La tasa turística, ¿inevitable?

El debate sobre la implicación que el turismo tiene en un territorio se abre a varios frentes. Sobre todo por las repercusiones sociales y económicas que genera allí donde se producen importantes flujos de movilidad. En este análisis, se plantea la conveniencia de la planificación para evitar la congestión y la saturación. Y se aborda la importancia de aplicar políticas de gestión y la oportunidad de introducir tributos adicionales destinados a mejorar los servicios vinculados al turismo.


En no pocos países del ancho mundo los tributos cambian cada día, yo diría que en todos. Pero siempre resulta menos difícil modificar un impuesto o una tasa que ya existe, que crear gravámenes de nuevo cuño. Traigo esto a colación a propósito de la cada vez más conocida tasa turística, que suele afectar a hoteles, pensiones, cámpings, puertos deportivos y similares, y que en algunos lugares está resultando de implantación poco pacífica. Sin embargo, ante nuevas realidades sociales, o en presencia de cambios sobrevenidos en algunas preexistentes, el cuadro tributario puede verse incrementado tanto por la necesidad de mantener la suficiencia, como por exigencias de políticas de ordenación.

Así ha ocurrido con la tasa de pernoctaciones, que en lo esencial, dista mucho de ser una auténtica novedad. Porque este tributo turístico ya es conocido en Francia desde principios del siglo XX, iniciándose su uso por los municipios con balnearios, con la vista puesta en generar recursos para mejorar infraestructuras del sector, poco competitivas en comparación con las alemanas y las austro-húngaras. En los Estados Unidos, en la década de los 70, prestigiosas publicaciones científicas se ocupaban de esta materia, considerando muy pertinente imponer una tasa a la ocupación en hoteles y moteles, entre otros ejemplos que podríamos mencionar.

Hoy, y hace solo unos años de manera creciente, ante el hecho objetivo de que las ciudades se han ido convirtiendo en uno de los destinos preferidos por la demanda turística, a veces como combinación de turismo de negocios y de ocio, la tasa se ha ido haciendo omnipresente. No se puede concebir la política local urbana sin un componente de política turística, en cuyo diseño se encuentran competencias de cultura, de ciencia, de urbanismo, de movilidad y de competitividad, dentro de lo que podría llamarse ecosistema de la ciudad. Densidad, diversidad, centralidad, espacio público, en todas las ciudades se da una combinación concreta de estos elementos, y en esa mixtura tiene la actividad turística un lugar destacado. Turismo como hecho social complejo, sujeto con excesiva frecuencia a simplificaciones inadecuadas. Pongamos un ejemplo bien significativo: el patrimonio, que en no pocos destinos corre el riesgo de banalizarse. Banalización igual a uniformización de la oferta, que suele revelar también un déficit de gestión, véase si no la concentración de turistas en el entorno de monumentos singulares, mientras otras zonas merecedoras de ser visitadas, no lo son o solo en proporciones reducidas. Incluso allí en donde la oferta es diversa y de alta calidad, la gestión mal orientada produce externalidades negativas, que en un claro efecto feed back, acaba por degradar la propia demanda turística, en ausencia de una movilidad eficiente y de una planificación adecuada, para que la práctica del turismo y la vida del residente sean compatibles.

No minimicemos tampoco al turismo como elemento importante de la sociabilidad urbana. Mezclarse en la actividad cotidiana de la ciudad -como en sus mercados-, está siendo una de las primeras atracciones. Caminar, descubrir, tan importante o más que visitar. Estamos ante conductas híbridas espontáneas, pero susceptibles de ser ordenadas de modo flexible, para no restarles naturalidad. Es decir, hay que echar mano de políticas de movilidad, para no caer en la facilona sentencia condenatoria del turismo, fenómeno que aporta no solo diversidad por procedencia geográfica, de nacionalidad, lengua, cultura, sino también diversidad social. Es un hecho que el turista puede molestar, interferir, inconvenientes que llevan a que se olvide su contribución en términos de renta. O que se infravalore la otra mirada del turista sobre lo cotidiano, a veces invisible para el residente. Algunos lugares, rincones, conductas, acaban siendo puestas en valor por la mirada del otro.

Sin embargo, comienza a vivirse el turismo como fuente de inconvenientes, que suele ocultar muchos de sus beneficios. El que la calidad presente una relación inversa con la congestión del destino, no implica que buenas políticas no sean útiles para mitigar o incluso modificar sustancialmente esa congestión.

Es en este contexto en el que irrumpe la tasa turística como elemento de gestión. Tanto es así, que la propia comisión estatal para la revisión de la financiación local, propuso en su día un tributo potestativo sobre las estancias turísticas, afirmando que revelan capacidad económica y que también es razonable que el turismo contribuya, en la medida de su uso, a la financiación de ciertos servicios públicos.

El destino del tributo

Un tema relevante en este tributo es el de la aplicación del producto de la tasa, que es parte no menor de su justificación. Nos referimos a la relación entre lo recaudado y su destino a funciones de gasto ligadas al sector turístico. En las normativas concretas se suele reconocer, en su volumen total o parcial, con relación a los servicios de información, el mantenimiento del entorno, la protección de espacios naturales, el transporte o la puesta en valor del patrimonio local, entre otros fines. Es decir, la alimentación de un círculo virtuoso entre oferta y demanda turísticas. En este sentido, la afectación de la tasa a estos fines podría acabar repercutiendo positivamente -y así lo hace en muchos lugares- en la calidad de los servicios y de la propia demanda turística. Sin embargo, cuando se estudia su aplicación, tanto en Europa como en América, se comprueba una relativa falta de transparencia que juega en contra del apoyo ciudadano, porque se sospecha de filtraciones hacia otros fines diferentes.

En cualquier caso, resulta muy evidente que un número creciente de ciudades ha ido tomando conciencia de los múltiples problemas que unos flujos turísticos desorganizados, o deficientemente gestionados, acaban por crear. Disfunciones y deseconomías que reducen sensiblemente las ventajas de ser destinos muy demandados. Además, la presión real o aparente de miles de visitantes sobre espacios compartidos por los residentes, produce actitudes de rechazo que pueden traducirse en una reducción de turismo, con pérdida de ingresos. Es por ello que las autoridades habrán de tomar medidas graduales, tras estudiar adecuadamente las circunstancias. La primera línea de actuación, a nuestro juicio, debería ser la ordenación de flujos en centros históricos, que reduzca la congestión y, por tanto, costes en tiempo a los propios turistas y a los ciudadanos. Pero también deberían incorporarse progresivamente instrumentos fiscales, como la tasa turística. De la experiencia comparada se extrae que es una medida apropiada, siempre y cuando se use proporcionadamente, teniendo en cuenta temporadas y clases de alojamientos y que los tipos impositivos sean moderados. Si se decide su implantación, el proceso debería ir precedido de conversaciones con el sector, explicando la vinculación de la tasa, en todo o en parte, a financiar obras o servicios ligados al turismo. Simultáneamente, habría que hacer campañas de información a la población residente, subrayando que no se trata de dificultar, sino de encauzar, beneficiando a la ciudad con unos ingresos complementarios.

Por último, pero no lo menos importante: en la mayoría de las experiencias de implantación de la tasa, no se ha visto afectado ni el número de pernoctaciones ni el de visitas, mientras que la recaudación adicional ha ayudado a progresar en políticas de turismo sostenible. Es verdad, no resuelve todos los problemas, hay lugares en donde se ha ido dejando la gestión tan abandonada que ya solo es posible aplicar medidas radicales, pero allí donde la saturación no se ha alcanzado, merece la pena aplicar políticas de gestión que ayuden a evitarla.

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