No tan lúgubre


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Lamentamos decir que los economistas están fallando a la civilización humana, incluyendo a nuestros nietos y bisnietos». Estas dramáticas palabras proceden de un reciente artículo de Nicholas Stern y Andrew Oswald y fueron recordadas por Xavier Labandeira en un acto en el que la Academia Galega de Ciencias le expresó su reconocimiento, junto a otros investigadores gallegos de alto nivel. Stern y Oswald se referían a la insuficiente implicación que el razonamiento económico ha venido teniendo en un campo crucial para el futuro de todos, en el que ellos mismos son grandes autoridades: el análisis del cambio climático y la búsqueda de soluciones para combatirlo.

Esa decepción se advierte también en otros terrenos. En particular, la forma en la que la profesión de los economistas asintió sin apenas críticas ante la gestación de la gran bomba que estalló en el 2008, ha sido objeto de un cierto escarnio social en los últimos años. Parece innegable, en todo caso, que una parte importante -y desde luego, la más influyente- de las ideas económicas de los últimos cuarenta años tuvo mucho de platónico, en el sentido de basarse en supuestos muy poco realistas, como los de plena racionalidad o la eficiencia natural de los mercados; supuestos que, en todo caso, la realidad ha desmentido con contundencia en los últimos años. Y al tiempo que ello ocurría, problemas centrales de nuestro tiempo, como el ya mencionado del cambio climático o la rampante desigualdad, permanecían en buena medida olvidados. El viejo título de «ciencia lúgubre» parecía cobrar plena justificación.

Pero algo importante parece estar cambiando. De hecho, en los últimos años la economía académica se ha abierto a grandes debates en todos los planos: desde los puramente metodológicos a los que se refieren a argumentos y propuestas de solución muy concretos. En esos debates -en los que participan algunos de los principales economistas actuales- se detecta una mayor búsqueda de realismo, pero también un acercamiento a los problemas económicos más vivos. Y aquí habría que matizar la frase de la que hemos partido: precisamente gracias a autores como Stern o, entre nosotros, el propio Labandeira y su equipo, la economía centrada en los problemas ambientales está ahora mismo consiguiendo apreciables avances.

Y no se trata de algo aislado, sino que se da también en otros ámbitos. En ese sentido, cabe destacar tres estupendas noticias recientes. La primera es la creación de la red Economics for Inclusive Prosperity, liderada por Dani Rodrik, una ambiciosa iniciativa para intentar redirigir los esfuerzos analíticos hacia los principales problemas sociales y políticos del presente. La búsqueda de alternativas más allá del consabido y estéril fundamentalismo del mercado está en el centro de ese esfuerzo.

 En segundo lugar, parece también revelador de una nueva sensibilidad ante estos asuntos el que el Banco de España haya concedido su importante premio Bernácer a Gabriel Zucman, un notable estudioso de los problemas de distribución de la renta, pero, sobre todo, el más reconocido experto en paraísos fiscales. Hasta hace poco, hablar de esta materia (un auténtico agujero negro en la economía mundial) suponía divagar, pues apenas se le dedicaban investigaciones rigurosas. Ahora, gracias sobre todo a Zucman, somos capaces de poner cifras al escándalo. Pero la mejor noticia ha llegado esta semana, con el premio Nobel concedido a tres grandes estudiosos de la pobreza y sus laberintos. Desde sus análisis rigurosos y la recolección minuciosa de datos, Esther Duflo, Abhijit Banerjee y Michael Kremer están contribuyendo a mejorar la vida de millones de pobres en el mundo. Quizá, después de todo, no se trate de una ciencia tan lúgubre.

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