Inflación, la enfermedad crónica

Los precios subieron en Argentina otro 4 % en agosto, con lo que se da por hecho que el repunte será superior al 50 % al acabar el año- La soja está siendo utilizada ya como moneda de pago


Buenos Aires / La Voz

Es, seguramente, la enfermedad crónica de la economía argentina y, tal y como se preveía, se acaban de confirmar los peores augurios. La inflación, según los datos proporcionados por el Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), subió en agosto otro 4 % con respecto al mes anterior, agravando una situación muy delicada pues son ya muchas las señales que apuntan a que el IPC podría cerrar el ejercicio con un repunte del 50 %. El escenario no hace otra cosa más que situar bajo los focos un problema que ha estado en el centro de la vida de los argentinos desde hace décadas. La drástica y prolongada subida de la cesta de la compra, desde los alimentos a la educación, el precio de los restaurantes o los seguros, sigue siendo un mal endémico.

El caso es que agosto no fue el peor mes del 2019 -en marzo la inflación se situó en el 4,68 %- y se estima que los tiempos venideros serán más complejos por la inestabilidad de las políticas económicas y la incertidumbre surgida de la refriega política que culminará el 10 de diciembre con el traspaso de poder de Mauricio Macri a Alberto Fernández, quien ha asegurado que, en caso de salir electo, uno de sus objetivos será contener los precios por debajo de los dos dígitos.

En los ocho primeros meses del 2019, el indicador monetario acumuló un repunte del 30 %, que se dispara al 54,5 % si se compara con agosto del ejercicio anterior. El problema es que llueve sobre mojado. En el 2018, la inflación cerró con un avance del 47,65 % que consagraba una línea ascendente que arrancó en el 2011, con un incremento del 23,97 %, el más bajo en todo este período. Por comparar, en España el IPC cerró los dos últimos años con un tímido incremento del 1 %.

La actual coyuntura no tiene nada que ver, no obstante, con la hiperinflación de los ochenta y con aquel récord histórico de 1989, cuando el indicador se disparó un insostenible 3.079 %. Sea como fuere, las consecuencias derivadas de este escenario son muy variadas. Tanto es así que, en períodos conflictivos como el actual, una materia prima crucial para la economía del país como es la soja llega a convertirse en un método de pago.

En realidad, como explica el investigador jefe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral), Jorge Vasconcelos, se trata de una fórmula rudimentaria de intercambio en la que se ofrecen quintales de soja como moneda de cambio para adquirir determinados productos en vez de pesos u otras divisas.

En el país sudamericano es habitual convivir con fuertes oscilaciones en el valor de los productos, lo que lleva a muchos comerciantes a retirar los precios de las etiquetas porque estos quedan obsoletos de un día para otro. Pero la convulsa inflación también afecta a los servicios. En solo un mes, los suministros de agua, electricidad o gas han subido un 2,1%, algo menos que los alimentos y bebidas (+4,5 %).

Después de las turbulencias surgidas por las elecciones PASO (primarias, abiertas, simultaneas y obligatorias) del pasado 11 de agosto, cuando todo parecía indicar que iba a ser complicado mantener ciertos niveles de estabilidad económica y monetaria, el Gobierno decidió blindar el precio de ciertos bienes mediante la supresión del IVA hasta final de año.

Pero esta actuación, como tantas otras medidas tomadas de urgencia, podrían acabar teniendo un impacto relativo en los bolsillos de los argentinos si el Gobierno entrante decidiera aplicar el impuesto correspondiente y favorecer aún más la escalada de la inflación. A la partida, así pues, aún le quedan unas cuantas manos.

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