María Luisa Álvarez Blanco, directora de Fedepesca: «De nada vale innovar si no garantizamos el relevo generacional»

Representa los intereses de siete mil pescaderías en España, un trabajo que califica como «muy bonito y agradecido, pero también muy exigente», con retos importantes: hacer frente a una caída del 20 % en el consumo de productos pesqueros en apenas diez años, y conseguir una formación reglada que garantice el relevo generacional en la profesión


Ferrolana del 66, recaló en Madrid por accidente. Y allí acabó desarrollando su carrera profesional. «A mi padre, que es marino, lo destinaron a la capital y allá nos fuimos todos». La mudanza la pilló empezando cuarto curso de Empresariales en Santiago.

-O sea, que de algún modo, estaba predestinada a trabajar con el mar...

-Mi padre, además de contraaalmirante, es ingeniero naval, como uno de mis hermanos. Otro es marino. Y, casualmente yo también he terminado, aunque de otro modo, vinculada al mar.

-Sus comienzos en el mundo laboral fueron fruto de una renuncia...

-En la asociación de empresarios detallistas de pescado de la Comunidad de Madrid buscaban a una persona. Se lo ofrecieron a un compañero mío de promoción. Él ya estaba trabajando y me lo comentó. Me pareció interesante y ahí empecé, en el año 90.

-Una gallega dirigiendo los designios de las pescaderías del país. No podía ser de otro modo...

-Representamos al comercio especializado en productos pesqueros. Agrupamos los intereses de veintidós asociaciones y siete mil comercios. Les asesoramos de forma individualizada y resolvemos cualquier duda, por ejemplo, cuál es la cotización por autónomos, o si pueden hacer elaboraciones en el punto de venta. Y les intentamos trasladar de forma sencilla algo muy fagarroso, como es la legislación que les afecta: fiscal, laboral, jurídica, sanitaria, medioambiental, pesquera... Cada vez que hay una modificación, hay que formar a profesionales y consumidores, sobre las exigencias de trazabilidad, o sobre las artes de pesca, o cuando se permite la venta directa por parte de los barcos... Es un trabajo muy exigente pero bonito. Sientes que estás ayudando a un sector que lo necesita, y que te agradece enormemente que seas su voz ante las administraciones. 

-Imagino que los retos a los que ahora se enfrenta serán muy distintos a los de hace dos décadas...

-El mundo ahora es más complejo que entonces. La transformación socioeconómica es vertiginosa. Y eso hace que un sector como el nuestro, a priori de carácter tradicional, tenga que hacer un esfuerzo todavía mayor para no perder el ritmo del mercado. Cuando llegué, el debate giraba en torno a la apertura de grandes superficies y los horarios comerciales. Ahora el caballo de batalla tiene que ver con los cambios en las formas de consumir y alimentarse.

-Esos cambios ¿benefician o perjudican al pescadero de toda la vida?

-En diez años el consumo de pescado ha caído casi un 20 %. Hay que innovar con productos elaborados en el punto de venta, como en las carnicerías, que venden albóndigas ya preparadas, pinchos morunos, hamburguesas... Repuntaría el consumo y se ofrecería un servicio que demanda el cliente, además de que se prestigiaría más esta profesión. El pescadero puede ser un crac elaborando ceviche o salpicón, puede explicar recetas, aconsejar maridajes... En Madrid empieza a ser habitual, pero a otros lugares como Galicia cuesta más introducir novedades.

-Reinventarse no vale nada si no se garantiza un relevo generacional...

-Hasta ahora el aprendizaje ha sido de padres a hijos y hemos tardado en darnos cuenta de que hace falta una formación reglada y pública, como la que tiene la hostelería desde los 60, que ha conseguido crear una cantera y un nombre. El atractivo de esta profesión es grande. El pescadero del siglo XXI tiene que saber de producto, corte, seguridad alimentaria, gastronomía, sostenibilidad...  

-¿Quién consume más pescado en nuestro país?

-Gallegos, asturianos y vascos. Curiosamente Castilla y León también destaca en los primeros puestos, y Madrid también está ahí arriba, herencia de aquellos arrieros maragatos que traían el pescado a la meseta. Sin embargo, Canarias, que está rodeada de mar, es la que menos. 

