Terra incognita


A vanzamos a tientas. Y a la vez, gobiernos, expertos y agentes sociales algo van aprendiendo al intentar responder a la crisis sanitaria y la debacle económica. La profundidad y extensión de esta última aún nos es desconocida, aunque sepamos que la duración de la pandemia será clave. No es raro que haya predicciones diferentes y que cambien semana a semana. La recesión mundial es segura, pero ¿hasta dónde llegará? ¿Dejará un daño que persistirá en el tiempo? En realidad, poca más certeza tenemos que la de enfrentarnos a uno de esos escenarios en los que todo puede ocurrir, sin descartar que todo sea más leve de lo que ahora parece. Es decir, de incertidumbre radical.

Porque esta es una ruptura de la economía distinta de todo lo conocido. Aunque las pandemias periódicas nos acompañen desde siempre (a quien lea Los novios, la novela de Alessandro Manzoni, le dejarán atónito algunas semejanzas entre la peste en el Milán de 1630 y el drama actual), absolutamente nueva es la irrupción de una infección devastadora en una economía globalizada, con mercados de capital conectados electrónicamente y cadenas de suministro por todo el mundo. Y ello en medio de procesos de transformación tecnológica a escala desconocida. Por eso este shock, de oferta y demanda, es decididamente diferente.

Pero admitir que carecemos de certezas no equivale a abandonar todo intento de indagar en las tendencias que de cara a devolver a la economía sus constantes vitales podrían estar fraguándose. En relación con la política económica un aspecto importante destaca aquí. Lo que viene es probablemente un conjunto de actuaciones y programas muy experimentales, con escaso anclaje en inercias pasadas. Veremos la introducción de medidas inéditas de protección de rentas, como los esquemas de renta mínima. Llegará también un uso de las políticas monetarias hasta extremos inverosímiles, como la monetización casi sin límite de los déficit públicos, algo considerado por los bancos centrales como anatema hasta hace poco. Pero como se sabe que estas políticas ya no bastarán, cabe pensar que ahora sí llega la hora de las políticas fiscales, con la disposición de grandes programas de inversión pública. En el caso de la UE, pese a todas sus vacilaciones y retrasos, poco a poco se está alejando de algunos de sus dogmas: particularmente rompedora y acertada es la idea de duplicar el presupuesto propio con el fin de crear un Fondo de Recuperación, capaz de movilizar enormes inversiones, abriendo el camino para que se financie en los mercados. Por cierto, aparece aquí una oportunidad para lanzar de verdad el imprescindible nuevo Green Deal, hasta ahora ambicioso en proclamas y vacío de dotación. Y junto a esos cambios, que darán un protagonismo económico a los Estados no visto en mucho tiempo, parece evidente que no tardaremos en ver un cierto repliegue de la internacionalización productiva y comercial que, no se olvide, estaba ya en marcha antes de la pandemia: la experiencia de las dificultades de aprovisionamiento de materiales básicos está resultando demasiado traumática para que no tenga consecuencias sobre el futuro. Tiempo y nuevas columnas habrá para examinar la importancia que esto puede tener de cara a lo que más importa: sus problemáticas consecuencias en el largo plazo. Pero que un entorno hostil para el comercio internacional se aproxima rápidamente es una de las pocas cosas seguras en este raro paisaje de terra incognita.

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