Roma está muy lejos


Director general de Cesuga

Publio Ovidio acabó sus tiempos exiliado en la actual Constanza; César Augusto no lo quería cerca de él ni de Roma. Aunque lo recordamos, sobre todo, por su Arte de Amar, me van a permitir que recupere dos de sus máximas. La primera: «La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado». La segunda: «El hombre que ha experimentado naufragio se estremece incluso en un mar en calma».

 Veo en mí al náufrago que agita sus brazos y al que una vez en tierra se estremece ante el mar en calma. Pero si pensara que esa visión solo la tengo yo, nunca escribiría estas líneas. Lo lamentable es que estoy convencido de que somos una legión los que sentimos a Publio como cercano. España, por un lado, desea esperanza, es más, diría que la exige. La reclama porque vuelve a sentir miedo. Y dirán que está el mar en calma. ¿En calma? ¿Seremos náufragos? Somos náufragos. Por eso, solo aquellos que han sentido la sal en los labios, el agua como un sueño y la paz de la tierra como una ilusión, solo esos nos pueden entender. Solo aquellos que han vivido esta crisis nos pueden entender. Quienes se asomaban a sus ventanas sintiendo a sus pies el calor de su moqueta pública, esos, nunca nos entenderán.

El 22 de octubre, el Banco de España nos advirtió de un hecho anómalo, de un hecho que no ocurría desde hacía seis años: la demanda de crédito de hogares y empresas se ha reducido. No es un tema menor, créame. Las familias y las compañías mueven el 82 % de la demanda. Si ellas se frenan, nada se mueve. El Fondo Monetario Internacional, este mismo mes, ha advertido de que España no pasará, el año que viene, de un crecimiento del 1,8 %. Aquellos optimistas, o ilusos, afirman: ‘¡Oiga que seguimos a la cabeza de Europa en crecimiento económico!’ Cierto. E igualmente cierto es que a tasas inferiores al 2 % es muy difícil crear empleo. En Alemania o en Francia, con tasas de paro muy bajas, el estancamiento pierde gravedad, pero aquí, si asumimos esta verdad, entonces estamos aceptando que vamos a cronificar la tasa de paro en la horquilla del 13-14 %. ¿Estamos tontos? ¿Vamos a mandar a millón y medio de personas al paro de larga duración? ¿A cuento de qué? Esto es de lo que estamos hablando y no de otra cosa.

El uno de junio del 2018 se produjo la moción de censura a Mariano Rajoy. En esos momentos, España crecía al 2,6 % y generaba empleo a tasas superiores a su ritmo de crecimiento. Estados Unidos rozaba el 3 % y la zona euro el 2 %. China vivía feliz creciendo al 6,6 %. A la vuelta del verano del 18, y con ese escenario a sus espaldas, la totalidad de nuestra clase política arrancó la precampaña. Y así seguimos. Al igual que Forrest Gump, se pusieron a correr y todavía no han parado para sentarse. O quizás sí se han sentado, han visto que la realidad económica es muy dura y han buscado su isla bonita, escenario de política fácil. ¿Cataluña? ¿La guerra comercial? La culpa la tiene Trump, que también. Lo que no ha hecho el presidente norteamericano es decirle a la Comisión Europea que nos abronque por incumplir los objetivos fijados en déficit, deuda o gasto. Hacer los deberes es duro. Ya se sabe. Y para el alumno que vive en el corto plazo es, además, un tormento. No comprende la rentabilidad del esfuerzo.

Ovidio, rico de cuna, y próximo a la esfera máxima de poder, acabó olvidado, en Rumanía, sintiendo que Roma lo ignoraba. España, hoy, está en máximos de riqueza financiera. En algunos sectores ya hay pleno empleo. No somos el cuerpo destrozado del 2012, pero, al igual que Publio Ovidio, bastantes sentimos que Roma está muy lejos y que, por mucho que movamos nuestros brazos, nunca nos verá.

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