La fiebre del oro anuncia una etapa de turbulencias

La cotización del metal precioso se ha disparado un 28 % en el último año. Bancos centrales e inversores acuden a este mercado como refugio ante las previsiones de desaceleración


Redacción / La Voz

En la era de los algoritmos y los nanosegundos, esos días en los que las criptomonedas arrebatan protagonismo a las bolsas, los inversores han vuelto a sus orígenes. Desde que los egipcios perfeccionasen su minería hace algo más de 3.000 años, el oro ha actuado como catalizador de la riqueza. En las finanzas contemporáneas, el metal precioso por excelencia se ha convertido en un refugio, una suerte de caja fuerte para sortear períodos de incertidumbre. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo en los mercados de un tiempo a esta parte: su cotización se ha disparado por la ausencia de opciones de inversión atractivas y porque las señales que apuntan a una desaceleración de las principales economías mundiales son cada vez más palpables.

Solo en el último año, el precio de la onza troy (la de referencia en el mercado) se ha disparado más de un 28 %, desde poco más de 1.000 dólares a comienzos del pasado año a los 1.403 a los que cerró el pasado 3 de septiembre, cuando finalizó la sesión en un techo que ni siquiera llegó a rebasar en los años más duros de la crisis (2011 y 2012). El banco de inversión UBS cree incluso que el repunte podría acentuarse en los próximos meses si se cumplen los peores augurios en el escenario internacional. «Si Trump aplica los aranceles a todos los productos chinos como parece que podría ocurrir -apunta Roberto Scholtes, director de estrategia de la entidad en España-, creemos que el oro podría acercarse a los 1.600-1.650 dólares en la próxima primavera. Sería un movimiento coyuntural».

Con los tipos de interés en mínimos históricos en Europa y los mercados huérfanos de productos que ofrezcan rentabilidades atractivas, el metal precioso ha vuelto a seducir a unos inversores que, por encima de todo, andan muy inquietos por el delicado panorama que estaría empezando a vislumbrarse. Scholtes sostiene que economías muy dependientes de su sector exterior como la alemana o la italiana podrían coquetear con la recesión técnica en el primer semestre del 2020, de ahí su estimación sobre el alza del oro. Una fiebre que podría verse favorecida además si la Reserva Federal profundiza el año que viene en su estrategia de recortar los tipos (algo que ha demandado en varias ocasiones el propio Donald Trump) y los deja ligeramente por encima del 1 %.

Tanto UBS como otros bancos de inversión como Goldman Sachs deslizan en todo caso algo de optimismo y en sus informes más recientes apuntan a un período de desaceleración y no tanto a una recesión, por más que algunos países en concreto puedan sufrir los rigores del momento y las consecuencias de una guerra comercial entre Estados Unidos y China cuyo desenlace aún está pendiente.

En esta coyuntura, al oro le esperarían aún días de fortuna, alentados igualmente por una clase media que en territorios como Asia no para de crecer y que siente inclinación por el más querido de los metales preciosos. UBS, sin ir más lejos, recomienda apostar por estas compras para completar las carteras de los inversores como salvaguarda en caso de que el escenario económico se deteriore, pero constriñe la apuesta a apenas un 5 %.

Al buen momento de las inversiones en metales preciosos está contribuyendo también el papel de los bancos centrales, que se han convertido en los últimos meses en los grandes animadores de estos mercados, algo que no deja de resultar una novedad por cuanto muchos de estos países llevaban años sin inclinarse por estas inversiones. Según los datos del Consejo Mundial del Oro, los reguladores de todo el planeta compraron 374 toneladas de oro entre enero y junio, un 93 % más que en el 2018 y el mayor repunte registrado en la serie histórica.

Países como Rusia o China han realizado compras masivas en los últimos dos años y ello pese a que son dos de los mayores productores de oro a nivel internacional. El gigante asiático (12 %), Australia (9,4 %), Rusia (8,4), Estados Unidos (7,6) y Canadá (5,8 %) concentran casi la mitad de la producción mundial. Pero es que además los bancos centrales de otros estados como Polonia, Hungría o Turquía se han sumado a esta fiebre y han adquirido lingotes para engordar sus reservas.

Detrás de estas compras se esconde una posición conservadora, la necesidad de buscar igualmente un refugio, en sintonía con los inversores privados. «Esta estrategia -explica Scholtes- tiene una consideración de largo plazo, no solo hablamos del coste de oportunidad. [Los bancos centrales] están buscando una reserva de valor en un momento de políticas monetarias heterodoxas».

España, a contracorriente

¿Y España? El país cuenta con 281,6 toneladas de oro (se sitúa en el puesto 21 a nivel mundial), pero su posición actual está marcada por la decisión que Pedro Solbes tomó en el año 2007, cuando a las puertas de la crisis ordenó rebajar un 32 % las reservas que albergaba el Banco de España por considerar -así lo manifestó en el Senado- «que ya no eran una inversión rentable». Desde entonces, la cotización del metal precioso no ha parado de crecer.

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