Una recesión adelantada

La crisis del coronavirus va a poner a prueba la fortaleza de la economía española. Pocos dudan ya de que los resultados de los dos próximos trimestres serán negativos a la vista de que la paralización de la actividad es casi total. La duda principal es a cuánto se elevará la sangría. El país, tanto sus empresas como las familias, necesita un paquete de medidas ambicioso para no salir demasiado malparado de un tsunami más parecido al que desató la caída de las Torres Gemelas en el 2001 que al del año 2008


Catedrático de Estructura Económica de la UdC

La situación actual nos lleva directamente a una recesión en el primer trimestre de este año y, muy probablemente, en el segundo también. Para hacernos una idea, cuando el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el Banco de España calculan el PIB de un trimestre para la Contabilidad Nacional Trimestral tienen en cuenta el número de festivos, fines de semana, si coincide la Semana Santa, o si ese trimestre incluye el mes de agosto. Eliminan los denominados efectos estacionales y de calendario. No hay dos trimestres iguales. En lo que se refiere a los fines de semana, se tiene en cuenta que la mayoría de las fábricas están cerradas pero que una parte importante del sector servicios está produciendo a máximos: ocio, restauración, hostelería, desplazamientos...

El escenario actual no tiene precedentes. No estamos en un largo puente o en un fin de semana interminable. Lo que nos está pasando desborda los efectos estacionales y de calendario. Una parte importante de los españoles está, simplemente, en casa. En el plano económico, desactivados. Sin producir y sin consumir. En el primer trimestre del año pasado, el PIB español ascendió a 306.678 millones de euros y a 310.381 millones en el segundo. La Semana Santa, tanto el año pasado como en este, coinciden en el segundo trimestre, concretamente en abril. En el ejercicio en curso no vamos a alcanzar aquellas cifras. De ninguna manera. En este sentido, sería pertinente preguntarse a cuánto ascenderá la producción en este trimestre y en el que viene (hasta julio, hasta el verano, supongamos). Aquí es donde está la pregunta fundamental: ¿dos tercios? ¿Tres cuartos? No tenemos respuesta a esta pregunta. Lo que sí podemos suponer es que la caída en la producción va a ser espectacular. Seguramente más en el segundo trimestre que en el actual.

Si esto va a ser así, afectará frontalmente a la viabilidad misma de muchas empresas y de numerosos puestos de trabajo. Lo que nos confirmó la crisis del 2008 es que los problemas empiezan siendo de liquidez y, en el peor de los casos, acaban derivando en problemas de solvencia. Las dificultades de liquidez impiden a las empresas -y a los hogares- hacer frente a sus deudas en tiempo y forma, generando cadenas de impagos que se desarrollan por el sistema económico a la velocidad con la que caen las fichas de un dominó. Más tarde, los problemas de solvencia aparecen en aquellos casos cuando las deudas son ya inasumibles, la empresa quiebra y desaparece.

Respetar las deudas

Para evitar males muy mayores, es imprescindible que tanto los hogares como las empresas sigan honrando sus deudas. El endeudamiento de las empresas y de las familias alcanzó un máximo en el año 2008 para irse suavizando desde esa fecha a la actualidad. La deuda de las empresas se acerca, hoy en día, a los 900.000 millones de euros, después de haberse reducido un 25 % desde sus máximos. Lo fundamental de esta deuda está contraída con el sistema financiero y bancario residente en España (un poco más de la mitad) y un tercio adicional contraída con prestamistas extranjeros. El resto se diluye entre titulaciones, préstamos fuera de balance...

La deuda de los hogares también se ha reducido un 25 % desde los máximos del 2008. Se cifra ahora en 700.000 millones de euros, de los cuales tres cuartas partes son préstamos para la adquisición de vivienda propia y respaldados por hipotecas. Del restante, hay una deuda de 185.000 millones de euros que los hogares tienen contraída con la banca residente como consecuencia de préstamos personales al consumo, aplazamientos y descubiertos en tarjetas de crédito, etcétera.

El tercer elemento de la deuda es el menos preocupante, aunque, paradójicamente, es el más voluminoso. La deuda pública ascendía en diciembre del año pasado a 1,189 billones de euros, casi el cien por ciento del PIB español. Al contrario que en el caso de las familias y empresas, esta deuda se ha disparado de forma muy notable desde el 2008 a la actualidad.

Control del riesgo

En lo que respecta a la deuda pública, la tranquilidad se explica por el respaldo y la asistencia del BCE a las arcas públicas de los países de la eurozona. Lagarde ya se ha comprometido a no permitir oscilaciones alcistas en las primas de riesgo de los países del euro y la Comisión Europea ya flexibilizó los criterios de contabilización del déficit público al permitir excluir los gastos correspondientes a la gestión de la epidemia. Por otro lado, la actuación simultánea y coordinada de los bancos centrales bajando los tipos de interés garantiza toda la liquidez necesaria y una disponibilidad de dólares abundante, de tal manera que el comercio internacional se resienta lo menos posible.

Atender los pagos y las obligaciones correspondientes a esta deuda es absolutamente fundamental. A las empresas hay que facilitarles liquidez para hacer frente a sus compromisos y relajar la legislación laboral y tributaria para que puedan retener el mayor nivel de empleo posible. Aunque se haga de forma transitoria y con fecha de caducidad. Con las familias lo mismo. Aplazar el pago de las hipotecas cuando esto sea necesario (como ya hizo Italia), y relajar también las cuotas de los préstamos personales. Como se hizo en la crisis del 2008: facilitar liquidez para impedir la insolvencia. Aunque la deuda pública se resienta. Sin entrar en matices que son relevantes, Italia lleva años con una deuda pública ubicada en el 130 % de su PIB, mientras nosotros estamos en un cien por ciento.

Fin del ciclo alcista

Esta crisis en la que ya estamos instalados es más parecida a la crisis bursátil que siguió al atentado contra las Torres Gemelas en el 2001 que a la crisis del 2008 y, si se me apura, que a la crisis bursátil de 1987 o, más tarde, a la crisis de 1992. Esta es una crisis provocada por un suceso inesperado -y muy desafortunado- que ha trastocado todos los planes de todos los agentes económicos. Sabíamos que el fin de este ciclo alcista estaba cerca, pero no lo situábamos antes de las elecciones americanas en el próximo noviembre. Se nos ha venido encima como un tsunami. Arrasando.

Todos los agentes han visto todos sus planes alterados. Las familias no se esperaban tener que pasar en casa sus vacaciones de Semana Santa, miles de trabajadores no contaban con la carta de despido porque muchas empresas ni se imaginaban que iban a tener que detener la producción e, incluso, el Gobierno de España va a tener que reformar el presupuesto para encajar el incremento del gasto sanitario, aunque sea a expensas de demorar la expansión de sus políticas sociales.

Como en cualquier crisis, la guinda la pone la bolsa. Caídas de un 30 % o más en un período muy corto de tiempo afectan al respaldo financiero de familias y empresas y merman la solvencia de los agentes afectados. Una reflexión final. Los que antes pensábamos que los índices de bolsa iban a dibujar una V, tocando el suelo y con una recuperación muy rápida, nos estamos pensando una curva en U, con un suelo que puede demorarse un tiempo… Mis deseos de que estas horas nos sean breves.

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