Volando entre turbulencias

Guillaume Faury, el primer ejecutivo de Airbus, afronta un momento delicado por la decisión de destruir más de 2.000 empleos en toda Europa


Redacción / La Voz

No hace ni un año que sentó a los mandos de Airbus con la intención de pilotar el nuevo despegue de la compañía. Y ya se ha ganado la antipatía de muchos. Hablamos de Guillaume Faury (Cherburgo, Francia, 1968), consejero delegado de la compañía aeronáutica. Primero levantó las iras de los agricultores, que están pagando a base de aranceles las represalias de Trump por las subvenciones concedidas por Europa al gigante de los aviones. Y ahora el enfado lo tiene en su propia casa. La compañía acaba de anunciar que prescindirá de 2.362 empleos en su división de Defensa y Espacio. Aquí serán 630 los trabajadores afectados. El motivo de tamaño ajuste: la mala -por no decir, pésima- aceptación que ha tenido su avión militar A400M. Aunque todavía no se conocen lo detalles de cómo quiere hacerlo -muchas de estas bajas podrían tramitarse como jubilaciones anticipadas o bajas incentivadas- los sindicatos ya han desenterrado el hacha de guerra.

No le espera a Faury un viaje lo que se dice agradable. Más bien trufado de turbulencias.

Pero, no es probable que eso lo amilane. Ordenado y metódico, como lo definen sus más estrechos colaboradores, cursó ingeniería en la prestigiosa Escuela Politécnica de París, la universidad de las estrellas, como la conocen en Francia. Por sus aulas han pasado varios premios nobel. Con eso se dice todo. Más tarde cursaría un máster en Dirección de Empresas en la Aix-Marselle Graduate School of Management. Después de aquello, comenzó a trabajar en Eurocopter, lo que hoy es la división de helicópteros de Airbus.

Apasionado del mundo de los aviones desde bien pequeño, en el 2009 cambió las alas por las ruedas y probó suerte en PSA. No le fue mal. Tanto es así que llegó a ser miembro del consejo de administración del gigante galo de la automoción.

Cuatro años después, aterrizó de nuevo en Airbus. Y ahí sigue. En lo más alto. Casado y con tres hijos, Faury es piloto de aeronaves, con más de 1.300 horas de vuelo a sus espaldas. Sabe, pues, el bretón en lo que anda. Y le va a hacer falta porque Airbus encajó el año pasado sus primeras pérdidas desde el 2009. Se dejó nada menos que 1.362 millones de euros, después de los 3.054 millones de beneficio que obtuvo en el 2018. Y encajó en sus cuentas una enésima provisión por el A400M. Esta vez de 1.212 millones de euros. La losa por el avión que se ensambla en Sevilla se eleva ya a 10.000 millones y el coste del programa a 30.000.

No es esa la única piedra que pesa al cuello del gigante aeronáutico. La otra tiene que ver con los escándalos y las sanciones que ha tenido que afrontar para evitar procesos judiciales por casos de corrupción en el Reino Unido, Francia y Estados Unidos. Suman casi 3.600 millones de euros. Cifras de vértigo. Mal asunto cuando lo de uno son las alturas. Queda el consuelo, eso sí, de lo mal que le van las cosas a su principal competidor, Boeing, atascado en la peor crisis de su historia por los problemas de su modelo estrella, el 737 MAX.

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