Embalses convertidos en megabaterías

En un mundo cada vez más renovable son precisas centrales que den seguridad. Como las hidráulicas de bombeo: el agua se almacena para cuando haga falta o resulte más rentable


Redacción / La Voz

En un mundo que avanza a marchas forzadas hacia un futuro renovable -Europa, al menos, camina firme hacia la descarbonización-, el almacenamiento de energía se presenta como todo un reto casi imprescindible para afrontar el incremento progresivo de la dependencia de las renovables y, por tanto, de los caprichosos recursos eólicos, hídricos y solares. Si hay viento, hay eólica, pero ¿y si no? Es preciso un seguro. Y los que hay en la actualidad tienen los años contados. Con las centrales de carbón a un paso del cierre, y las nucleares enfilando también su recta final a medio plazo, las plantas de ciclo combinado (que funcionan con un combustible fósil como el gas natural) están llamadas a convertirse en la tecnología de apoyo de todo el parque de generación verde, pero también de forma provisional.

Pero hay compañías, como Iberdrola, que aspiran a teñir completamente de verde su negocio de producción eléctrica y que están apostando por reforzar la tecnología hidráulica de bombeo. Las obras faraónicas que son precisas para construir hidroeléctricas parecen ser cosa ya del pasado en España. Pero la compañía presidida por Ignacio Sánchez Galán ha encontrado su propio paraíso al otro lado de la frontera portuguesa, en el Ato Támega. Allí, a pocos kilómetros de Galicia, está levantando tres centrales hidráulicas, una de ellas, la de Gouvaes, será reversible, o sea, de bombeo. Es el proyecto estrella de Iberdrola en la península -y casi de toda Europa- en el que está invirtiendo 1.500 millones de euros.

La empresa se refiere a este proyecto como la gigabatería del Támega. ¿Por qué? Porque el bombeo precisa de dos presas y permite impulsar hacia una cota superior agua del río, cuando la hay en abundancia, hacia un depósito para almacenarla a la espera de las vacas flacas hídricas. No se puede guardar la electricidad, pero sí el recurso para volver a soltarlo en dirección a las turbinas cuando sea preciso o mejor convenga.

La capacidad de almacenamiento de la central de Gouvaes será tanta como la de 400.000 baterías de coches eléctricos o como los acumuladores de todos los teléfonos móviles de China. La megainfraestructura estará preparada para dar servicio a dos millones de hogares portugueses (casi Galicia entera) durante 24 horas.

La hidroeléctrica de bombeo portuguesa (de 800 megavatios, que junto a las otras dos sumarán 1.158) no será la mayor de Iberdrola en la península. Lo es la de La Muela, en Valencia, la mayor de su tipo en el Viejo Continente, de 1.317 megavatios de capacidad de generación, preparada para atender la demanda de 200.000 hogares.

En Galicia, tres de bombeo

En Galicia también las hay y todas son de Iberdrola: se trata de las centrales de Conso, Soutelo y Puente Bibey, en el Sil, con una potencia total de bombeo de 350 megavatios, bastante más modesta que sus hermanas de Valencia y Portugal.

En total, la empresa tiene una potencia instalada en bombeo en España de 3.008 megavatios. Es la que más. Endesa tiene cinco de 1.300 megavatios. Naturgy, la de Bolarque (localizada entre Cuenca y Guadalajara), de 215.

A diferencia de las hidráulicas convencionales, las reversibles, o de bombeo, convierten el agua del río en todo un tesoro. La regulación en España permite a las compañías gestionar los recursos como mejor les convenga. A saber. El mercado mayorista de electricidad -que es único para España y Portugal- comercia cada día con la previsión de energía que va a precisar cada país en la jornada siguiente. Así, las centrales productoras (todas) que quieran vender su electricidad lanzan una oferta a un precio. En teoría no saben cuánto ofrecen sus competidoras. La cesta se va llenando primero con los lotes de energía más baratos. Si no bastan para completar el consumo previsto, se siguen adquiriendo los megavatios hora suficientes aunque sean ya más caros. El precio de los últimos en entrar en la cesta es el que cobrarán todas las demás. Este sistema denominado marginalista es el que predomina en el resto de países europeos y las transacciones y la casación de precios se ejecutan aplicando el mismo algoritmo, de nombre Euphemia.

Esta regla de cálculo matemático es difícil (sino imposible) de engañar. Pero la magia sí se puede producir en las ofertas. ¿Cómo? A ver, las plantas renovables de recursos no gestionables -las eólicas o las solares-, esto es, que generan cuando llueve o hace sol, no tienen otra que poner un precio bajo cuando están a tope de producción para garantizarse así un hueco prioritario en el mercado mayorista. Las hidráulicas están en esa misma situación a veces, cuando ha llovido tanto que los embalses están a punto de rebosar. Entonces hay que sacar adelante la producción y venderla casi al precio que sea.

Las hidráulicas de bombeo tienen la sartén por el mango. Más bien sus propietarias, pues pueden calcular cuándo serán más o menos imprescindibles (si hay otras centrales en parada programada, por ejemplo) y ofertar a un precio más elevado casi al final de las operaciones de compra, aunque no tanto como para quedar fuera de juego ese día. La regulación permite que sea así.

Pero las eléctricas no actúan siempre a su conveniencia, sino por puro mercado. Como lo que está ocurriendo desde hace un año con las centrales de carbón, que no producen, no porque quieran las compañías, al revés, porque les resulta tan caro -por el incremento de los derechos de emisión de CO2 que deben adquirir en un mercado europeo para poder funcionar y contaminar- que quedan expulsadas.

Pero las plantas de bombeo también pueden convertirse en el seguro de vida del sistema eléctrico, pues «la energía sobrante en períodos de bajo consumo se utiliza para bombear agua de un embalse inferior a otro superior, obteniendo una energía de gran calidad que puede ayudar a cubrir las necesidades del mercado durante las horas de mayor demanda», recuerda Iberdrola, «contradiciendo el concepto de que la energía renovable no se puede almacenar», precisa.

Además de controlar el agua, Iberdrola lo intentará con el sol, con dos proyectos fotovoltaicos en Ciudad Real y Extremadura con un sistema de almacenamiento.

Gallegos en el alto Támega

Las obras en el Alto Támega arrancaron en el 2014 y finalizarán completamente en el 2022. En la actualidad, trabajan en la zona 1.800 operarios pertenecientes a 120 empresas, según datos de Iberdrola. La mayoría son compañías portuguesas, pero hay también varias españolas y gallegas. Como Milsa, con sede en A Coruña, que conforma una unión temporal de empresas junto a la asturiana Imasa (que cuenta con una delegación en A Coruña desde hace 40 años) y la lusa SMM. Las tres se encargan del montaje electromecánico de las centrales de Daivoes y Alto Támega. Restituto González, de Milsa, es el director de proyecto. Explica que, aparte de trabajar en las obras que está acometiendo Iberdrola en Portugal, Milsa es una subcontrata habitual de la eléctrica. Así, se encarga del mantenimiento de sus hidráulicas en España, como las gallegas del Sil. Además, Milsa también efectúa tareas de conservación en la antigua fábrica de Alcoa en A Coruña (ahora, Alu Ibérica), y la térmica de Meirama, entre otras.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos
Comentarios

Embalses convertidos en megabaterías