La incertidumbre que no cesa

Las tensiones comerciales y geopolíticas han trazado un escenario de enorme tensión a nivel global cuyo desenlace es tan incierto como peligroso. Lo coyuntural corre riesgo de convertirse en estructural. En España, sin ir más lejos, el clima político se ha convertido en un agitador más que en un catalizador del bien común. Es preciso afinar las recetas para gestionar este momento.


Miembro del Grupo Colmeiro y de la Real Academia de Ciencias de Galicia

No deja de ser paradójica la búsqueda de una medida de la incertidumbre, habida cuenta de la propia naturaleza de lo que se quiere cuantificar, pero tampoco resulta extraño que se quiera hacer, ya que vivimos en un entorno de desasosiego, alejados de la tranquilidad que suele proporcionar un marco político y socioeconómico estable. Y, sin embargo, los objetivos están bien identificados: prosperidad económica, estabilidad financiera y equidad, pero su consecución, tan siquiera aproximativa, requiere, como dice el economista Dani Rodrik, no ignorar los matices propios de la ciencia económica, incorporando la prudencia a las predicciones y, también, a las prescripciones de política. Ante los datos objetivos, es necesario armonizar gobernanza mundial y gobernanzas nacionales, hacerse cargo de los desafíos tecnológicos y preservar la democracia, usando la argamasa de la inclusión social.

La falta de certidumbres genera ansiedad y está en la base de muchas neurosis, también colectivas. Queriendo echar un cabo a la tierra firme del conocimiento menos inseguro, desde el 2012 se viene trabajando en una herramienta que permita medir los grados de incertidumbre ligados a las políticas económicas. Todavía muy necesitada de mejoras metodológicas, ya funciona en Europa y Estados Unidos, porque saber más sobre lo que puede pasar, tanto para los agentes económicos privados como para los policy makers, es prioritario. Así se está tratando de encontrar una mayor clarificación en la incertidumbre exógena, de origen geopolítico, y en la endógena, inherente al funcionamiento de los mercados, y aunque no sabemos mucho, se va progresando.

Mientras tanto, el escenario económico se sigue caracterizando por una incertidumbre sin parangón en la historia. Pero enfrentarse a lo incierto no solo es desasosegante, sino que crea distorsiones de percepción. Quizá por ello, algunos políticos dedican una gran parte de su tiempo a crear situaciones de optimismo más bien virtual, sabiendo, como saben, que funciona, al menos en el corto plazo. Muy útil, pues, en el ciclo electoral predominante. Pero la realidad es terca y persiste en sus circunstancias, que no son otras que las de una economía de bajo crecimiento y muy ineficaz frente a la desigualdad. Acaba, pues, imponiéndose, con un grado de distorsión que se traslada a capas de población en una mala situación objetiva, pero que también son un buen caldo de cultivo para populismos extremos, de uno y de otro signo. Las redes median en el proceso, poniendo en primer plano de la influencia las emociones. En definitiva, crisis de modelos, de certidumbres, con rupturas múltiples de paradigma.

En lo más concreto, la incertidumbre está enhebrada por las tensiones comerciales y geopolíticas, con el riesgo elevado de convertir problemas coyunturales en dificultades estructurales, de más largo aliento y difícil tratamiento. Las guerras comerciales no se van a terminar pronto, con posibilidades crecientes de relocalizaciones de empresas y pérdidas de productividad, al verse perturbadas las cadenas de aprovisionamiento. En Europa el brexit no es poca cosa si de incertidumbre hablamos, México, por citar un país muy cercano a nosotros, está en un más que claro estancamiento, lastrada su economía por los exabruptos de Trump y las peculiaridades de su presidente, y así podríamos continuar. Cada vez más la economía monetaria deja paso a los problemas de la economía real y de la geopolítica, que inducen una retroalimentación sobre aquella. La interdependencia es extrema y no se deja gestionar fácilmente.

La Unión Europea, por su parte, inicia una etapa nueva en la Comisión, debiendo esperarse cambios en la buena dirección, imprescindibles pero muy lentos, sobre todo para hacerse con los mandos de un presupuesto realmente comunitario. Y, sin embargo, en este ambiente incierto y de pocas solidaridades efectivas, Europa se nos presenta de nuevo como el instrumento más eficaz para luchar contra los populismos demagógicos, siempre y cuando haga mucho más por acercarse a los ciudadanos. Es un grave error de las nuevas generaciones que, con razones objetivas y muchas sinrazones inducidas, identifiquen Europa con el problema. Son ellas las que, tras un diagnóstico desapasionado, habrán de tejer el nuevo entramado de políticas económicas y sociales de las próximas décadas.

En definitiva, quizá habrá que volver relativamente a Keynes, con un crecimiento razonable de los salarios, un sector público más agresivo y reglas más coherentes. Quizá convenga repensar el contenido del crecimiento, reorientar las políticas, ser responsables con la transición energética y ecológica. Programa que incumbe en primer lugar a las economías nacionales, por lo que en nuestro país estamos en pésimas circunstancias, con un nivel de incertidumbre política que nos retrotrae muchos decenios atrás. Estamos ante un claro ejemplo en el que la política fabrica incertidumbre en vez de reducirla, y eso es la mayor amenaza para el crecimiento. Las expectativas son sensibles a este escenario y la inversión, origen del dinamismo, se retrae. Hemos pasado de situaciones de alto riesgo objetivo, con la crisis financiera pasada, a una situación de una incertidumbre extremadamente borrosa. Añadiríamos algo más: hay una confusión bastante general. Nada más imprevisible que un tuit del presidente de EE. UU.

La incógnita Lagarde

En España, ahora mismo, el Estado no puede jugar el papel de reductor de incertidumbre. Aquello que decía Max Weber, «el sentido del provenir», se ha vuelto muy subjetivo en la clase política: el sentido de mi porvenir. Es un mundo al revés. Adicionalmente, Don Mario se fue del BCE y Lagarde es una relativa incógnita. Esperemos que los cambios sean de grado y no de naturaleza. Y volviendo al principio, no es magra la tarea de los expertos que continúan afinando índices mundiales de previsión económica. No solo hace falta mejorar las técnicas, en un contexto de datos instantáneamente mudables, también hay que cambiar la inteligencia que interpreta y diseña. El mecanicismo de los modelos se está quedando atrás, las fracturas sociales latentes que han emergido han trastocado profundamente el mundo, también, por tanto, el modo de mirarlo y de actuar sobre él. El populismo es una especie de nueva gramática de la política, y a su través, la economía precisa de prismáticos con más aumentos y, probablemente, intérpretes con menos prejuicios.

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