Aramco, mucho más que una salida a bolsa

Venancio Sacines DIRECTOR GENERAL DE CESUGA

MERCADOS

Maxim Shemetov

10 nov 2019 . Actualizado a las 05:05 h.

Mahoma, en sus últimos días, ya enfermo, le pidió a su suegro, Abu Bakr, que liderase el rezo. Eran viejos amigos. Uno de sus primeros seguidores. Aunque su nombre de pila era Abd Al-lah (siervo de Dios) ya todos lo conocían como «aquel con el que Dios está complacido», Abu Bakr. Su ascendencia social ya era en esos momentos muy elevada. Por eso, a pocos les sorprendió que a la muerte de Mahoma fuera elegido como el gran líder, el I Califa de Oriente. Nacía con él la lectura sunnita del islam. Aquellos jefes tribales que le votaron sabían que estaban discriminando al yerno y primo de Mahoma, Alí. Su lectura del islam la sentían como una amenaza. Él deseaba ser el heredero y algo más, ansiaba ser un líder político-religioso, tal y como había sido su primo. Dos versiones del islam, dos lecturas contrapuestas. En una, la religión acompaña al Estado (Arabia), tal y como ocurrió en Europa hasta hace unas décadas, y en la otra, la religión es el Estado (Irán). Dos lecturas que tienen a sus espaldas siglos de guerras, crímenes y conspiraciones. Odio secular.

Nada más alejado a mi interés hacer un artículo histórico en un suplemento económico, pero es francamente complicado entender Oriente Próximo si no se comprende lo que es el sunismo y el chiismo (seguidores de Alí). Los primeros, observan a Arabia Saudí como su epicentro. Si además son árabes (hablan la lengua árabe), entienden que es su gran potencia económico-militar. Los segundos, muy escasos, se concentran esencialmente en el sur de Irak, Irán y en Siria. La mayoría son persas.

Arabia Saudí se creó en 1932 de la mano del líder del clan de los Saúd, Abdulaziz bin Saúd, la familia fuerte de Ryad. Desde su fallecimiento hasta ahora, todos los monarcas han sido hijos del fundador, bien de su primera esposa, o de la segunda, como es el caso actual. Mohamed Bin Salman (MBS), el actual príncipe heredero, cuando sea nombrado rey, habrá roto con una larga tradición. Cambiará los ejes dinásticos de su país. Y posiblemente, no solo los dinásticos, sino algunos más.