«No existía la gastrosexología como marca; creo que yo soy única en el mundo»

Psicóloga, criminóloga, especialista en igualdad y en geriatría, gastrosexóloga, empresaria, hostelera, emprendedora, directiva, panadera, gastrochic, viajera, comunicadora... Todo eso y mucho más es Mónica Novas, y no tiene más que 41 años. Solo quienes la conocen se lo explican. Lo cierto es que, pese a su imagen rompedora, todo lo hizo con los pies en la tierra. Y lo que le queda por hacer...


Redacción / La Voz

Cuando se fue a estudiar a Santiago y no le llegó con matricularse en Psicología, que tuvo que hacerlo también en Criminología, ya dio algunas pistas de por dónde iba a ir su atareada e interesante trayectoria laboral y empresarial. Pero que nadie se lleve a engaño, porque contra lo que pueda parecer por su carácter extrovertido y su imagen, Mónica Novas (O Grove, 1978) sabe que para emprender «no se puede tener miedo», pero tampoco «tirarse a la piscina sin agua». Ella nunca lo hizo.

-¿Comenzó a trabajar nada más acabar su dos carreras?

-Ya trabajaba por la noche mientras estudiaba cuidando a un señor mayor, porque quería sacarme el carné y mi madre no me daba el dinero.

-¿Nunca se dio un respiro?

-Pues no. De hecho, pasé el expediente a la UNED para poder viajar y estuve cuatro años recorriendo el mundo con mi pareja; en San Francisco, Roma, Londres, Alemania...

-¿A la vuelta por fin se asentó?

-A la vuelta buscamos una casa. Pensé que meterme a un piso era una tontería, porque de mayor iba a querer una casa, así que encontramos una viejísima en Meis y empezamos a arreglarla y a plantar árboles. Entonces tenía 25 años y mi madre ya me decía que yo había nacido jubilada, porque hacía cosas de persona mayor.

-¿Y profesionalmente?

-Abrí una clínica de psicología en Pontevedra y en Vigo, y como también hice un máster en sexología y en psicología jurídica, empecé a hacer peritajes y valoraciones de casos de violencia de género y otros temas que me encargaban, porque no había muchos peritos psicólogos entonces.

-¿Se especializó entonces en temas de igualdad?

-A los 29 años me quedé embarazada y decidí quedarme un año en casa, y a los 30 creé Asistogal, una empresa de asistencia domiciliaria y de psicología. Hice la especialidad de geriatría y llevé la asistencia domiciliaria de O Grove durante tres años, y ya era allí agente de igualdad, así que puse en marcha la empresa y empezaron a llamarnos de los ayuntamientos y de la Mancomunidade do Salnés, por eso ahora damos servicios a todos los ayuntamientos de la comarca. Nos ocupamos de la formación en los centros educativos, en coordinación con las asociaciones, con los responsables municipales, con los colectivos LGTBI... También llevamos redes sociales, porque hice un posgrado de psicología de la publicidad y nos pusimos con temas de comunicación para empresas sobre turismo, emprendimiento, técnicas de venta... Y en varios países e idiomas, también en China.

-Por si no fuera suficiente, montó un hotel en su propia casa, ¿no?

-Es una casa de labranza con huerta en la aldea de Fofán, en Meis, donde fuimos plantando una treintena de árboles frutales, algunos tropicales como aguacate o maracuyá.

-¿Se dan bien?

-Como dicen los vecinos, ‘en Fofán dáse de todo’. Sin darme cuenta, tenía un supermercado en casa, porque la gente ya iba a comprar pan y fruta. Así que decidimos probar, y cuando estábamos haciendo la obra surgió la oportunidad de hacernos con la botella gigante de albariño que se había hecho para el Xacobeo. Me pareció una buena idea porque esta comarca es todo albariño, era como un símbolo. Pero había que llevarla hasta casa y pesaba ocho toneladas... La llevó la empresa que estaba desdoblando el puente de Rande.

-¿Algo más?

-También soy presidenta de Empresarias do Salnés, una asociación que creamos hace dos años para ayudar a las mujeres más jóvenes que quieran emprender. Ya somos 60 socias.

«No existía la gastrosexología como marca; creo que yo soy la única en el mundo»

En su alojamiento rural, que gestiona junto con su actual pareja, nació el concepto de agrochic.

-¿Qué es agrochic?

-Es vivir en el campo y apostar por una alimentación basada en productos de kilómetro cero, pero sin que eso implique que tengas que tenerlo todo desordenado ni ir en chándal. Es una cuestión de actitud, se puede ser chic en el rural.

-¿También fue panadera?

-Yo ya hacía pan de calabaza, porque cuando viajo me gusta aprender del sitio al que voy. En O Grove nos contrataban para hacer eventos solidarios y venían cocineros como Solla o Crujeiras. Compartía las recetas en las redes sociales y tuvo mucha repercusión, así que un día mi hija me dijo: ‘Mamá, deberías vender el pan’. Y me puse a ello, y me pasaba las noches sin dormir haciendo hornadas de pan. Hasta que me quedé otra vez embarazada y lo dejé.

-También da charlas de gastrosexología. ¿Qué es?

-Soy psicóloga y sexóloga, y trabajo con cocineros, así que se daban todas las circunstancias para hablar de los mecanismos psicológicos que influyen para que un plato produzca más o menos placer, que no es lo mismo que hablar de afrodisíacos. E imparto charlas en todas partes. Me llaman de los ayuntamientos, de las denominaciones de origen... También empecé a escribir artículos y esperamos, en breve, sacar un libro en colaboración con los cocineros. Registramos la marca, porque no existía la gastrosexología como tal, creo que yo soy la única gastrosexóloga en el mundo.

-Esa parte más frívola de su trabajo, ¿no le crea problemas o equívocos con las víctimas de violencia de género?

-Al contrario, porque saben que soy psicóloga y me conocen, y es más fácil abrirse con una persona conocida.

-Lo último es la caravana morada. ¿En qué consiste?

-Son puntos de prevención e información que llevamos a las fiestas, para concienciar y atender posibles casos de violencia de género.

-¿Lo que ven es preocupante?

-Ya pasaba antes, solo que no había puntos y no se sabía ni se denunciaba. Antes se decía: ‘Mira, outra á que lle dou unha patada a vaca’. Es mejor saber la verdad, aunque sea alarmante.

 El secreto está en la isla de Ons

No se da importancia, porque viene de una estirpe de matriarcas luchadoras. Su madre se crio en la isla de Ons, y sacó adelante a sus hijos, ciega y con un marido embarcado. «Y siempre fue emprendedora y siempre hizo lo que quiso y lo sigue haciendo», dice su hija orgullosa. Ella tomó el relevo y, entre la crianza de las hijas, la empresa por la semana y el hotel rural los fines de semana, no sabe lo que es un día libre. Eso sí, de vez en cuando libera la agenda y viaja, «que es lo que más me gusta del mundo». Pero incluso a las vacaciones les sabe sacar provecho. Desde hace siete años va a Túnez, donde también colabora en programas de igualdad. «Hay mucho trabajo que hacer allí», admite. Es una cultura que le encanta. «En el hotel tenemos un baño turco y traigo los tratamientos de allí». Mónica Novas es como el bolso de Mary Poppins. No tiene fondo.

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