Un gesto que vale millones


Redacción - La Voz

Mucho ha sonado en los últimos días -más de lo habitual, que ya es mucho- el nombre de Jack Dorsey, cofundador y consejero delegado de Twitter y de Square. Y por dos motivos bien distintos. El más frívolo, que la revista Glam’mag lo acaba de elegir el hombre más sexy del mundo. El segundo, mucho más serio e importante, que ha decidido donar mil millones de dólares a la lucha contra el coronavirus. Más de un cuarto de su fortuna.

Algún desalmado -las desgracias siempre sacan a relucir lo mejor del ser humano, pero también, y desafortunadamente, lo peor. La envidia, además, es universal- ya ha venido a decir que para lo que le importa el dinero a Dorsey... tampoco es que la cosa tenga mucho mérito.

Lo dicen porque al millonario, uno de los más influyentes de Silicon Valley, le va lo de la vida austera. Excéntrica, que dirán otros. Y es que, para empezar, el fundador de la red social del pajarito solo come una vez al día. A partir de las seis de la tarde. Y nunca después de las nueve y media de la noche. Nada del otro mundo. Todo muy frugal. Vegetales (solo hojas verdes, no se vayan a creer), algo de proteína y, si acaso, algún postre: frutos rojos o chocolate negro. El único capricho: una copa de vino para regar la cena. Tinto. Ahí se acaba la alegría.

Y eso solo cinco días a la semana. Los otros dos, metidos ya en el fin de semana, nada. Ayuna. La pesadilla de cualquier abuela gallega. El viernes y el sábado solo toma agua. El domingo, vuelve a comer. Forofo, pues, de eso tan de moda ahora que algunos llaman el ayuno intermitente, que hace estragos entre las grandes estrellas de Hollywood, y entre algún que otro estrellado también, y que ojiplática dejaría, si se lo cuentan, a la abuela gallega de unas líneas más arriba. Oír para no creer.

Nació en San Luis (Missouri), hace de ello algo más de 44 años. Cumple los 45 en noviembre. Y como muchos otros genios de esta era tecnológica, no terminó sus estudios universitarios. Cuentan que su leyenda comenzó a forjarse el día que su padre, ingeniero, llegó a casa con un macintosh nuevecito. Recién salido al mercado. Tenía 8 años. Aquello le sirvió al pequeño Dorsey para dar rienda suelta a su incipiente amor por la tecnología. Empezando por la animación. No es lo único que le apasiona. También los trenes. Y los planos de ciudades.

Austero sí, pero no en el trabajo, al que dedica hasta 16 horas diarias. Tampoco escatima en meditación, tarea a la que intenta destinar dos horas al día. Otra moda muy de millonarios que le ha costado a Dorsey algún que otro disgusto. Como cuando le llovieron las críticas por colgar en su Twitter imágenes de su retiro en Myanmar para practicar vipassana. A saber: una milenaria técnica budista que el otrora desarrollador de software describió en su cuenta como «dolorosa en extremo y que exige un gran esfuerzo físico y mental». «Mi habitación es básica -explicó a sus seguidores-. Sin aparatos electrónicos, ni lectura, ni escritura, ni música, ni nada tóxico, ni carne, ni conversación, ni siquiera contacto visual con otras personas. Es gratis». Tan concentrado estaba en lo suyo que no reparó en la limpieza étnica contras los rohinyás. Y, claro, le dieron por todos lados.

Pero, bienvenida sea toda esa meditación y ese privarse de lo mundano si, como parece, lo ha llevado a la conclusión de que, en medio de este horror, toca arrimar el hombro y ayudar en lo que se pueda. Nada que reprocharle, señor Dorsey.

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