Los mayores de 45, de nuevo ante el precipicio del desempleo crónico

El colectivo aún no se ha recuperado de las consecuencias de la anterior crisis, con el doble de parados que en el 2007, más de la mitad de ellos de larga duración. La pérdida del empleo o las rebajas salariales les afecta especialmente a ellos, al empeorar sus expectativas de pensión


Redacción / La Voz

No hay duda de que esta crisis, como ya ocurrió en la del 2008, golpeará con especial virulencia a los más jóvenes. De hecho, no es necesario hablar en futuro. De los casi 950.000 empleos destruidos en las primeras seis semanas del confinamiento, 440.000 correspondían a menores de 35 años. No en vano, dos de cada tres puestos perdidos eran temporales, los primeros en caer cuando a las empresas les toca sacar la tijera para recortar nóminas y que suelen ser los trabajadores con menos antigüedad.

Pero aunque han sido los primeros en sufrir el golpe y los más expuestos, los jóvenes no son el único colectivo vulnerable ante la crisis que ya tenemos encima. Como recuerda Raquel Llorente, investigadora del mercado laboral en el Instituto de Análisis Económico y Social (IAES) de la Universidad de Alcalá, «el colectivo de mayores de 45 años también se encuentra en situación de vulnerabilidad». Y lo están, argumenta, porque todavía no se han recuperado del impacto de la última crisis, que provocó un fuerte incremento del desempleo, «principalmente entre aquellos hombres que fueron expulsados de la construcción y la industria con cualificaciones medias-bajas y que actualmente forman una parte muy importante del desempleo de larga duración».

Solo hay que acudir a las estadísticas para ver que los mayores de 45 aún no se han recuperado del zarpazo de la anterior crisis. De hecho, el paro registrado en este grupo de edad es aún más del doble del que había antes del crac financiero del 2008. Un año antes de ese estallido, había apenas 787.000 desempleados anotados en las oficinas del Servicio Público de Empleo. En el 2018, tras cinco años de recuperación, la cifra todavía superaba los 1,6 millones (y que el pasado mes de abril ya se había disparado hasta rozar los 1,85 millones).

El gran problema es que el grueso de esos demandantes de empleo son parados de larga duración, por lo que llevan más de año buscando, sin éxito, un puesto de trabajo. Y esa es la debilidad de este colectivo de trabajadores de más edad: aunque son más resistentes en el mercado laboral (entre otros motivos, por el elevado peaje que suponen sus indemnizaciones por despido), una vez que pierden el empleo tienen mucho más difícil la recolocación, por lo que el paro puede enquistarse hasta cronificarse.

«Para este colectivo salir del desempleo es muy difícil y ahora, cuando estábamos empezando a recuperar el mercado de trabajo, han sufrido un segundo impacto, que se acumula a unas condiciones desfavorables», apunta Llorente. De hecho, ya antes del golpe del covid-19 se estaba produciendo una ralentización: la contratación de los mayores de 45 años se redujo un 56 % en el conjunto de España y un 67 % en Galicia, según los datos de la agencia de colocación Randstad.

Poca formación

El gran problema, como pasó en la anterior recesión con el ladrillo, es la dificultad para recolocar a esos parados de larga duración. De hecho, los datos del Servicio Público de Empleo revelan que el casi la mitad de estos desempleados crónicos de más edad son analfabetos o han completado solo estudios primarios, y otro 30 % cuentan con el equivalente a la ESO.

A esto hay que añadir que sectores con gran presencia de este colectivo, como el comercio, el transporte o la hostelería, están entre los más impactados por los efectos económicos de la pandemia, por lo que el Banco de España ha lanzado una alerta: es necesario formar a estos trabajadores en riesgo en nuevas habilidades que les faciliten la recolocación.

Desde las empresas de trabajo temporal exponen, sin embargo, que no son los perfiles básicos, especialmente los vinculados a los oficios, los que tienen más dificultades para la reinserción en el mercado laboral, ya que en esos casos la edad no suele ser un handicap para la contratación. Al contrario, son los trabajadores en puestos administrativos, que llevan décadas en la misma empresa y con salarios por encima de la media, los que tienen más difícil encontrar un nuevo empleo, especialmente si no se abren a explorar nuevos sectores.

El impacto en la jubilación

Si el primer problema, al menos el más inmediato, es la recolocación, el segundo, y no menos grave, es el impacto a futuro del desempleo. Porque si en el caso de los jóvenes todavía tienen toda una vida laboral por delante, cuando la crisis golpea a los mayores de 45 años, se produce un impacto en sus expectativas de jubilación, tanto por las lagunas de cotización si caen en paro como por la merma en sus aportaciones a la Seguridad Social si las empresas, como en la anterior recesión, optan por una política de recortes salariales generalizados.

De hecho, tal y como explica José Antonio Herce, economista experto en pensiones, los importes de las prestaciones de retiro de las nuevas altas se han frenado en los últimos años. Aunque considera que todavía habrá que esperar otros cinco años para ver el impacto real de la crisis anterior en los nuevos jubilados. Y, antes de digerir ese primer golpe, vendrá este segundo, cuya profundidad aún no se conoce.

Pero además del impacto individual en las expectativas de cada trabajador de cara al retiro, la crisis del covid-19 vuelve a poner sobre la mesa el debate de la reforma del sistema de pensiones. Si en los últimos años la dialéctica en España pasaba por cuánto se subían las prestaciones, Bruselas ha advertido de la necesidad de dar sostenibilidad al sistema y, sobre todo, garantizar la solidaridad intergeneracional, evitando cargar a los jóvenes con una losa de deuda con la que se financian las pensiones actuales. De hecho, Herce da casi por seguro que el año que viene no habrá revalorización de las nóminas de jubilados o viudedad con el IPC. Entre otras cosas, porque todo apunta a que la inflación puede acabar el año en cifras negativas.

Pero la clave estará en los acuerdos que tomen los partidos en el seno de la comisión del Pacto de Toledo. Una negociación que ahora, con la presión de las autoridades comunitarias y la exigencia de reformas en contrapartida al plan de rescate anunciado por Bruselas, será mucho más complicada, por el coste político que puedan tener las medidas y un déficit, el de la Seguridad Social, que sigue engordando al cargarse al sistema el coste de nuevas políticas como el ingreso mínimo vital.

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