El último aliento de la vieja industria

Las estimaciones más optimistas auguran una pérdida de 500.000 empleos vinculados al carbón hasta el 2030. Los fabricantes de automóviles afrontan un futuro cien por cien eléctrico

Europa Press

Redacción / La Voz

Enormes lenguas de fuego devoran la barricada de neumáticos que los trabajadores del aluminio han desplegado sobre el asfalto. La carretera que accede a la planta está cerrada. Una gigantesca nube negra de humo impide el paso. Frente a las llamas, uno de los obreros levanta el puño: «Alcoa non se pecha». La escena bien podría marcar los primeros compases de alguna película de Ken Loach, esas en las que se narran las penurias que atraviesa la clase obrera, maltratada por las privatizaciones y los cierres de fábricas. Pero, a diferencia de la crisis de los 70, la que atraviesa hoy la industria es de carácter sistémico. Afecta a todos los niveles, a las plantas primarias y auxiliares. A las que producen energía y a las que se alimentan de ellas para engrasar la cadena de producción.

No se trata de una reconversión cíclica. Asistimos a los últimos años de vida de la vieja industria. Una muerte lenta que se ha fraguado desde la década del 2000, cuando España se sumó al grupo de países que más redujeron el peso relativo de su industria a consecuencia de la competencia exterior, la deslocalización y su mayor terciarización. La puntilla llegó con la crisis, que arrasó silenciosamente con 700.000 puestos de trabajo solo en España, según un estudio elaborado por María José Moral y Consuelo Pazó publicado por Funcas. La sangría solo se vio superada por la construcción.

Otra industria, más eficiente y sostenible, está por llegar. No sin riesgos. Las estimaciones más optimistas del Parlamento Europeo indican que alrededor de 500.000 empleos vinculados al carbón podrían desaparecer en la UE en los próximos años. Incluidos los trabajos relacionados con la generación de energía, el suministro de equipamiento o los servicios de investigación y desarrollo: «Se estima que para el 2030 alrededor de 160.000 empleos directos en el sector del carbón se podrían perder. Corresponde a casi dos tercios del empleo actual directo. Los mayores impactos regionales se notarán en Alemania, España, Grecia, Polonia, Rumanía y Bulgaria», alerta la institución. Eso significa que miles de gallegos podrían quedar en la estacada, a pesar de las promesas del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de que cualquier acción orientada a la descarbonización «tendrá como prioridad la transición justa en el nuevo modelo energético» porque «no puede quedar nadie atrás ni haber perdedores». Unas palabras que suenan huecas en los oídos de los trabajadores de Endesa As Pontes, Alcoa, Ferroatlántica, Naturgy Meirama, Vulcano, Barreras o Reganosa, quienes ven demasiado cerca el final después de los años desperdiciados por las empresas, que ignoraron las llamadas a la reconversión.

El escenario apocalíptico de fábricas desérticas no se ciñe al de una distopía gallega. Es una hipótesis que se podría materializar en el conjunto de la UE si no funcionan los planes de transformación industrial orientados a la digitalización integral del sector y a conseguir una mayor eficiencia en todos los procesos productivos. «Europa está en riesgo de desindustrialización», advierte la Eurocámara.

El futuro: alta tecnología

Por lo pronto, llegamos tarde. Quienes sí lo vieron venir fueron los estadounidenses. En el 2011, antes de que Donald Trump se adueñara del «Make America great again», el Gobierno lanzó el «Made in America again», para traer de vuelta la producción que había caído en manos de la competencia china. Unos esfuerzos que se concentraron exclusivamente en el sector de la electrónica. Algunos países europeos, como Alemania, han aguantado el tirón gracias a la inversión en equipamiento e innovación. «Su estructura productiva y, en menor medida, la de Francia, se han desplazado hacia los sectores de tecnología alta, donde se han alcanzado importantes mejoras de la productividad. En España e Italia, en cambio, son las industrias de tecnología media las que incrementan su participación relativa y las mejoras de eficiencia son limitadas», explican José Antonio Cuenca y Esther Gordo en el informe La industria española: un impulso necesario. La pérdida de peso del sector secundario en nuestro país es mayor: «Los sectores de menor contenido tecnológico, como la industria textil, han perdido importancia en la estructura del valor añadido europeo», aseguran.

