La dictadura del corto plazo


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Si hay algo que define el zeitgeist (espíritu del tiempo) en esta modernidad tardía es la creciente aceleración. Aunque no todo avanza al mismo ritmo, son muchos los aspectos de la vida individual o colectiva que vienen presididos por la rapidez, a una escala y con una intensidad antes nunca vista. Correr y correr, aunque con frecuencia no sepamos muy bien hacia dónde, parece ser ahora nuestro destino. Es obvio que la gran transformación de los flujos de información tiene mucho que ver con ello.

 Para entender este fenómeno en toda su complejidad conviene leer a pensadores como Paul Virilio y Hartmut Rosa, que desde hace años aplican una mirada filosófica o sociológica para desentrañar sus raíces culturales, tecnológicas y sociales. Pero si hay un ámbito en el que esas dinámicas de cambio se proyectan con particular fuerza, ese es el de la economía. En la realidad contemporánea de las empresas y los mercados se impone cada vez más la visión de alcanzar objetivos del modo más rápido posible, olvidando otro tipo de consideraciones. Es decir, en la realidad del capitalismo contemporáneo rige una inmisericorde dictadura del corto plazo.

Son muchos los aspectos en los que se manifiesta la aceleración económica. Dejando ahora al margen el más claro de todos -el frenesí de los mercados financieros-, cabe mencionar dos asuntos fundamentales. Por un lado, los cambios en los modelos organizativos que, como ocurre con el famoso sistema Toyota, tienen como referencia fundamental la reducción de los tiempos de fabricación y distribución de los productos, reaccionando del modo más ágil y raudo a cualquier cambio registrado en la demanda. Los grandes ejemplos de proyectos empresariales de éxito (de Inditex a Benetton) se ajustan muy bien a ese modelo.

Pero hay un segundo aspecto acaso más importante y problemático: a lo largo de los últimos cuarenta años ha habido un cambio radical de los modelos gerenciales, en los que el principio de maximizar el valor del accionista se ha erigido en criterio único de orientación estratégica de las empresas. Dado que, por lo demás, las remuneraciones de los gestores van ligadas a cumplir ese objetivo, buena parte de la actividad corporativa está enfocada hacia operaciones de pura ingeniería financiera (fusiones, adquisiciones, recompras de acciones…) dirigidas a la mejora de la cuenta de resultados en el corto o cortísimo plazo, que con frecuencia tienen poco que ver con una genuina creación de riqueza. Se trata de toda una cultura empresarial de lo inmediato que tiene muy poco que ver con la perspectiva de los viejos capitanes de la industria, que pensaban en el futuro de sus negocios con el catalejo bien dispuesto, pensando con frecuencia -al menos en los mejores casos- en términos de paso de generaciones.

Sobre esta característica fundamental del capitalismo contemporáneo (que los expertos suelen llamar shareholder capitalism, es decir, primacía completa del propietario de acciones) hay ahora mismo un profundo debate, que no solo está generando una notable literatura académica, sino que en él participan, produciendo notable sorpresa, algunas grandes corporaciones. La controversia ha llegado al mismísimo Foro de Davos, considerado desde siempre como un nido de máxima ortodoxia en este tipo de cuestiones. Pues bien, este año la idea dominante en aquella montaña suiza ha sido la de que es necesario avanzar hacia un stakeholder capitalism, que buscaría también una mejora en el bienestar de los trabajadores, los consumidores, todo el entorno de la propia empresa. Un mirar hacia lo lejos.

 ¿Pura retórica? Podría ser. Motivos hay para el escepticismo. Pero algo nos está diciendo sobre los vicios y peligros que trae consigo esta economía ultrarrápida.

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