas para escolares que disfrutan de estancias de ocio y tiempo libre en contacto directo con la naturaleza, la flora y la fauna.

-¿Fue su vocación y su amor a los animales lo que le llevó a emprender el proyecto?

-El Kiriko nació como una gran ilusión, como un proyecto en el que poder reunir todos los conocimientos de la vida rural, la educación ambiental y las actividades de ocio y tiempo libre para los niños. La verdad es que es apasionante, y podría reunir anécdotas como para escribir un libro, desde los niños que no sabían que las vacas tenían ubres y que de ellas salía la leche a los que creían que los huevos que ponen las gallinas son de plástico y que los de verdad son los que compran sus mamás en el súper.

-¿Valió la pena?

-Para mí es algo muy gratificante, pero lo más gratificante de todo es que mis hijos nacieron y se criaron en ese entorno. Ya solo por eso valió la pena, porque es algo que forma parte de su vidas.

-¿Cómo vivieron el confinamiento?

-El 13 de marzo estaban los alumnos de un colegio pasando allí dos días, y de repente, tuvieron que volverse para casa y nosotros, cerrar. Así se acabó la temporada de un año que iba a ser estupendo, porque teníamos muchísimas reservas. A partir de ahí el confinamiento de mi familia estuvo ligado a la granja, porque los animales comen todos los días y había que ir a atenderlos. A veces iba yo, otras veces mi marido, y cuando podían, iban también mis hijos, porque la parte buena de todo esto es que pudimos estar todos juntos en casa.

-¿Podrán retomarlo ahora en verano con los campamentos?

-Sí, se ha establecido un protocolo de trabajo para las actividades de ocio y tiempo libre, y nosotros tenemos una demanda que se ha incrementado un 200 %, con un aforo limitado. Las familias lo demandan y los niños se lo merecen. ¡Arrancamos en julio!

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