De ahí que el peso de la industria en el país germano supere el 25 % del PIB. España no solo está lejos del 20 % que se propuso la UE para este año, sino que la tendencia a la baja da muestras de obsolescencia y enfermedad crónica. Hoy el porcentaje de la industria sobre el PIB nacional cae al 14,4 %, frente al 18,7 % de principios de siglo. Buena parte de la responsabilidad la tiene el sector manufacturero, que en los últimos ocho años se ha desplomado del 16,2 al 12,6 % y desde el 2018 sigue cayendo sin remedio.

Problemas en cadena

La industria española no solo carga con el peso de un modelo productivo obsoleto. También se resiente por los vientos fríos que soplan de Alemania. La locomotora del euro atraviesa una crisis profunda que amenaza con arrastrar a toda la cadena europea. Detrás de la aparente calma que transmiten polos automovilísticos tan importantes como Múnich o Stuttgart se esconde la inquietud de los empresarios. La incertidumbre también se ha contagiado a los trabajadores, a quienes se les han reducido las horas de trabajo dados los pedidos menguantes. Berlín ha tratado de sortear en el último año y medio la recesión, pero su industria no remonta. Primero acusaron a la escasez de agua en el Rin, después le echaron la culpa al calendario y la concentración de entrega de pedidos. Finalmente han reconocido lo evidente: «La fragilidad de la industria todavía no se ha superado», admitió esta semana el Ministerio de Economía alemán. A pesar de que el país teutón recuperó impulso en el mes de noviembre, la industria del automóvil y de la maquinaria volvieron a caer un 4,3 y 2,5 % respectivamente.

El Banco de España (BdE) ya había advertido de este escenario a mediados del 2019: «Los indicadores de confianza en el sector manufacturero, la cartera de pedidos exteriores y las expectativas de producción han acentuado la debilidad en Alemania, donde la incertidumbre sobre el futuro de la industria automovilística es particularmente relevante». Nadie debería frotarse las manos porque la capacidad tractora de la mayor potencia del euro puede arrastrar, al igual que la industria española (10 % de su PIB), a las cadenas de montaje del Este de Europa. Por el momento, las calderas alemanas se mantendrán apagadas. La producción de vehículos ha caído a niveles de 1997 y las exportaciones siguen en declive (-13 %).

A pesar de los calambres que están paralizando a la columna vertebral de la industria europea, las perspectivas apuntan a una mejora a medio plazo. Y la razón la aportan los propios fabricantes: están invirtiendo ingentes esfuerzos en poner fin al ciclo del diésel para alumbrar competitivas flotas de coches cien por cien eléctricos.

Una nueva revolución industrial llama a las puertas. Y para poder aprovechar su potencial y posicionarse en cabeza, España tiene muchos deberes por delante. El sector pide una triple ofensiva. Por un lado, la de crear un mercado energético predecible a precios competitivos. Y ahí el país arrastra enormes problemas, tanto de conectividad como de penetración de las renovables, un déficit que ni siquiera entienden las autoridades europeas, dado el enorme potencial que tiene la Península. El segundo camino que habrá que recorrer es el de la transformación de todo el esqueleto industrial y digitalizar su cadena de producción. Por último: la formación. El capital humano es indispensable y España tiene de qué preocuparse. Su masa laboral está envejecida y las nuevas hornadas están perdiendo el interés por el sector. El número de estudiantes de carreras técnicas, como las ingenierías, ha caído un 30 % en los últimos 20 años.

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