Señales turbadoras


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Es difícil encontrar entre las noticias económicas de las últimas semanas alguna que mueva al optimismo. Un día es el empleo; otro la venta de automóviles o la de viviendas en tal o cual país. Una marea de datos va poniendo en evidencia que la economía mundial se desacelera en serio, y que esa perspectiva negativa se dibuja de un modo más intenso en Europa: las escasas economías que -como la española- hasta el momento parecían vadear esos retrocesos, ahora ya dan muestras innegables de agotamiento.

Pareciera que están juntándose los elementos para una tormenta perfecta: la existencia de una guerra comercial y cambiaria (y sobre todo, una incipiente contienda tecnológica) ya no puede disimularse y su efecto sobre el sistema de intercambios internacionales se hace muy visible. La cada vez más probable salida traumática del brexit coloca una bomba de relojería sobre el corazón de la economía europea. El sector de servicios aún muestra un cierto tono vital, pero las principales actividades industriales, más expuestas a los entornos externos, emiten ya signos de alarma. Y lo que resulta más desconcertante: los tipos de interés más elevados -siendo en todo caso muy bajos- son los de las operaciones a corto plazo (la ya famosa curva invertida).

 El caso es que en algunas de las principales economías europeas se anuncia ya como probable una recesión en los próximos meses: en Alemania y el Reino Unido se ha registrado una caída del producto en el último trimestre; si, tal y como parece, ello continúa en el actual, entonces esos países se encontrarían en situación técnica de recesión. Y no estarán solas: otras, como la italiana, no tardarán en sumarse. No sorprende, en esas condiciones, que los mercados financieros -a los que se les presupone una cierta capacidad para adelantar los movimientos económicos que vienen- se muestren muy nerviosos y desconfiados.

Ante este panorama, ¿qué hacer? En los cientos de artículos e informes que ahora mismo están alertando sobre la recesión que viene, se destaca que la única respuesta que ante la aparición de problemas económicos graves han sabido dar las autoridades en los últimos años (el uso de una política monetaria heterodoxa hasta el extremo) está casi agotada en sus posibilidades, por lo que difícilmente se podrá usar ante lo que viene. Aunque cabe esperar que sobre todo el BCE reaccione en las próximas semanas con una ampliación de los estímulos, si la recesión tuviera una cierta entidad, ni una reducción de tipos (con un punto de partida ya muy bajo) ni la compra directa de activos (desmesuradas en los últimos años) podría dar ya mucho de sí.

Ante eso se sugiere la necesidad de usar de una vez las políticas fiscales como arma anticíclica. Habrá que hacerlo. Sobre todo es urgente poner en marcha en Europa los grandes programas de inversión pública que se han venido posponiendo a lo largo de los años. Pero ese viraje hacia una política fiscal activa tiene también sus limitaciones en las actuales circunstancias. Es cierto que en el pasado se exageró una visión dogmática de las cuentas públicas para defender la inacción fiscal, pero algo importante ha cambiado: a diferencia de lo que ocurría hace diez años, la alta deuda de los estados ha estrechado los márgenes para alegrías presupuestarias.

Con todo, la mayor dificultad es de otra naturaleza: las políticas macroeconómicas sirven para afrontar shocks de demanda; sin embargo, algunos de los principales problemas antes mencionados nos hablan de un cada vez más posible choque de oferta. Ante eso, la cooperación internacional se hace imprescindible. Pero eso es lo que ahora mismo -recuérdese que en la reciente cumbre del G7 apenas se habló de economía- más nos falta.

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