La segunda fase de la globalización

Los grandes movimientos que se están produciendo en el comercio mundial, caracterizado por un modelo de globalización dirigido por las grandes multinacionales estadounidenses, parecen estar en crisis. Este pilar básico de la economía no es que decaiga, sino que se está transformando en un nuevo patrón de relaciones comerciales lideradas por dos espacios globales: EE. UU., por un lado, y China y el poderío militar ruso, por otro. En este escenario, la repatriación de la producción solo traería ventajas para Europa.


Este final de la crisis nos está deparando bastantes sorpresas. Hace unos años nadie intuía la ruptura de la complementariedad comercial y financiera entre China y Estados Unidos que estamos viviendo ahora. Tampoco nadie imaginaba que el brexit fuera a llegar tan lejos. Hasta hace poco tiempo nadie sospechaba el absurdo de los tipos de interés tan bajos que estamos teniendo en Europa y durante un período tan prolongado. Tan bajos que son negativos, incluso en la deuda pública de la periferia: España, por ejemplo. Esta anomalía llega hasta el punto de que la deuda pública de Estados Unidos está más cara que la deuda griega, reflejando que el mercado entiende que el impago es más probable en EE. UU. que en Grecia. Hasta ahí podríamos llegar. Y hemos llegado.

Otras sorpresas llueven sobre mojado. Las sucesivas crisis de gobernabilidad en Italia y sus amenazas sobre la estabilidad del euro tienen su equivalente en América Latina con una Argentina que recurrentemente cae en la trampa de romper con su contexto internacional en aras de un populismo peronista que lleva ensayando sus recetas nacionalistas -fracaso tras fracaso-por lo menos durante los últimos cincuenta años. Y para España, Argentina es casi tan importante como para los propios argentinos. La mayoría de las empresas más relevantes de España están muy comprometidas en ese mercado.

Entre todos estos hechos destaca por su complejidad el nuevo proteccionismo norteamericano frente a China y frente al resto del mundo. Lo realmente nuevo en la complejidad actual es el repliegue de Estados Unidos sobre sí mismo, proceso que continuará tras las próximas elecciones presidenciales, variando su intensidad dependiendo de quién las gane. Nuevo ya que, desde 1945, esto no había sucedido nunca hasta ahora. Si se me permite, una breve digresión.

En economía, cuantificar es imprescindible. La ley de la gravedad existía antes de que la conociéramos y antes de que hubiéramos cuantificado sus parámetros. Sin embargo, los precios solo existen en la medida en que se expresan numéricamente, incluso cuando el comercio reviste la forma de trueque. Poner números a lo que estamos discutiendo simplifica el análisis y lo sitúa en su verdadera dimensión. En esta línea debemos entender el gráfico adjunto. Quisiera llamar la atención sobre la dinámica claramente ascendente del comercio internacional sobre el PIB mundial analizada en el largo plazo: desde un 8 % antes de 1973 hasta algo más de un 25 % en el 2008. Un análisis más sutil nos lleva a considerar que el alza que se observa en este porcentaje en 1973 y 1974, y que se mantiene hasta 1986, se debe al encarecimiento de los precios del petróleo. No vamos a entrar en detalle, pero es muy probable que, sin el efecto de los precios del petróleo y de las otras materias primas, este porcentaje hubiera estado más cerca del 10 que del 15 %.

En el gráfico adjunto podemos ver como casi el 25 % de la producción mundial de mercancías se consume fuera del país de fabricación. Es un porcentaje muy significativo. Es más, y aunque no vamos a entrar en pormenores, ese porcentaje está infravalorado: podría llegar a ser el doble.

El gráfico nos muestra cómo el comercio mundial se ha desarrollado mucho más velozmente que el PIB global: tres veces más rápido. También queda de manifiesto cómo la actual fase de la globalización arranca a principios de los años noventa, tras la crisis cambiaria de 1992-93, donde el comercio de mercancías alcanzaba solamente un escaso 15 % del PIB. Esta fase acabaría en el 2008, tras quince años de crecimiento ininterrumpido.

A partir de ese año el comercio mundial se complica. La contracción de crédito bancario retrae también el comercio en el 2009 y, desde entonces, aún no se han recuperado los niveles anteriores a la crisis. Los bajos precios del petróleo y otras materias primas, las tendencias proteccionistas, las rupturas de las cadenas de valor en algunos sistemas productivos, las disputas sobre las tasas de cambio de algunas monedas (básicamente el yuan chino), la ralentización de esa economía y las sucesivas recesiones en los países emergentes son factores que explican cómo el comercio internacional no se ha recuperado todavía. Todas estas incertidumbres en el marco institucional están afectando muy negativamente al comercio internacional. Es más, un análisis atento del gráfico adjunto parece indicar que el comercio mundial está perdiendo importancia en la economía internacional, iniciando desde el 2011 una tendencia decreciente que no sabemos hasta dónde puede llegar. Es muy posible que el comercio mundial no vuelva a alcanzar los máximos del 2008 durante una larga etapa.

Si no se me toma al pie de la letra, diría que lo que está en crisis es el modelo de globalización seguido hasta ahora -una globalización multipolar y multilateral- aunque claramente orquestada y dirigida por las grandes empresas multinacionales de origen estadounidense. Esta primera fase de la globalización ha sido un proceso único de matriz anglosajona. En mi opinión, esto está dejando de ser así.

Estamos iniciando el camino hacia dos bloques de interés: uno con el centro en los Estados Unidos y otro fruto de la complementariedad entre la fortaleza de la economía china y el poderío militar ruso. Me aventuraría a afirmar que lo que está pasando en la economía mundial es la formación de dos espacios de globalización en lugar de uno solo -la formación de dos bloques económicos- uno con centro en Pekín y el otro en la bolsa de Nueva York. En cualquier caso, la ruptura de la globalización tal y como la conocimos hasta ahora.

Es probable que esto llegue a ser así. Desde el punto de vista de nuestro espacio geopolítico y económico -el atlantismo-puede haber ganancias adicionales importantes en un proceso de este tipo. Caminamos hacia un mundo en el cual la automatización está desplazando mano de obra de los procesos productivos y, en consecuencia, las ventajas relativas de los países en desarrollo basadas en mano de obra barata (China ahí incluida) no son hoy tan relevantes como lo eran en décadas anteriores. Así, la repatriación de algunas fases de procesos productivos desde el sudeste asiático a Europa y Estados Unidos generará puestos de trabajo altamente cualificados capaces de lidiar con la industria 4.0, es decir, la industria altamente automatizada y robotizada.

La renacionalización de la industria, tratando de abastecer los mercados con producción local, puede significar varios puntos en el crecimiento económico de los países desarrollados y durante un período de tiempo prolongado. Y la creación de millones de puestos de trabajo de elevadas productividades.

Además de las ventajas en términos de crecimiento y empleo para el mundo desarrollado, la repatriación de procesos productivos desde el sudeste asiático a Europa y Estados Unidos debilitaría el poder económico y la influencia internacional de Pekín, al menos durante las primeras décadas. Desde el punto de vista estratégico, es una maniobra a largo plazo impecable.

JULIO SEQUEIROS ES

Catedrático de Estructura

Económica de la UdC.

En las nuevas relaciones se gestan dos espacios: en el centro de Pekín y en la Bolsa de Nueva York

El comercio internacional ha crecido hasta tres veces más rápido que el PIB mundial con la globalización

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