Pensiones, ¿por qué y cómo reformar?

Luis Caramés Viéitez MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA GALEGA DE CIENCIAS. GRUPO COLMEIRO

MERCADOS

SANDRA ALONSO

En el grueso de los países occidentales hay actualmente 30 personas de 65 años o más por cada 100 habitantes. En el 2040, la proporción será simétrica: 50-50. La crisis demográfica ha situado el debate sobre el futuro del sistema de prestaciones en el centro de la agenda pública. Y las alternativas dibujan escenarios bien diferentes: desde retrasar la edad de jubilación a apostar por un modelo de capitalización individual o por planes de empresa. La pasividad reformista, eso está claro, ya no es una opción.

15 mar 2020 . Actualizado a las 05:05 h.

El ministro Escrivá, que ya en su anterior cargo se había preocupado por la sostenibilidad del sistema de pensiones, ha vuelto ahora sobre el asunto desde sus nuevas responsabilidades. Y habla de tres palancas, que consisten en endurecer las jubilaciones anticipadas voluntarias, incentivar el retraso del retiro y fomentar los planes de empresa a través de una fiscalidad más atractiva. E hizo esta propuesta en el Pacto de Toledo, allí en donde no hace tantos meses Podemos se retiró cuando se estaba a punto de dar un paso más en la buena dirección, con un consenso general. Inexplicable entonces, se supone que ahora, desde la atalaya del Gobierno compartido, las frivolidades con la reforma habrán quedado definitivamente atrás. Otra afirmación relevante ha sido la de vincular la revalorización al IPC, si bien fuentes de la Seguridad Social admiten que esa garantía, según las circunstancias, podría materializarse en un período superior al año.

No hay pocos ideólogos ultraliberales que verían con buenos ojos una vuelta a un mundo que se pareciese al anterior a Bismark, quien en 1833 creó el primer sistema obligatorio de pensiones de reparto, bien distinto del de capitalización. Sería conveniente no olvidar que en aquellas sociedades, quien llegaba a viejo o era incapaz para el trabajo, quedaba al cuidado de la familia o de la caridad. Ahora, dando el sistema boqueadas financieramente preocupantes, hay que coger el toro por los cuernos, reformando en una dirección que venga señalizada por la viabilidad y la solidaridad. El entusiasmo continuista no es más que un cheque sin fondos, girado a la sociedad desde la irresponsabilidad demagógica.

La primera cosa que hay que entender, y no siempre se hace, es que nuestras pensiones dependen fundamentalmente de las generaciones que trabajan contemporáneamente al momento en que nos retiramos. Las cotizaciones de los trabajadores activos se destinan a financiar las pensiones existentes en ese momento. Por eso hablamos de solidaridad intergeneracional, inexistente en la capitalización. Y en esas estamos, bajo la espada de Damocles de la demografía, cuya evolución nos sitúa mecánicamente en un marco de fundada preocupación. Y ahí han ido apareciendo propuestas que, reparando en el aumento de la esperanza de vida, hablan de alargar la vida laboral, ante las escandalizadas miradas -unas sinceras y otras no tanto- de quienes todo lo fían a una hipotética reforma fiscal, cuya viabilidad, dada la mundialización imperante, es de una complejidad extraordinaria. Todo ello en un país en donde la modernización tecnológica camina mucho más lentamente de lo que la retórica predica, con mayoritarios perfiles de salarios bajos en el mercado de trabajo.