Hong Kong, un puente con Occidente

Las tensiones que atraviesa la excolonia británica, una isla política, económica y social dentro del régimen, amenazan su histórica aportación al desarrollo de China


Pekín / La Voz

Más de tres meses de masivas movilizaciones en las calles de Hong Kong han puesto en evidencia el desgaste de aplicar el imaginativo principio político de «un país, dos sistemas» bajo el que los británicos devolvieron en 1997 la soberanía a China de un territorio que habían convertido en una de las grandes plazas financieras de Asia. Las protestas contra una ley de extradición a China, país que no tiene justicia independiente, fueron secundadas por las nada aventureras asociaciones empresariales y el mundo judicial. La reforma dinamitaba el principio de seguridad jurídica imprescindible para crear el clima de confianza que requieren los negocios y del que los hongkoneses siempre se han sentido orgullosos.

El movimiento ha ido sumando reivindicaciones que llegan a exigir reformas democráticas y demuestran el malestar de la población contra las injerencias chinas. Después de 22 años, las fricciones entre un país, China, que se ha convertido en la segunda potencia económica mundial sin democratizarse, y el sistema de Hong Kong, que conserva independencia judicial, libertad de prensa y derecho de manifestación, son patentes en las calles.

Hoy Hong Kong ya no es la puerta de entrada para hacer negocios en China en la medida que lo era en 1997, pero sigue siendo un gran centro financiero y una pieza importante en la economía china. En 1997, la isla representaba el 27 % del PIB del gigante asiático, y era todo un regalo para desarrollar la economía del continente, que estaba en pleno proceso de reformas.

En el 2019 representa un escaso 2,9 %, un porcentaje pequeño pero nada desdeñable en comparación a lo mucho que ha crecido la economía del gigante asiático. China ya ha creado otras pistas de aterrizaje para el capital extranjero, como la vecina Shenzhen o Shanghái, que posee una zona de libre comercio poco concurrida.

Pero a pesar del desarrollo chino, Hong Kong sigue jugando un papel importante. El 64 % de la inversión directa que ha entrado en China en los últimos ocho años ha pasado por la excolonia, que también ha sido la plataforma de salida del 65 % de la inversión al exterior. La economía de la isla se sitúa en el puesto 36 del ránking mundial en volumen de PIB y su deuda es mínima, apenas un 0,05 % del PIB. En el índice Doing Business en facilidad para hacer negocios, ocupa el cuarto mejor destino a nivel internacional.

 Por lo que respecta a la bolsa de Hong Kong, la quinta del mundo, funciona con estándares occidentales y las grandes empresas chinas, con vocación internacional, recurren a ella para buscar capital.

Así las cosas, de momento, y gracias a su legislación especial, la excolonia representa una válvula de escape para las exportaciones chinas ahogadas por la subida de aranceles de Estados Unidos. Se beneficia de un trato especial en virtud de la Hong Kong Policy Act firmada con Washington en 1992. La subida de aranceles a los productos chinos no se aplica en la isla, que se convierte en el puerto de salida de muchas manufacturas. De hecho, Hong Kong es el segundo destino de las exportaciones chinas y de allí son enviadas a otros destinos.

 Pekín se comprometió a mantener la autonomía de Hong Kong hasta 1947, pero la población se siente amenazada por las numerosas injerencias y los megaproyectos para la región. Por ejemplo, el conocido como la Gran Bahía, que pretende convertir el delta del río de la Perla en una especie de Silicon Valley donde Hong Kong ejercería de centro financiero. Desde la isla se percibe como un intento de fundir su territorio con la región de Guangdong, de más de 70 millones de habitantes.

El otro vértice para anclar Hong Kong al tigre asiático es inundar la excolonia de población procedente del continente para diluir el carácter específico hongkonés, marcado por el hecho de ser una pasarela entre Oriente y Occidente. Aunque es esa característica que hasta ahora garantiza unas reglas de juego legales, por encima de los intereses del Partido Comunista, su principal atractivo. También para las grandes empresas y fortunas de la China comunista.

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