-Y los canales de venta, ¿nos atrevemos a comprar fresco vía online o seguimos prefiriendo la pescadería del barrio?

-Cuando le preguntas al ciudadano por su punto ideal para comprar pescado siempre dice que es la pescadería tradicional pero  al final la verdad es que las prisas y el pensar sobre la marcha -porque cada vez se planifican menos las compras, no se va con una lista-, pues vas al super y ya de paso compras allí el pescado. En una pescadería tradicional compras más cantidad, mientras que un supermercado las ventas de pescado son hasta un 25 % menores. Respecto a la venta por Internet, se trata de un producto en fresco, con una logística que pide frío. No es barato. Y será un proceso lento. A la gente todavía le ofrece confianza ver el producto in situ. Podemos decir que este mercado supone alrededor del 0,4 % ahora mismo. Aunque no hay que dejarlo de lado. Sí notamos que la gente se apoya cada vez más en pedidos por guasap, correo electrónico o por teléfono, que te lo lleven a casa o recogerlo en tienda ya preparado.

-Supongo que un sector como el suyo también está involucrado en la lucha por reducir el consumo de plástico...

Tanto que en su momento fuimos la primera organización que firmó un convenio con Ecoembes para establecer un punto verde. Hacemos mucha actividad formativa. Hemos desarrollado un programa muy ambicioso, Pescadería en Verde, recordando a todos nuestros asociados y a sus trabajadores cómo hacer una apuesta en ese sentido entre todos. Pero hay que tener en cuenta las particularidades del sector pesquero. El pescado suelta agua, tiene raspas. Se probó con bandejas de poliestireno pero no son una alternativa medioambientalmente mejor. Estamos probando materiales menos contaminantes. Es una batalla colectiva. Primero hay que generar el menor plástico posible y luego reciclar.

«Tenemos que sacar pecho. Le damos mil vueltas a Tokio»

Tuvo la ocasión de ver el antiguo mercado de una de las grandes potencias pesqueras del mundo, Japón, y se sorprendió. Pero no precisamente para bien. «La gente no sabe que España es uno de los países con una de las normativas de seguridad alimentaria e higiene más exigentes del mundo. Yo aluciné con Tokio, pero porque estaba a años luz de España. Tenemos que empezar a sacar pecho y presumir de lo bien que funciona la cadena de valor pesquera. Lo eficiente que es», asegura María Luisa, que reclama, no obstante, más y mejores canales de información. «La gente está muy confundida. La administración no puede permitir que se digan barbaridades y se coloquen mensajes alarmistas sobre la alimentación, que es un asunto de salud pública. Eso hace mucho daño al sector». La directora de Fedespesca predica con ejemplo, también en la mesa. «Hoy comí boquerones, ayer bacalao... Consumo pescado cinco veces a la semana. Me gusta todo. Aunque esté mal que lo diga, soy buena cocinera. Me sale bastante bien el rape a la cedeiresa».  

«Si no voy a Galicia es como si no hubiera tenido vacaciones»   

María Luisa contesta a esta entrevista desde la sierra de Madrid, en la casa de su familia política, donde pasa los últimos días de sus vacaciones estivales tras pasar por Galicia. «Mi marido es el vínculo que tengo con la capital porque mi alma es gallega 100 %», matiza. Y ese sentimiento tiene un fiel reflejo en sus planes. «Todos los años, en agosto y Navidad voy a mi tierra. Si no subo, es como si no hubiera tenido vacaciones», explica. «Es ir a casa, ¡y eso que llevo treinta años en Madrid!, pero allí viven mis cuatro hermanos, sus parejas, que también son ferrolanas, y mis once sobrinos». Después de un mes soportando temperaturas de 40 grados, «algo espantoso», las nubes no la asustan. Al contrario. «Sé a lo que voy cuando viajo a Galicia. Me bañé cuatro días, en agua fresquita, eso sí, y cogí tres días de lluvia». Es fácil verla caminando por Doniños, San Jorge o Pantín. «Mi abuelo murió con 97 años y nunca faltó a su cita diaria con el paseo playero». Se confiesa una apasionada del mar. «Para los que nos hemos criado a su lado, nunca terminas de superar el no tenerlo cerca». Para un gallego que se ha criado junto al mar, como yo, el hecho de tenerlo lejos no acabas de superarlo. Siempre lo estás buscando

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